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Ayer, domingo 21 de junio, se cumplió medio siglo de la coronación de la Selección brasileña que iluminó con su arte el mundial México 70. Hasta entonces, nunca un equipo había ganado la Copa sin perder un solo punto. Su balance de goles al cabo de los seis partidos fue de 19 goles contra 7, un promedio aproximado de 3-1 por juego. Pero eso fue lo de menos. Porque ninguna cifra puede explicar un fenómeno que enloqueció al mundo entero. Lo logró la clase de futbol desplegado por aquel equipo de ensueño, amalgama perfecta de lo irrepetible. Pier Paolo Pasolini lo llamó futbol-poesía.

El Brasil del 70 no es el equipo más atlético que ha existido. Tampoco el más veloz, ni el más batallador, ni el más avanzado tácticamente ni el mejor armado de arriba abajo (en realidad, su cuadro bajo era bastante flojo). Es, sencillamente, el que mejor ha traducido en armonía todo eso que constituye la difícil aspiración de unir el placer con la eficacia. Aunó fuerza y ritmo, carácter y creatividad, técnica e ingenio. Todo eso que nos entregó en forma de emoción y belleza. Un milagro.  Una sorprendente conjunción de talentos, lindantes en lo genial, que el futbol brasileño fue capaz de parir al cabo de decenios de búsquedas, victorias y frustraciones.

Invito al lector a repasar la crónica del partido Brasil-Italia del 21 de junio de 1970 en el estadio Azteca, erigido precisamente para acoger esa Copa del Mundo. Contiene la memoria de este columnista de un mediodía inolvidable, tal como aparece en las páginas de su libro “Baile de marcadores mundialista”, editado por la BUAP en el año de 2014.

Gloria eterna a Brasil 

México, D. F., 21 de junio de 1970. “Fue después de ver por televisión la final de México 70 que Pier Paolo Pasolini dijo aquello de que Italia tenía prosistas excelentes, pero sólo Brasil era capaz de jugar en verso. Quizás el soneto más acabado, la versión quintaesenciada del futbol-poesía haya sido el cuarto gol, tejido desde muy atrás por los hombres de Zagallo, ornamentado por los tres esquives de Clodoaldo, pegado a la banda zurda y en territorio propio todavía, que dejaron pagando a otros tantos azurri, el toque de Rivelino para dar continuidad al recorrido, la diagonal de izquierda a derecha de Jair –la bola atada al pie y Fachetti persiguiéndolo en vano–, su pase corto a Pelé, al borde ya del área; y el sedeño toque lateral del inmortal “10” para la llegada y el derechazo cruzado de Carlos Alberto que hinchó la red como un bólido tras cruzar por cuarta vez la meta italiana. Gol, golazo de Carlos Alberto, el lateral diestro, el capitán del scratch que minutos después recogería la Copa para saludar con ella un clamor que aún no se desvanece.

En realidad, Italia llegó tocada por el sobreesfuerzo que le supuso eliminar a Alemania en semifinales después de 120 minutos épicos. Tampoco era el equipo más simpático de la Copa, luego de eliminar al local (4-1) tras permanecer agazapado en su grupo, un grupo tan flojo que los de Valcareggi calificaron en primer lugar con apenas dos goles y un par de insípidos empates. Como sea, en la primera mitad hubo cierto equilibrio de fuerzas reflejado, si no en la estética, sí en el marcador.

Éste lo había estrenado Pelé con su famoso cabezazo a centro de Rivelino del que comentaría Burgnich que “nos elevamos juntos por la pelota… y hacía tiempo que yo ya estaba de regreso en el césped mientras el negro seguía subiendo, subiendo, empujado por alguna fuerza extraterrestre.” El mismo Pelé tuvo el segundo en sus botines, sólo que el alemán Gloeckner decidió pitar el final de esa primera etapa justo antes de que rematase. Antes, Italia había logrado la igualdad en un exceso de confianza de Clodoaldo, que eligió el peor momento para adornar con un taquito la salida jugando de su defensa y sólo consiguió habilitar a Boninsegna, quien partió raudo hacia el área de Félix, libró al arquero ayudado por una finta de Luigi Riva y remató a puerta vacía. Fuera de eso –y de una errata del propio Riva, que elevó inexplicablemente un frentazo fácil en la alborada del partido–, el resto fue un recital de la verdeamarelha ante una cerrada defensiva italiana.

En realidad, cada gol de Brasil tuvo su propia impronta. El que deshacía el empate lo marcó Gerson con un zurdazo desde fuera del área que estremeció la red por el ángulo izquierdo de Albertosi. Fue un poema de gol y no podía tener autor más apropiado: nada menos que el hombre de la batuta, el autor intelectual del mejor futbol que jamás se haya visto en Copa del Mundo.  Y cuando el mismo Gerson meció en el aire el latigazo de treinta metros que Pelé bajó de cabeza en el área para que Jairzinho batiera desde cerca a Albertosi, la justicia viró en dirección del número 7, para convertirlo en el único goleador de la historia que marcó en todos los partidos del equipo que se coronó. Vendría luego el 4-1, ya en plena eclosión artística de los brasileños y con los fragmentos del inútil catenaccio de Valcareggi esparcidos por el césped del Azteca. 

He descrito los cuatro goles de Brasil con todo detenimiento porque su misma diversidad –ninguno semejante a los otros tres—representa el elogio más cumplido a la exuberancia creativa de aquel once irrepetible. Habría que agregar que, como todo milagro, el Brasil del 70, tanto por sus hechos como por su estructura, quebrantaba las reglas y cánones mejor fundamentados de la biblia futbolística. Por ejemplo, los que pregonan que los equipos se arman de atrás hacia delante, principio flagrantemente despreciado por un cuadro que se daba el lujo de contar con el arquero más flojo de la Copa, y un cuadro bajo capaz, en su torpeza, de propiciar varios goles en contra durante el torneo de su consagración –entre ellos el que Italia marcó en la final.

En efecto, Félix, portero del Fluminense, era de una inseguridad patológica, media mal sus salidas y tenía manteca en los guantes. Los laterales, tanto Carlos Alberto como Everaldo, apoyaban bien las ofensivas pero regalaban espacios atrás y, para colmo, solían fallar entregas fáciles (así el capitán ante Petras cuando el gol de Checoeslovaquia o el 16 ante el inglés Astle); como centrales, Zagallo se decidió finalmente por Wilson Piazza, medio de contención del Cruzeiro, para jugar al lado de Brito, jugador alto y entrón pero de técnica rudimentaria. Piazza anduvo correcto en general, sobre todo para tratarse de un puesto que no dominaba, mientras Brito imponía respeto a la brava, a cambio de errar balones sencillos como el que le sirvió sorpresivamente a Luís Cubilla para que hiciera éste el gol uruguayo, primero de la semifinal del Jalisco.

Nada de lo anterior hubiera servido para respaldar desde el fondo de la estructura una campaña siquiera decorosa. Pero resulta que enseguida, el equipo daba un salto cualitativo monumental, el inicio de un diálogo con la historia del arte futbolístico, si tal cosa es admisible. Estamos hablando de un Clodoaldo con capacidad sobrada para cubrir cancha de manera impresionante en su función de recuperador de balones, pero también de elegir el pase adecuado hacia el jugador y en el momento preciso. Y sobre lo depurado de su técnica hablan acciones como la ya descrita, origen del último gol del campeonato, y el que personalmente le marcó al uruguayo Mazurkiewics, uno de los mejores porteros de la historia.

Mención aparte merece el gran Gerson. Este prodigioso jugador, la joya del Botafogo aunque su origen estuvo en el Flamengo, fue el auténtico cerebro del Brasil de 1970, reconocido así por todos, evidenciado por su omnisciente presencia en cada partido del scratch –ante Inglaterra y Rumania, ausente Gerson por lesión, la maquinaria brasileña rechinó lo suyo, pese a contar con un elenco de genios de medio campo en adelante. Es un hecho que sin la zurda prodigiosa de Gerson Nunes de Oliveira, Brasil no hubiera sido el mismo. Estamos recordando, pues, a un elemento esencial para la grandeza de aquel equipo, y del especial estado de gracia que en esas tres semanas lo asistió, merced al cual él abastecía con pases de oro, pausas oportunas y decisiones de iluminado a sus compañeros de selección.

Al lado de Gerson, en funciones casi de antiguo centro medio, si bien mucho más móvil, versátil y adelantado, Zagallo colocó como falso extremo izquierdo a Rivelino, creador de juego en el Corinthians, zurdo también y, como el calvo del Botafogo, eximio lanzador de tiros libres. Por esa vía llegó el primer gol brasileño en la Copa –para empatarles a los checos—y la zurda del paulista siguió siendo mortífera en perjuicio de los guardametas de Perú y Uruguay, ambos en jugadas de largo tejido previo.

Hablando de anomalías luminosas e improvisaciones afortunadas, qué tal la de Jairzinho. Jair Ventura Filho, delantero centro del Botafogo, jugó en México con el número 7, reservado entonces al extremo derecho. Y por esa zona se desplazó, sin desmerecer de las exigencias del puesto ni en rapidez ni en habilidad. Pero, fiel a su vocación goleadora, sus apariciones en el área eran mortales, como lo acreditan los siete tantos conquistados –fue el mejor goleador del scratch—y de paso esa marca ya mencionada y no igualada por nadie de único anotador de un equipo campeón en todos sus encuentros del torneo. Sin descontar que tampoco había vuelto a suceder –hasta que Brasil lo repitió en Corea-Japón 2002– que un país se coronara en la Copa ganando todos sus partidos.

Otra aportación decisiva fue la de Tostao. Por uno de tantos milagros que convergieron en México 70, la participación de Eduardo Gonçalves de Andrade estuvo varios meses bamboleante a causa de un desprendimiento de retina que le trataron en Houston. Aunque en el Cruzeiro era 9 clásico y goleador infalible, en la Copa jugó muy libre sobre la zona de tres cuartos, enlazando con Gerson y mezclando juego con Pelé. Una adaptación tan perfecta a la especialísima función asignada sólo era posible en alguien que aliara su talento individual a una inteligencia inusitada para el juego colectivo, y usara de ambos con criterio y sobriedad impecables. Ese jugador fue Tostao, que solamente hizo tres goles –uno a Rumania y dos a Perú—a cambio de convertirse en un líbero adelantado como quizá no vuelva a haber otro.

De Pelé hay muy poco que decir porque ya todo ha sido dicho en todas las lenguas posibles. Con treinta años de edad, cuajó en México el perfecto cierre de un historial mundialista sin paralelo en la historia. Preocupación número uno para las defensas adversarias, perseguido pero no sujetado por ninguna, es una paradoja digna del Rey que los cuatro goles que convirtió entonces se recuerden menos que tres aproximaciones correspondientes a otras tantas irrepetibles acciones de su exclusiva marca: el globo disparado desde más allá de la divisoria que respetó el marco del checo Viktor por pocos centímetros, el cabezazo picado al que le hizo Gordon Banks la parada más célebre de cualquier Copa, y su increíble regate sobre Mazurkiewics, burlado por una finta en que Pelé dejó correr el balón para recogerlo al final del sinuoso esquive y enviarlo sobre el arco unos centímetros más cruzado de lo debido.

Hechos irrepetibles, cosas del genio mayor de este deporte, entreverado en México 70 con varios más de su mismo país, casi tan enormes como el propio Edson Arantes.

 
 
 
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