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Charlie Chaplin en 1936, escribió y dirigió “Tiempos Modernos”. Película esa que exhibió el drama de los obreros de Estados Unidos. Hoy en 2020, casi cien años después, tiempos aún más modernos de infortunios, iniquidades, desventuras, crímenes raciales contra George Floyd, Rayshard Brooks y tantos seres humanos con nombres pisoteados e historias truncadas. Hoy se vence pírricamente el espacio sideral, pero no el odio a personas de tez negra y migrantes pobres. Horas de derrota humana. Apremia por ello, la búsqueda del arribo de Otro Tiempo que provenga del futuro, uno venturoso.

El de ahora, tiempo muy moderno venido de ayer, está atravesado de racismo estructural. Racismo arraigado en las policías, las instituciones, que mide con dos varas, una para blancos, y otra para ciudadanos de tez negra y migrantes. Racismo cuyos orígenes se remontan al régimen legal esclavista secundado por la mayoría de sus Padres Fundadores: Jefferson, Washington, Franklin. Se remontan al régimen legal aniquilador de indígenas que repudió el mestizaje étnico y cultural -que sí se dio en latitudes hispanoamericanas regidas por el designio de las Leyes de Indias para sancionar y corregir abusos-.

Regímenes legales de esclavitud y racismo heredados a los Estados Unidos por aquella Inglaterra depredadora, la Pérfida Albión.

Por ello, culpar a Cristóbal Colón del racismo norteamericano es vacilada, humareda de algunos derribando estatuas. Los ingenuos son confundidos por quienes sí conocen y encubren las causas reales, remotas y próximas, del racismo de antaño y de hoy, atribuyéndolas falsamente a terceros. Colón, genovés descendiente de Eneas, nunca pisó suelo de lo que hoy es Estados Unidos. Los esclavos de tez negra llegaron a Estados Unidos cien años después de la muerte del genovés en 1506. ¿De qué huyen los Estados Unidos? Pregunta virgiliana esa.

Además, italianos, irlandeses, polacos, fueron durante largos años discriminados por su origen católico y étnico. Recuérdese a la India de Gandhi resistiendo al Imperio Británico, no se olvide el genocidio inglés en Kenia en pleno ¡Siglo XX como ejemplos!

Y volviendo a las causas actuales del racismo, es tiempo hoy tempestuoso, provocado por la supremacista insolencia blanca, por el asesinato de George Floyd, de Rayshard Brooks el 13 de junio en Atlanta y de tantas víctimas de crímenes raciales, de odio. Racismo brutal el de los Estados Unidos en el contexto trumpista, inepto para la compasión, competente para el insulto y el odio. El odio racial hecho estructura verbal, narrativa, tendencia, es el disgregador social por excelencia. Sembrarlo a diario, cosecha catástrofes sociales, morales y políticas.

Su genealogía supremacista de raza, imantada a totalitarismos del pasado siglo y de siniestra memoria. Y no se exagera al afirmarlo como lo veremos más adelante. Una de sus divisas: el espíritu de secta que divide al mundo tajantemente, sin matiz alguno, en buenos y malos, blancos y no blancos, ricos y pobres, sanos y enfermos, nacionales y migrantes pobres, tanto mexicanos como de otras naciones. No es una corriente de pensamiento político, es el anti pensamiento mismo, la sinrazón, aullido de tribu que mata inteligencia y libertad. Trumpismo: contrafigura caricaturesca de política, tristemente emulada en otros países como fórmula perturbadora de dominación de masas.

En contraste, Alemania, la de hoy, libre y pujante, cuenta con defensores institucionales de su Constitución, fundada en el respeto incondicional de la dignidad humana, en teoría y práctica cotidiana. Defensores que vigilan escrupulosamente a grupos y personas con tendencias extremistas estructuradas, racistas, anti migrantes, en lenguaje y hechos.

Los asesinatos de George Floyd y Rayshard Brooks son fruto de un ambiente envenenado por retórica y acción racistas. No son episodios aislados, sino efecto de un mal estructural, actividad coordinada contra los negros que inflige dolor y muerte a lo largo y ancho de Estados Unidos, según discurso de leyenda pronunciado por una providencial joven de radiante tez negra, Tamika Mallory, cría de águila honrando a Floyd y a los que representa. La orden ejecutiva trumpista reciente es electorera, insuficiente, una aspirina para un mal mortal que exige Otro Tiempo, una toma de conciencia histórica de las injusticias perpetradas, una reparación económica y un desagravio por parte de todo ese país en refundación moral.

El asesinato de George Floyd tiene, además de tragedia humana personal, un hondo simbolismo. Por un lado, atestigua la insolencia y saciedad de un poder decrépito. Por otro, la humillación de un rostro inerme y suplicante al que poco después muerde la muerte, taladra conciencias. Y el volcán hace erupción de gritos de guerra justa. Las voces de figuras del deporte, del cine, de Tamika Mallory, retumban en las murallas del racismo como trompetas de un nuevo Jericó.

Y lo que sucede en los Estados Unidos: las protestas con sus violencias propias, no pueden caracterizarse de “delincuencia” como lo pretende el trumpismo puritano y tartufo. Son ellas, las protestas, rescoldos de una revolución moral y jurídica inacabada que se gestó hace largo tiempo, y que ahora reverdece.  Así lo señalaba en los años sesenta, Thomas Merton, contemplativo trapense norteamericano, al hablar de la “Leyenda de Tucker Caliban”, en su libro, “Seeds of Destruction”.

Y esas protestas con sus luces y sombras, rasgan el letargo y hechizo de lo habitual. Obedecen al hartazgo humano y divino por tanta frustración, injusticia, humillación, abandono, cinismo y saciedad del poder. “Como se desvanece el humo, así se disipan; como se derrite la cera junto al fuego, así perecen los impíos…”. 

Bien lo decía Karl Jaspers, sobreviviente genial de la hecatombe nazi, en el artículo, La lucha contra el totalitarismo: “Hoy opino que ninguna nación está inmune de engendrar el mismo monstruo que tal vez se presente de distinta forma y bajo una apariencia diferente. Siempre he sentido miedo ante el autoengaño contenido en la frase no puede pasar aquí. Puede pasar en cualquier parte”. 

“Se hace improbable -continúa Jaspers- donde la población está prevenida de la amenaza, donde no existe una recaída en el letargo, donde se conocen las características del totalitarismo y se les reconoce desde el principio como un Proteo que cambia de máscara continuamente, que hace lo opuesto de lo que sostiene, que falsea el sentido de las palabras, que no habla para divulgar información, sino para hipnotizar, distraer la atención, intimidar, que promete seguridad al tiempo que barre completamente con ella”.

A pesar de todo, de la inmensa tristeza e indignación provocadas por el asesinato del ciudadano George Floyd, había esperanza. Y la había porque policías norteamericanos frente a una multitud increpante que protestaba en Miami el 1° de junio, se hincaron para rezar y pedir perdón. Y entonces, los manifestantes se les unen y lloran en abrazo esperanzado. Pero a los pocos días, asesinan al ciudadano Raychard Brooks de 27 años, a tiros policiacos en Atlanta, acusado él de ¡bloquear con su coche dentro del cual dormía, la entrada de un restaurante!

Pero hay esperanza porque existen jóvenes como Tamika Mallory, blandiendo el poder de la palabra buena. Hay esperanza porque resurgen las palabras de James Baldwin dichas en 1962 y la memoria de Luther King.

Párrafo aleccionador de Baldwin en su “Carta desde la región de mi mente”: “Whatever white people do not know about Negroes reveals, precisely and inexorably, what they do not know about themselves” (cualquier cosa que la gente blanca desconoce acerca de los “Negroes” revela, precisa e inexorablemente, lo que ellos no saben acerca de sí mismos).

Y Tamika Mallory, tribuna del pueblo, dijo hace días cosas terribles y verdaderas: “los saqueadores son ustedes -supremacistas blancos, instigadores-; los incendios de edificios son el ¡ya basta! de frustraciones, injusticias, muertes, torturas sufridas por los de tez negra aquí en Minnesota, en California, Nueva York, Georgia……; la violencia que contemplan es la que ustedes nos enseñaron a diario, ¡la que ustedes nos enseñan! Vivimos los negros en un estado de emergencia“. Ella, Mallory, no justifica la violencia, la explica como bien lo señaló en entrevista reciente.

Y el orbe entero, sacudido, entona un canto de alabanza por esas palabras de joven águila, de alma grande, anunciadoras de tormentas, auroras y esperanzas. Un canto que presagia Otro Tiempo. “Yo soy aquél que modulé otro tiempo”, es Eneas, migrante troyano, hijo de Venus, descubridor de Italia, fundador de civilizaciones. Eneas, cantado por Virgilio, padre de Occidente. Otro Tiempo que arriba del futuro atisbado por Borges, el genial, el memorioso.

Dedico este texto con admiración y respeto a Tamika Mallory, y con afecto a mis buenos amigos de Proceso, Santiago Igartua, Luis Ángel Cruz, María Luisa Vivas y Marlon Mejía. Y lo dedico con esperanza por ese Otro Tiempo, a pesar de todo, de ese racismo del país vecino del norte; del naufragio sanitario, económico, de seguridad pública y violencia brutal que vive el nuestro, ante la indiferencia, frivolidad e irresponsabilidad de tantos.

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