Anunciado esta semana como el ganador unánime del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2019, Enrique Serna agrega un reconocimiento más a su consistente carrera. La novela que lo ha hecho merecedor del Villaurrutia fue reseñada en este mismo espacio a principios del año. Reproduzco la reseña, invitando a todo aquel lector hambriento de una gran historia acercarse a El vendedor de silencio.

El ridículo es una especie de roña que el enfermo siempre descubre tarde, cuando ya se tendió a su alrededor un cordón sanitario.

De El vendedor de silencio. Enrique Serna.

 

La más reciente novela de Enrique Serna atrapa, absorbe. Lo deja a uno pendiente de la trama durante los días en que, tratando de ser un lector tan disciplinado como interesado, se permita sumergirse en el libro. A estas alturas, decir esto de El vendedor de silencio equivale, de alguna forma, a recuperar con otras palabras lo que ya se dicho una y otra vez acerca de la obra, que encabezó prácticamente todas las listas de los mejores libros del 2019 durante la temporada de fiestas que acaba de concluir. No por reiterada, la crítica unánime a favor de la novela es menos cierta: El vendedor de silencio es realmente una gran novela, no solo por la pulcritud con la que se encuentra escrita, sino por la manera en que su trama -tan interesante como terrible- no le permite al lector apartarse del texto hasta que se llega al tremendísimo final, que, naturalmente, aquí no se ventilará.

Para empezar, lo primero que muchos lectores debemos agradecer a esta historia es el habernos presentado a Carlos Denegri, uno de los periodistas más corruptos que la dictadura priista engendró durante su pináculo de poder. Hoy existen muchos lectores que se dicen consumados conocedores sobre las oscuras formas en que este personaje empleó el poder de la prensa y la televisión para satisfacer los deseos de sus patrones dentro del gobierno y los suyos propios a nivel económico, pero la verdad es que durante años la historia entre los, por así llamarlos, bandos periodísticos, se ha dividido siempre entre el integrado por Julio Scherer, por un lado y Jacobo Zabludovsky por el otro. Dos maneras distintas de hacer periodismo que ya ocupan el lugar que les corresponde en la historia, pero de Denegri muchos no sabíamos nada. El padre de la extorsión informativa, el hombre que empleó miles de veces el halago incondicional como una lucrativa forma de negocio, el vendedor de silencio que, contraviniendo todas las reglas de la más elemental ética adquirió poder y se hizo famoso no es personaje del que muchos conociéramos nada. La novela da cuenta de la vida de aquel hombre, enriqueciendo el análisis sobre una época nodal para comprender el país.

Después viene la puntual recreación de época que Enrique Serna (un autor que no persigue el reflector ni acostumbra conceder muchas entrevistas) comparte. Un trabajo profesional de ambientación narrativa que no se construye más que desde el conocimiento profundo y la revisión precisa y que el autor agradece a Clara González y al fallecido Ramón Córdoba, sus editores, quienes contribuyeron a erigirlo como una de las muchas fortalezas del libro.

Finalmente, están las imágenes que Serna comparte y que a lo largo de la lectura se aparecen como auténticas refulgencias: “borrachera de príncipe destronado”, “marea alta de la desesperación”, “andrajos purulentos de amor propio”. “Hígado cristalizado”. “Corazón preñado de locura”.

Es ya lugar común decir que Enrique Serna es uno de los mejores escritores del país, pero no lo es señalar a El vendedor de silencio como uno de los puntos más altos de su obra, uno que narra una historia tan terrible como espléndida que, al reflejar la perdición de un hombre, en realidad proyecta la inmundicia de un país que por lo visto se encuentra destinado a proveer para siempre a grandes autores de esa clase de personajes.

@elimonpartido

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