De los intelectuales del ex ­círculo rojo, ubicado a la derecha del espectro político, ha salido la demencial y fingida idea de que la 4T es una revolución que, como todas las revoluciones, la mexicana de 1910, la francesa de 1789, o la bolchevique de 1917, va contra los bienes de los ricos. Fingen creer que peligra la propiedad privada de los de arriba. Además de los insultos, el ex ­círculo emite así uno más de sus lloriqueos de orfandad causada por el destete aplicado por la 4T. La falsedad se alarga diciendo que AMLO llevará al país a ser otra Venezuela.

Andrés Manuel lleva décadas diciéndolo: por el bien de todos, primero los pobres. Nunca fue una declaración efectista, sino un objetivo político preciso: por el bien de todos (los de abajo y los de arriba), primero los pobres; ni exclusión ni privilegios. Para él significa ceñirse cada vez con más profundidad a la ley: mantener separados el poder político y el económico, eliminar la corrupción, pagar impuestos conforme a las disposiciones legales, crear un Estado social de derecho.

En su mensaje del 1º de julio celebrando el segundo aniversario de la victoria electoral y política de los de abajo, AMLO subrayó y ­puso números a su principal bandera: “An­tes de la crisis sanitaria, 18 millones de hogares, de un total de 32 millones, eran beneficiados de cuando menos uno de los programas sociales en curso; es decir, 55 por ciento del total de familias. Ahora nos hemos propuesto para finales de este año, llegar a 25 millones de hogares, 70 por ciento del total del país…; los de abajo, los de la base piramidal reciben más beneficios porque se trata de los pobres y no puede ha­ber trato igual entre desiguales”. Para 30 por ciento, liassez faire y let it be…; incluidas las mil millonarias fugas de capitales en dólares, que de ahí son.

Frente al yermo creado por décadas de neoliberalismo, no cabe duda, el programa de AMLO es radical y está ubicado en la extrema izquierda del espectro realmente existente de fuerzas políticas mexicanas; sin duda, el programa del Presidente, por objetivos políticos como los aludidos y por su credibilidad frente a los de abajo, estaba y está años luz a la izquierda de PRI, PAN, PRD y demás negocios político electorales hoy marginales que continúan medrando a costa del erario. Desde luego: la más grande corriente político social de México es una corriente progresista, y las mayorías de abajo, que configuran el lopezobradorismo, son hoy aún mayores que en julio de 2018.

Los espantajos creados cada día por la de­recha: los partidos referidos, los del ­círculo rojo, los beneficiarios de la corrupción (medios, periodistas, locutores, empresarios, políticos, sindicatos…) son eso, espantajos que el tiempo disolverá, si el lopezobradorismo no baja la guardia. Qué llamativo y sintómatico resulta ver que todos éstos, los aludidos, estén visceralmente en contra y digan estar asustados por un programa liberal, que no irá más lejos de los límites que el liberalismo puede fijarse en el marco del capitalismo.

El Presidente sí es un liberal; en su panteón brillan Juárez y los liberales de la Reforma, o Flores Magón y Juan Sarabia citados por AMLO el pasado 1º de julio con una empatía profunda: Cuando los millones de parias que hoy vegetan en el hambre y la desnudez coman menos mal, usen ropa y calzado y dejen de tener petate por todo ajuar, la demanda de mil géneros que hoy es insignificante aumentará en proporciones colosales y la industria, la agricultura, el comercio, todo será materialmente empujado a desarrollarse en una escala que jamás se alcanzaría mientras subsistieran las actuales condiciones de miseria general.

Palabras que provienen del Plan Liberal de 1906, que favorece a los ricos por la vía de convertir a los de abajo en consumidores de todos los bienes necesarios y con un ingreso justo que los arranque de la miseria general.

El Presidente está profundamente con­vencido de que no hay, ni ha habido, ni puede haber mas división política posible que la de liberales y conservadores. Hasta expresa su deseo de que hubiera sólo dos partidos: liberales y conservadores. Esto no ocurrirá, entre muchos otros motivos porque continuarán existiendo quienes mantengan en alto la bandera de la superación de la sociedad capitalista: no hay, no existe, ideológicamente, una aspiración social más alta.

Lo que tenemos es la izquierda posible, una opción enérgica de reforma de la rea­lidad nacional desfigurada por el neoliberalismo. Hablo de realidades políticas de alcance nacional, no de los empeños de los grupos que buscan el cambio por la vía de crear en su entorno inmediato una vida mejor, ahora mismo.

La liberación de las masas es obra de sí mismas. Los de abajo tienen como siguiente andadura convertir en hechos suficientes los recientes derechos sociales y humanos constitucionales, ganados con AMLO. Será un aprendizaje histórico largo y muy grande. Cuestionarán un día las relaciones de propiedad.

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