Cuidar los bosques funciona. La FAO acaba de poner en la web su Global Forest Resources Assessment 2020, que evalúa los progresos en 30 años.

Desde 1990, el mundo ha perdido 178 millones de hectáreas forestales, pero a un ritmo cada vez menor. En la primera década, se ganaron 40 millones de hectáreas (por siembra de árboles y regeneración natural), pero se perdieron 120 (por deforestación humana y natural), con una pérdida neta de 80. En la década más reciente, la pérdida neta se redujo a 50 millones de hectáreas.

La desgracia de los bosques es que no se pueden inaugurar. Los proyectos públicos tienen que lucir en una fracción de sexenio, pero los proyectos forestales rebasan el sexenio. Como si fuera poco, los bosques están en lugares remotos. No se prestan a las cámaras, el listón, las tijeras, los aplausos, las caras de satisfacción.

Eso hace más meritorio lo que se ha logrado en 30 años, y subraya la ventaja política de los bosques urbanos: los que rodean las ciudades o están dentro. Son visibles.

A pesar de lo cual, han venido perdiendo terreno aceleradamente. El crecimiento urbano ha dado preferencia al cemento, no a la vegetación. Crecer ha sido desarbolar.

Mucha gente atraída por una zona arbolada construye para vivir ahí, es imitada y años después vive en una zona de cemento.

Las calles arboladas son bonitas, dan sombra, mitigan los daños del viento, las tolvaneras, el calor, los chubascos y el granizo: tienen un toldo vegetal. Reducen el ruido, colectan lluvia en sus hojas y raíces, atraen pájaros y turismo, reducen el esmog.

Los árboles descarbonizan el aire y lo oxigenan. Descomponen el dióxido de carbono (CO2) en carbón (C) que absorben para nutrirse y oxígeno respirable (O2). Un árbol frondoso puede extraer del aire medio kilo de carbón por semana.

Un árbol seco deja de hacerlo. No sólo eso: suelta carbón que roba oxígeno del aire y lo convierte en CO2. Por eso hay que cortarlo, pero dejando el tocón. Los árboles son sociales: se comunican con los de su misma especie, y se apoyan entre sí (Peter Wohlleben, La vida secreta de los árboles). Las raíces de un tocón siguen vivas y entrelazadas con las de los árboles sobrevivientes, que las aprovechan como almacén de agua y nutrientes (The Economist, "Superorganisms", 27/VII/2019).

Un párroco español inventó el "Día del árbol" en 1805, que ahora se festeja en muchos países (en México, desde 1959).

Un siglo después, Miguel Ángel de Quevedo donó una hectárea para crear un vivero forestal en Coyoacán, y consiguió apoyo político para desarrollarlo. El vivero tiene hoy 39 hectáreas, produce arbolitos de más de 20 especies y es un parque público.

Hay continuadores del "Apóstol del árbol". Destacadas figuras del sector privado integran Pro Bosque de Chapultepec que apoya su desarrollo con buenos resultados para sus casi 700 hectáreas.

Algún fraccionador de una zona arbolada tuvo la buena idea comercial y ecológica de vender los terrenos a tanto el metro cuadrado más cuanto por cada árbol. Eso le permitió bajar el precio por metro cuadrado y darle valor a una riqueza que no suele medirse, y fácilmente se destruye.

Los contratistas que hacen obras de reparación urbana rompen aceras, destruyen árboles y dejan todo tirado. El contrato debería definir un pago por dejar todo bien y multas por cada árbol dañado.

Sería bueno crear un teléfono TALATEL y un sitio web donde los vecinos puedan denunciar la tala inminente o iniciada con datos básicos del lugar y videos para las redes sociales y los medios de comunicación, antes de que la tala se vuelva un hecho consumado.

Muchos llaman erróneamente chinampas a las trajineras que pasean a turistas por el lago de Xochimilco. Las chinampas son "balsas" inmóviles, sembradíos rectangulares (de hasta seis metros de ancho y hasta catorce de largo) en "camas" a la orilla del lago, construidas sobre estacas vivas de ahuejote (una especie de sauce), que las fijan al fondo del lago.

Según Journal of Forestry 103: 411-416 ("Municipal forest benefits and costs in five US cities"), el aumento del valor de las propiedades, la reducción de CO2, el ahorro de electricidad, la reducción de inundaciones y otros beneficios de los árboles urbanos valían (según la ciudad) 1.37 a 3.09 veces el costo de sembrarlos, podarlos y cuidarlos.

La foresta urbana es un lujo que se paga solo.

 

Publicado en Reforma el 28/VI/20.

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