9.45 A.M.

¡Lo que faltaba! Se me ha vuelto compulsión abrir mi correo cada cinco minutos. Lo hago con la esperanza de tener algún mensaje que no sea del supermercado, la farmacia, la boutique o la armadora de motocicletas. En uno de sus promocionales enfatiza que el nuevo modelo es tan sofisticado que no se siente la velocidad. Eso no lo entiendo. Para alguien a quien le fascine correr a 200 kilómetros por hora, sintiendo el aire golpeándole la cara y mirando cómo se desvanece la ciudad a su paso, ¿qué chiste puede tener subirse a una motocicleta cuyo principal atractivo consiste en neutralizar la velocidad? Ninguno, pero a lo mejor lo digo porque no entiendo las nuevas estrategias publicitarias.

Ojalá que fuera lo único que no comprendo. Te confieso que desde que comenzaron la pandemia, el confinamiento y sus consecuencias colaterales –¿notas que estoy modernizando mi lenguaje?– hay muchas cosas que no entiendo o ya no me interesan, en cambio hay otras que he revalorado: por ejemplo, las llamadas telefónicas. Oír la voz humana es algo maravilloso. Otra cosa: nuestras caminatas matinales hasta el parque. Sé que nos demorábamos un poco más de lo necesario, pero eso nos permitía sentirnos envueltas en el ajetreo cotidiano, en el apresuramiento de los trabajadores, en los aromas salidos de los restaurantes recién abiertos. Hay uno que me encanta: La Kimera, tiene en la puerta un variado menú de chilakiles.

Es evidente que sus dueños, además de querer mostrarse originales, están obsesionados por la k. En el diccionario esa letra abarca menos de dos páginas, suficientes para 48 palabras. Como ahora tengo tiempo de sobra, una de estas noches jugaré a inventar otras.

 

10.14 A.M.

¿Te das cuenta de que hoy no comencé el día hablado de la pandemia y de sus horribles consecuencias? Tampoco me he quejado del encierro, aunque tengo la impresión de que falta mucho para que termine, con todo y que el semáforo está en naranja. No sé lo que piensen otras personas, pero yo, por lo pronto, he decidido que ni tú ni yo saldremos hasta que haya completa seguridad de que no corremos peligro.

Confieso que hace mucho tiempo no me sentía optimista. Hoy sí, ¿y sabes por qué? Por el visitante, así llamo al tucán que hace algunos días anduvo por estos rumbos. Se llama Mariano. Según la noticia que leí, al parecer se escapó de un refugio para aves silvestres en peligro de extinción. ¿Por qué habrá abandonado un ambiente seguro? No creo que por malos tratos, sino más bien por ansias de conocer el mundo.

En la misma noticia se aclara que se le ha visto por la Narvarte y la Escandón; también ha hecho apariciones en Las Águilas, Tecamachalco y hasta en el Desierto de los Leones. ¿Te imaginas lo que habrá sido, por ejemplo, para los habitantes de Iztapalapa ver a ese hermoso animal posado en una rama o en un techo? A lo mejor pensaron que estaban alucinando y tal vez, si hablaron de su hallazgo, nadie les creyó.

 

10.24 A.M.

Esas cosas pueden suceder. Lo viví. Estábamos recién cambiados a Ciudad Neza. Una mañana, antes de irnos a la escuela, mi papá nos mandó a mi hermano Darío y a mí a comprar el pan. El expendio quedaba por la Carmelo Pérez, donde la noche anterior habían empezado a montar un circo. A la hora en que mi hermano y yo pasamos por allí vimos dos camellos que estaban comiendo cerca de los carromatos. Nosotros nunca habíamos ido a un zoológico, así que aquella mañana descubrimos los camellos. Recuerdo que nos quedamos un buen rato contemplándolos sin pensar en nada, mucho menos en la compra. Cuando al fin reaccionamos volvimos a la casa retrasados y, para colmo, sin el pan.

Al vernos llegar, mi papá, furioso, nos exigió que le explicáramos el motivo de nuestra demora. Mi hermano y yo, emocionadísimos, nos arrebatábamos la palabra para describir la escena de los camellos. Desde luego mi padre no creyó ni media palabra, nos acusó de mentirosos y juró que por lo menos durante una semana no permitiría que viéramos la tele.

Aunque desganados y llorosos, mi papá, como todas las mañanas, nos llevó a la escuela. Al dar vuelta en la Carmelo Pérez vio la carpa del circo y muy cerca a los dos camellos reinando sobre lo que en aquellos años era un desierto. No se disculpó, pero pudimos ver la tele como siempre.

 

10. 42 A.M.

Podría suceder algo semejante con la aparición de Mariano. Imagínate a un niño que le diga a su profesora: Se me hizo tarde para llegar a clase porque me quedé mirando a un pájaro muy hermoso, de brillantes colores y con un pico muy grande que estaba parado en el árbol, frente a mi casa.

Ojalá que su maestra le crea y aproveche la ocasión para explicarle al niño que se trata del ave nacional de Belice, que puede medir hasta 60 centímetros y pesa entre 130 y 680 grs. Vive alrededor de 20 años y siempre con la misma pareja. No me sorprende. Hay en su aspecto algo muy estable que también denota lealtad.

 

10.54 A.M.

Dicen que las cosas, aun las más insignificantes, siempre suceden por algo. La llegada de Mariano no creo que sea la excepción. Apareció en una de las horas más sombrías de nuestra vida y, sin embargo, con su presencia nos trajo belleza y, en cierta forma, nos devolvió la primavera que se nos fue sin que pudiéramos disfrutarla. Nos provocó también la sensación de estar soñando, alejándonos durante unos momentos de la realidad que nos lastima y nos atemoriza.

Quédate echadita, voy a abrir todas las ventanas. Espero que Mariano entienda que estoy mandándole señales para que se acerque y así podamos verlo mejor. Cuando remprenda el vuelo imaginaré que voy persiguiéndolo, como se persiguen los sueños aunque algunos sean inalcanzables. Anda, perrita linda, ponte lista y cuando Mariano se detenga en la ventana avísamelo con tus ladridos. Te confesaré que a veces me irritan y me aturden, pero también me acompañan y hacen menos tedioso mi obligado aislamiento.

 

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