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A partir de marzo, México inició su defensa de la muerte. Quédate en casa, repetían en todos los medios de comunicación. Nos familiarizamos con la muerte y ahora sabemos que han desaparecido cerca de 26 mil mexicanos, curiosamente, muchos del sexo masculino, según los médicos epidemiólogos José Luis Alomía y Hugo López-Gatell.

Para colmo, el martes 23 de junio, tras el sismo de 7.5 grados, murieron 10 personas y se dañaron 104 escuelas en Oaxaca.

México es el país que mejor festeja a la muerte, desde antes del gran José Guadalupe Posada. Ángela Barraza formó un colectivo que trata el tema acompañada por otros jóvenes que también se inclinan por el autodescubrimiento y la cercanía con la naturaleza, para estudiar no sólo su miedo a la muerte, sino todo lo que ocurre en nuestro inconsciente alrededor de ese miedo. Es sorprendente que la artista plástica se haya concentrado, desde los 24 años, en el estudio de la muerte como tema artístico, y que su tesis para la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, para obtener el título de licenciada en artes plásticas y visuales, tenga como título: Dedicar mi vida a la muerte.

A partir de la Ofelia que retrató el pintor inglés John Everett Millais, Ángela se tiró de un clavado a nadar en las aguas de la muerte.

Así como los campesinos saben que lo mejor para que un cadáver se reintegre pronto a la madre Tierra, es enterrarlo envuelto en un petate, así un grupo de jóvenes se están organizando para proponer una alternativa a las funerarias que dejan en la ruina a los deudos, ya que un deceso puede resultar más costoso que una boda, porque la familia se expone a un gasto de más de 25 mil pesos entre el entierro, las flores, misa y rosarios que se hacen durante nueve días.

Las funerarias en México son un óptimo negocio y un entierro llega a ser una exhibición de estatus y poder, desde el lujo del ataúd hasta el de la carroza. El caricaturista Rius trabajó en una funeraria, comprobó el gasto de deudos y parientes y vendió ataúdes a un alto precio.

–Explícame, ¿cómo es posible que tú, Ángela, que eres tan joven, te hayas interesado en la muerte?

–Llegué al tema de la muerte de manera natural. Intenté vivir en Bogotá, mi lugar de nacimiento, pero no estaba lista para separarme de mi familia nuclear y entré en crisis. Terminé viviendo en casa de mi abuela y la acompañé los últimos meses antes de su muerte. En vez de retenerla, lo que hice fue darle permiso de morir, tal y como lo confirmé después con el libro de Elisabeth Kübler-Ross, quien dice que es necesario racionalizar y verbalizar la despedida de quienes ya no quieren vivir, y acompañarlos hasta el fin.

Al regresar a la Ciudad de México me dediqué a fondo a explorar las sensaciones que me provocaba la muerte durante mis estudios en La Esmeralda.

–¿Cuáles?

–Supongo que son las formas en las que la muerte me llama la atención, que en realidad son impulsos de vida. Mi exploración derivó en la formación de un colectivo llamado El Hogar, con el que sigo explorando el tema de la muerte desde distintas perspectivas. Las integrantes somos María Fernanda Gutiérrez, Elisa Martínez, Santiago del Conde y yo; desde que comenzó la pandemia nos reunimos a hablar sobre el miedo a morir. Queremos constituirnos como asociación civil para obtener donativos y ofrecer servicios de lo que llamamos partería fúnebre, que es acompañar al que va a morir, prepararlo y hacer ahí mismo en su casa el funeral con la familia si es que ésta quiere participar. Queremos recibir bien a la muerte, a pesar del dolor inevitable. Nuestro sueño es tener una funeraria que funcione como espacio cultural y un panteón ecológico llamado La Tierra de los Cuerpos.

“Me dediqué a leer y a investigar; descubrí a uno de mis ejemplos a seguir: Caitlin Doughty, quien tiene un canal de YouTube, Ask a Mortician. Me di cuenta de que necesitaba tocar más de cerca a la muerte en la práctica no sólo en la teoría. Caitlin Doughty trabajó en un crematorio y ahora se ocupa en Los Ángeles de funerales naturales como los que quiero hacer. Antes del auge de la industria funeraria, siempre fueron las mujeres de la comunidad quienes se ocuparon del cuerpo del difunto. Esto sigue sucediendo en varias partes de México y en el mundo. En Estados Unidos el embalsamamiento se hizo popular con la Guerra Civil. Aquí en México, copiamos ese modelo.

Tenía que comprobarme a mí misma que era capaz de dedicarme realmente a la muerte, así que me entrené en una funeraria en Berlín llamada Memento Bestattungen, abierta y accesible. Cualquiera que quiera aprender puede entrar. Descubrí un mundo radicalmente distinto al que conocía, un mundo en el que hay más capacidad y menos miedo.

–En muchos pueblos siguen enterrando a sus muertos envueltos en un petate…

–Es la forma más ecológica, pero me di cuenta de que en las grandes ciudades de México el mundo funerario es igual al de Estados Unidos: las funerarias funcionan como negocios. Mi colectivo pertenece a un movimiento grande en Estados Unidos, Europa y Canadá, conformado en su mayoría por mujeres, en la misma línea del feminismo al que me adscribo. Estamos de acuerdo con el movimiento que recupera la partería tradicional y la muerte natural. La medicalización infantiliza a las personas y no permite que puedan decidir sobre sus cuerpos, al igual que la industria funeraria, que nos ha convencido de que el cuerpo muerto es tóxico y hay que deshacerse de él a la brevedad. Esto puede ser incuestionable en tiempos de Covid-19, pero no lo es en la mayoría de los decesos.

–¿La cremación?

–La cremación colabora con la ecología, pero no tanto como la composta. Importa mucho priorizar las áreas verdes, y ser una ciudad como Berlín o Río de Janeiro, que tienen parques y áreas verdes, que cuidan la calidad de vida de las personas. En el embalsamado se le inyecta al cuerpo una mezcla de químicos y formaldehídos, y se coloca en un cajón barnizado, con decoraciones de plástico, cuyo objetivo es que tarde lo más posible en degradarse. Todo está hecho para la permanencia: el cajón se deshace muy lentamente. En algunos casos hasta se construye una bóveda de cemento para que el cuerpo no esté en contacto con la tierra y termina licuándose en su cajón y nunca se integra a la tierra.

–Tenemos que volver a la tierra

–Lo más ecológico sería que nos consumieran los animales que hemos consumido toda nuestra vida. Yo no quiero contaminarla con químicos. De por sí nuestra dieta capitalista ya está llena de tóxicos.

–¿Acabar con los panteones?

–No es acabar con los panteones, sino convertirlos en parques públicos, hasta en hortalizas comunitarias. En Berlín fui a un panteón que tiene un café y dije: ‘¡Guau, yo quiero tener un café en un panteón, con una biblioteca!’ Que sea un área verde al servicio de todos.

“Nuestros ejes son el personal, al que corresponden tanto la autonomía de la persona moribunda como sus allegados; el comunitario, en el que sitúo a nuestra funeraria como espacio cultural, y el estructural, que abarca nuestra propuesta de panteones ecológicos de compostaje. Quienes se interesen pueden visitarnos en nuestra página web: www.pensandoenlamuerte.wordpress.com”.

 

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