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En su más reciente columna en La Voz Brava, Clarisa Landázuri presenta la traducción de un artículo mecanuscrito firmado con las iniciales J.J., seguidas de la profesión del firmante, Diseñador, páginas que algún cliente dejó olvidadas sobre una mesa en el Café Bravo, sin que, en una semana, regresara a buscarlas, lo que la justificó para traducirlo y publicarlo.

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El americano, un pueblo sin nombre que lo identifique 

BR me citó en su tienda, en el hotel Fairmont en Nob Hill, aquí, en San Francisco. Quería que le diseñara los interiores de un condominio que acababa de comprar en Los Cabos.

Fui puntual y lo encontré solo, enfrascado en una llamada de teléfono. Al advertir que el tema de la conversación era sobre el condominio, no me pareció indiscreto escuchar.

Lo que BR alegaba con el corredor de bienes raíces de Los Cabos era que le parecía equivocado que en el contrato, en el espacio para nacionalidad, a él le hubieran puesto norteamericano. Insistía en que él simplemente era Americano. En cuanto colgó me preguntó qué opinaba de su argumentación. Le comenté que, en los casos correspondientes, como el suyo, la designación de norteamericano era la correcta, o la que se empleaba comúnmente en México para llenar el espacio de nacionalidad.

Para mí era obvio que BR no tenía razón, ya que tanto los mexicanos como los americanos son norteamericanos, como lo son los canadienses y los groenlandeses. A los ciudadanos de los países de la frontera de México a la frontera occidental de Colombia se les llama centroamericanos, aun cuando son países que se encuentran en el Hemisferio Norte. (No mencioné a Sudamérica, cuyos ciudadanos son sudamericanos. Y menos a las islas del Caribe de habla hispana que, aunque independientes, integran Hispanoamérica.)

En cambio, sí le comenté a BR que en México había otro término, casi tan común como el de norteamericano, para referirse a los americanos como él, que era el de estadunidense, que en inglés podría ser unitedstaterY observé que el nombre oficial de México es Estados Unidos Mexicanos. De modo que, en cierto sentido, el mexicano asimismo sería estadunidense.

Yo nací en México, de padre estadunidense, de modo que tengo doble nacionalidad. De no haber sido por esta conversación con BR, yo no me habría puesto a reflexionar sobre la cuestión del nombre América, ni tampoco sobre la prepotencia de Estados Unidos de apropiarse del nombre de un continente. En Europa y en otros países, a los ciudadanos de México, Estados Unidos y Canadá, nos llamanamericanos. Yo diría que los ciudadanos de la Patagonia y hasta Alaska son igualmente americanos.

Llego a la conclusión de que, en realidad, los ciudadanos americanos no debemos considerarnos americanos sino que debemos adoptar el nombre del país que nos da la nacionalidad. A los de Estados Unidos se nos podría llamar neoingleses, pues la mayoría de los estados que integran el país descienden de Gran Bretaña, o a los ciudadanos de Estados Unidos Mexicanos se nos podría llamar neomexicanos. De hecho, hay estados, en uno o en otro de estos dos países, en los que se identifica a los lugareños con estas denominaciones.

Como californiano desde hace más de tres décadas, a mí me gustaría que se diera un calexit, para que California se independizara y a sus ciudadanos nos llamaran californianos.

Y se me ocurren todavía otras opciones. Ya que la Estatua de la Libertad es el emblema de este país, qué tal sería que nos llamaran libertarios (por más que exista un partido político que se llame así); o, en vista de que promovemos la Libertad y la Democracia, podrían llamarnos liberados o demócratas (aun cuando exista un partido político con este nombre).

Los medios digitales no se equivocan. Seleccionas Estados Unidos como país de origen y, automáticamente, resultas americano.

Si pudieras elegir, ¿qué nombre pondrías a tu nacionalidad?

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Clarisa adoptaría la de Ciudadana del Mundo.

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