Como buen centro neurálgico del país, el Zócalo de la Ciudad de México refleja sin temor, digamos que con osadía suicida, la necesidad de la gente de no sólo hacer compras que, en muchos casos, resultan innecesarias, sino de volver a pisar los terrenos que han sido su vida.

Explotó el confinamiento, la prohibición prolongada, el miedo impío que parecía cerrarse en torno al cuello de una sociedad culpable de los pecados de la grasa y los azúcares, del tabaco y el sedentarismo, y al reniego de todos sus males prefirió caminar al filo de la navaja que seguir encadenada al terror de contraer la enfermedad que mata.

Y no, que nadie se confunda, no se trata de un acto heroico ni valiente, sino de desesperación, pero una amargura nostálgica se apodera de muchos que ya no encuentran los referentes de muchos años de sus vidas: cerró la tlapalería de don José, al pequeño restaurante de la esquina lo dieron por muerto al mes de la pandemia...

Cierto, lo más doloroso de este momento de la historia son las muertes de miles de personas, pero el mal no para ahí: los sobrevivientes deberán aceptar el deceso de muchas de sus costumbres, de la pérdida de las formas de obtener una remuneración por la labor desempeñada, de la desaparición de algunos sitios que eran parte del entorno cotidiano, de todo eso y más, tal vez para siempre.

Tal vez el ejemplo más cruel, en el sentido señalado, es tener que hablar con gente sin rostro; gente cubierta con tapabocas, con lentes; gente cuyas voces filtradas por un trapo siempre parecen las mismas, y miradas que intentan saber ¿quién está del otro lado del cubrebocas?

Pero los indicadores de la pandemia, por más que inyecten números de calma, nos hacen saber, con certeza, que el naranja está más cerca del rojo que del verde, como citó la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, para advertir que la sombra del virus aún turbia la vida de la capital del país.

Por más que se traten de desvirtuar las acciones de gobierno, lo cierto es que desde todos los ángulos mostrados se ha actuado con responsabilidad, aún en contra de las líneas que traza el gobierno federal todos los días, porque pareciera que Claudia Sheinbaum ha logrado tomar el pulso de la sociedad que le otorgó el deber de gobernar.

De pasadita

La nota roja, más bien negra, del día, es un amparo que se otorgó a Miguel Ángel Vásquez, hombre de las confianzas del ex jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera, acusado de delitos cometidos por servidores públicos.

Hasta donde se nos ha dicho, el amparo que le otorgó el juez segundo de distrito de amparo en materia penal no lo liberará del encierro en que se halla, porque no es más que un paso en el proceso por el que se encuentra recluido en la cárcel.

Es decir, por el momento estaría suspendido el juicio oral en contra del ex funcionario, lo que no impide que Vásquez quede en libertad, según nos han explicado fuentes del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México.

Vásquez fue acusado de incrementar la nómina de la administración con la basificación de 32 mil trabajadores, y también de retener los pagos de la Caja de Previsión de la Policía que correspondían a los jubilados y pensionados. Esta acción de Vásquez ocasionó un perjuicio a la hacienda pública de la ciudad por más de 293 millones de pesos.

Total, Vásquez seguirá en reclusión porque este amparo sólo ordena que todo quede como está mientras se desahoga la fase intermedia del proceso en el que se deberán presentar pruebas en contra y a favor del amparo pedido, y será entonces cuando se resuelva el amparo definitivo.

No vaya a resultar que la resolución esté impregnada del reciente, pero insigne, dando-y-dando que apareció con toda su desfachatez apenas hace unos días. De cualquier forma, ¿hay que confiar en los jueces? Aguas.

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