El poema de la americana Carol Barrett titulado Yuri Nikitin, de 66 años, pierde su argumento final comienza así:

Para un poeta, la prosa hogareña no está a la altura:

mesa de roble, queso duro, cuchillo fuerte, vodka.

Nazdorovyeh! (a su salud). Un compañero

de los Urales con lengua rápida

corta a Chéjov como el queso de cabra...

Yuri Nikitin no es un nombre que apele exclusivamente a un solo individuo. Hay varios. Podemos identificar desde un escritor de ciencia ficción medianamente conocido, pasando por un chef y arribando a un destacado gimnasta olímpico. Pero el Yuri Nikitin del poema de Barnett es otro a los anteriormente nombrados. Este es el que irrumpió las noticias del diario Pravda en el 2014 con una historia por demás dramática. Sensacionalismo romántico y pasión se cruzaron el 20 de enero, en el pueblo de Malakhovo, distrito de Irbit, región de Sverdlovsk, a unos 2000 kilómetros de Moscú.

 

Nikitin vivía desde hacía años en una pensión llamada Vania, un local bastante abandonado. A los 66 años fue encontrado muerto en su cama, con una herida producida por un cortante cuchillo, en el lado derecho del cuello, justo ahí por donde pasa la yugular.

Unos días después, su vecino, Rashid (la crónica no reveló su apellido), de 53 años, profesor de literatura rusa, fue detenido bajo sospecha de homicidio. Admitió su culpa y explicó que la razón del asesinato fue un desacuerdo sobre cuestiones literarias. Mientras bebía alcohol, Yuri había levantado su vaso y su voz, y en ese instante declaró que solo la prosa es literatura real y que la poesía no tiene sentido. Rashid, a quien le encantaba leer poesía, apuñaló a su compañero de bebida con un cuchillo de cocina.

Los investigadores dieron por cerrado el caso, en virtud del artículo 105 del Código Penal de la Federación de Rusia (asesinato), atribuyendo el motivo del crimen al exceso de un vodka de 42 grados. La poca sofisticación de la pesquisa no permitió comprender el nivel de apasionamiento que es capaz de producir un debate de lectores. Los argumentos que ocasionan divergencias entre géneros literarios pueden ser más filosos que un bisturí. Lo punzante de un término bien esgrimido llega a ser letal. Para algunos, si la verdad no gotea como la sangre, es nada más que una escueta certeza. Y si la palabra no embriaga, solo hay silencio. El vodka es una mera excusa.

Galina Ufarnkina, quien ocupaba el cargo de directora de la biblioteca municipal de Irbit, declaró a los periodistas del matutino Novayagazeta que Nikitin visitaba regularmente su oficina. Que era un ávido y sagaz lector, y que se llevaba a casa montones de libros y revistas. Pero no solo eso. Le daba a leer a Galina --con quien habría entablado una relación sentimental-- sus ensayos. Porque él mismo escribía. Y parece que muy bien. Inclusive había publicado en varios periódicos sus opiniones sobre política local y sociología.

Pero, al mismo tiempo, no era tan crítico de la poesía como para que en eso se jugara su existencia. “Podía uno encontrarlo en algunas esquinas del centro urbano leyendo poemas. Y hasta revelar su amor en algún bar... Era muy emotivo”, confesó la funcionaria. Esto también fue confirmado por la policía local. El empleado de un bar, que prefirió permanecer en el anonimato, dijo: “En 1996, mientras estaba trabajando, advertí cómo Nikitin se poseía cuando leía poesía. Muy a menudo terminaba en la celda de la comisaría local acusado de embriaguez. Y cuando los agentes lo arrastraban, él sonreía y les respondía con alguna estrofa de Pushkin. Todavía no llego a comprender cómo fue capaz de atrincherarse de ese modo en la prosa”.

Mientras tanto, Rashid cumple una condena de 15 años en la cárcel de Irbeyevskaya Sloboda, a unos 200 kilómetros de la ciudad en donde se produjo el hecho. Pero fue a partir de ese incidente que todo estudiante ruso sabe que es preferible un aplazo a una discusión con un académico de literatura.

Algo más. No por nada, tanto la UBA como otras universidades unieron las letras a la filosofía. Y Rusia las enlaza con mayor sofisticación. Porque cualquier crítica a la pura razón no les es ajena. En septiembre de 2013, dos residentes de la ciudad de Rostov-on-Don de 26 y 28 años, quienes celebraban el Día de la Ciudad, comenzaron a conversar cerca de un puesto nocturno de seguridad. El tema del diálogo era sobre las opiniones de Immanuel Kant, admirado a tal punto por esos lares, que la Universidad Estatal de Kalingrado lleva su nombre. La plática llegó a mayores. En desacuerdo con su oponente, al evaluar el trabajo del filósofo, el residente más joven de Rostov sacó una pistola automática de marca Strizh y abrió fuego. Como resultado, el mayor fue llevado al hospital con una herida en la cabeza y el acechante pistolero fue acusado por haber causado deliberadamente daños corporales graves. Consulté con un especialista de Kant sobre el hecho, y me respondió que ambos realizaron una mala interpretación, tanto de la primera como de la segunda formulación del imperativo categórico del filósofo, ya que la razón prima sobre la emoción. Desde ese mismo lugar, ensayo pensar que la pasión, distinta a la emoción y la razón, predomina sobre ambas. Y algo de esa pasión es la que me permite comprender la esencia del gran Juan Forn cuando confiesa en su maravillosa contratapa “por qué le gustan tanto los rusos” .

Para terminar. El investigador Sergei Savitsky apuñaló a Oleg Beloguzov por haberle contado el final del libro que estaba leyendo. El hecho se produjo en octubre de 2018 en la base científica rusa de la Antártida. No es para menos en un continente escaso de librerías.

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