“¿Qué más pues? Si aquí lo llevamos porque toca llevarlo, hemos sobrevivido a Pablo (Escobar), al terrorismo, a décadas de guerrilla, a crisis económicas y a tanto presidente ratero, ¿cómo no íbamos a hacer frente a esta vaina del coronavirus?”, me confiesa Beatriz en tono dicharachero durante nuestra llamada semanal vía Zoom. Son ya más de cuarenta días de encierro a cal y canto de una cuarentena que ha dejado de serlo, pero sigue siéndolo. Y aunque “no ha sido sencillo”, como confiesa la morena paisa de ojos grises, “es la única manera” de que el tan anhelado futuro llegue finalmente a la capital del departamento de Antioquia, quizá la más colombiana de todas las ciudades, y al resto del país.

Urbe industrial, puerta del eje cafetalero, semillero de conquistadores, trampolín político, destino de moda para viajeros e instagramers en el mundo pre-pandemia, refugio de cerca de 75 mil inmigrantes venezolanos y nefario corazón de la longeva y cruenta guerra entre narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, gobierno y sociedad civil, Medellín es clave para entender la Colombia que fue y la que está conformándose. Aquí se viven con particular intensidad el desamparo, la impotencia y la frustración ante la epidemia de coronavirus que ha azotado al país suramericano, como al resto del continente, desde inicios de marzo. Pero también la esperanza por lo que habrá de traer la “nueva normalidad”, sobre todo en lo tocante a los temas torales para Colombia, puestos en cuarentena con el arribo de la epidemia: la trunca implementación de los acuerdos de paz y la tragedia diaria de millones de venezolanos que han cruzado la frontera a raíz de la situación política, económica y humanitaria en el país hermano. Para explicarse Colombia, antes y, eventualmente, después de la epidemia, debe empezarse por Medellín.  

Desde que, el 18 de marzo, el presidente Iván Duque decretase el estado de emergencia nacional, –que conllevó el cierre inmediato de las fronteras aéreas y terrestres del país, la paralización casi al completo de la industria y de la economía colombianas y la imposición de una de las cuarentenas más estrictas del subcontinente, con onerosas multas para quienes osen saltársela– el país andino ha registrado más de 60 mil casos y cerca de 2 mil muertes por covid-19. Son cifras que, comparadas con las alarmantes estadísticas de Brasil y las dramáticas escenas de Ecuador, dos de sus vecinos, hacen de Colombia un ejemplo loable de respuesta ante la pandemia. Y que, sin embargo, no satisfacen ni resuelven, hasta el momento, uno de los más hondos trances por los que haya pasado el país en su historia reciente.

Es como si toda Colombia estuviese en una especie de limbo. Hoy solo hay avenidas y calles vacías; miradas furtivas, antes familiares y ahora extrañas. Ambulancias y patrullas de policía, guantes, tapabocas y silencios. Largos e interminables silencios en una ciudad, Medellín, que no se entiende sin el ruido, sin la salsa, el reguetón, la cumbia o el vallenato. ¿Dónde quedó esa Medellín de finales de febrero, esa que me hablaba al oído y gritaba a mi corazón? ¿Acaso ha desaparecido por completo? 

 

Colombia yo te quiero
Mi tierrita querida
Conoces mi alegría
y también mis heridas…

J Balvin. “Mi dama de Colombia”

“Hola, mi amor, ¿qué más? ¡Invítame un guarito!” La joven y pizpireta mulata se presenta sin empacho mientras pasea del brazo de una amiga por el Parque Lleras, corazón de la vida nocturna paisa. Bares, discotecas, restaurantes, clubes drag, karaokes y licorerías, muchas licorerías. El frondoso espacio verde, enmarcado por sendos guayacanes y vendedores de artesanías provenientes de las zonas indígenas y afrocolombianas del departamento, es el punto de partida de la llamada Zona Rosa de Medellín.

Aquí, la vida empieza al caer la noche. Es cuando en los sinuosos senderos del parque, entre la breve capilla dedicada a la Virgen de Lourdes de un lado y la estación de policía del otro, se empalman conversaciones, sonrisas, guiños, cuerpos, deseos y voluntades. Grupos de mariachis y de vallenato que cantan al son que les pidan por unos cuantos miles de pesos; sedientos mochileros en sandalias y camisetas venidos de Alabama o Cataluña; jóvenes escolares celebrando algún cumpleaños; bandas de preadolescentes de las comunas más alejadas, enfundados en gorras, camisas y pantalones negros; elegantes y perfumados cuarentones de la clase alta de la ciudad, dando la vuelta luego de cenar en alguno de los exclusivos, modernos y concurridos restaurantes del vecino barrio del Poblado; ancianos desdentados y hombres lisiados ofreciendo cigarrillos sueltos, churros de mariguana o bolsitas de perico; avejentadas veinteañeras, madres solteras con niños en el regazo pidiendo limosna; corpulentas vendedoras de plátanos fritos. Medellín al descubierto.

“Yo por eso trabajo aquí dentro, donde no tengo que darle cuentas a nadie”. Melisa, una prostituta venezolana, se refiere a los padrotes que controlan el demandado mercado de sexo a cambio de dinero en los alrededores del parque. Estamos en el interior de uno de los múltiples antros empotrados en las calles que confluyen, perpendiculares, en el Lleras. La minúscula pista de baile, iluminada por luces neón de color púrpura, está envuelta por humos de hielo seco y de tabaco que encuben los caprichosos contoneos de los asiduos, dictados por el reguetón y por Maluma.

Melisa tiene casi 45 años, llegó a Medellín hace tres, tras salir de su natal Maracaibo y cruzar la frontera por Cúcuta, epicentro del mayor éxodo registrado en la historia de Latinoamérica. “Nada ha sido fácil”, reconoce la ojiverde de ojos rasgados, quien se decidió por la ciudad paisa por encima de Bogotá gracias a las referencias de algunos de sus coterráneos. Trabaja por las mañanas como dependienta en un almacén de ultramarinos, y por las noches ofrece sus servicios sexuales, y a veces un poco de amor, en el bar de ocasión. Ello le ha permitido sufragarse una carrera en mercadotecnia que espera terminar pronto y financiar la de su hijo, de 23 años, en ingeniería, quien la acompañó en el periplo desde el país vecino. “Medellín es un paraíso a comparación de Maracaibo”, remata la venezolana antes de ser sustraída de la mesa por un cliente añejo, botella de aguardiente antioqueño y rodajas de limón en mano.

¿En dónde quedó esa Medellín de finales de febrero? ¿En dónde está Melissa y qué ha sido de su hijo? Hoy, el Parque Lleras, en las imágenes que veo en línea y por lo que me cuenta Beatriz, sigue tan verde y lleno de flores como entonces, pero el silencio que lo circunda lo ha convertido en un cementerio en vida. El otrora corazón nocturno de la ciudad es ahora la tumba diaria de muchos de quienes lo frecuentaban para sobrevivir, para trabajar o para emborracharse.

 

No existe una Verdad. No hay una historia completa.
Cada uno narra, desde su punto de vista,

el rol que ha desempeñado en el entramado.
Museo Casa de la Memoria, Medellín

De acuerdo con las cifras más recientes de la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas y de la Organización Internacional para las Migraciones, cerca de cinco millones de venezolanos han salido de su país como resultado de las agravantes políticas, económicas y sociales que azotan a la nación sudamericana. De ese número, según estimaciones del gobierno colombiano, casi 700 mil se encuentran, como refugiados, emigrados o sin estatus definido, en Colombia. El país es el mayor receptor de solicitudes de asilo por parte de venezolanos, cuya presencia paulatina, imprevista y elevada ha significado un reto para todos los niveles de gobierno en Colombia y se ha convertido en parte esencial del debate público, jugando un rol protagónico en las recientes elecciones legislativas y en las discusiones en torno a las muchas preguntas que quedan sin respuesta sobre el futuro del acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) alcanzado en noviembre de 2016. Hoy, además, los venezolanos en Colombia son quienes más sufren los crudos estragos de la covid-19.

“No aguantamos más humillación, lo único que pedimos es que nos ayuden a regresar a Venezuela para estar al lado de nuestra familia”, declaraban a finales de mayo una docena de jóvenes mujeres venezolanas, de entre 21 y 35 años, al diario bogotano El Tiempo. Forman parte de un colectivo de refugiadas e inmigrantes que se afincaron en Colombia en los meses y años que precedieron a la pandemia y que hoy, desde la ciudad caribeña de Santa Martha hasta los callejones vaciados de Medellín, claman por ayuda para escapar de una situación que las ahoga todavía más que las circunstancias que en un inicio les llevaron a huir de Venezuela.

Hoy, muchas de ellas se encuentran entre la espada y la pared. Usualmente dedicadas a la hostelería y a los servicios, desde que inició la cuarentena se han visto sin trabajo, sin ingresos, sin sustento y con la macabra opción de volver a una Venezuela que amenaza con revictimizarlas. O bien, quedarse y exponerse a sufrir abusos: Ana, una de ellas, acusaba intimidaciones por parte de su casero, quien a cambio de no echarla de su pequeño departamento de alquiler, ante la falta de pago, le exigía favores sexuales. El gobierno central y algunos de los gobiernos departamentales, entre ellos el de Antioquia, han dispuesto programas, con magros recursos, para auxiliar en el retorno a quien así lo decida. Pero la apertura intermitente de la frontera terrestre, el acecho constante del virus y la incertidumbre económica hacen de permanecer o de partir, opciones tan indeseables como inalcanzables.

El futuro de los refugiados venezolanos no es el único que está en vilo como resultado del coronavirus y de su interminable cuarentena. También lo está el futuro de los acuerdos de paz con las FARC y su inconclusa implementación. A más de dos años de celebrados los últimos comicios presidenciales, en los que la ciudadanía se decantó por el escepticismo ante la herencia del expresidente y Nobel de la Paz, Juan Manuel Santos, el escenario político colombiano pasa por uno de sus momentos más álgidos de los últimos lustros. El enfrentamiento entre los extremos del espectro ideológico, sean derechas o izquierdas, se torna cada día más virulento, más allá del covid. Esta polarización hace eco a la que se vivió a lo largo de 2019 en otros rincones del continente, y tiene como principal víctima colateral a los mentados acuerdos.

“Los retos para la implementación del acuerdo de paz son ahora mucho mayores como consecuencia de las medidas de aislamiento, las restricciones a la movilidad y al apoyo a los proyectos productivos; lo que se suma a las dificultades prexistentes”, afirmó en fecha reciente el mexicano Carlos Ruiz Massieu, enviado especial del Secretario General de Naciones Unidas a Colombia, quien encabeza la Misión para la Verificación de los acuerdos en el país.

Medellín, mientras tanto, espera paciente, como lleva décadas haciendo. Fue el epicentro de la funesta guerra de carteles y enterró a miles de sus víctimas. Entonces guardó silencio. Hoy también, porque las circunstancias lo ameritan, pero pronto dejará de hacerlo porque el estado de alarma “no durará para siempre”, como asevera Beatriz, a manera de despedida, durante nuestra llamada por Zoom. Tampoco duró para siempre la guerra, que tantas cicatrices dejó en la capital paisa; muchas aún sin cerrar. El futuro de Colombia, como el del resto de América Latina y el del mundo entero, está en vilo, pero Medellín se afana en hacerlo presente. Es lo que toca. 

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