La pandemia provocada por el COVID-19 ha traído cambios sin precedentes a nuestros estilos de vida. O, tal vez, la pandemia ha simplemente resaltado nuestra normalidad ya vivida, aunque a niveles absurdos. El manejo y el impacto de la pandemia no existen en un vacío. Una de las cuestiones que los confinamientos alrededor del mundo han ocasionado es que los espacio donde se espera que habitemos permanezcan invisibles. Cuando los gobiernos y medios de comunicación nos piden quedarnos en casa, olvidan —y por ende normalizan— que no todos tienen el privilegio de un espacio seguro a puerta cerrada. En estos tiempos sin precedente hay un fortalecimiento de lo ya de por sí percibido como normal, sólo que con “mejores” excusas: la desigualdad social, la disciplina impuesta a los ciudadanos, la vigilancia irrestricta de los gobiernos. Aunque sea el distanciamiento físico, y no social, la única estrategia probada para detener la propagación del virus, esto no debe impedirnos ser críticos de las características de la vigilancia y la disciplina de los gobiernos. El fortalecimiento de lo considerado como normal se muestra también por la respuesta, y hasta la anticipación, global al alza de violencia doméstica debida a la cuarentena[i].

El sufrimiento y la vulnerabilidad de las mujeres en el mundo es contextual, no obstante, hay características comunes. Sabemos que las mujeres, tanto en países ricos como pobres, reciben usualmente salarios inferiores que sus contrapartes masculinas por la misma ocupación y, al mismo tiempo, están sobrerrepresentadas en trabajos de baja paga[ii]. Encima de realizar trabajos mal pagados, se espera que las mujeres sean las responsables del trabajo doméstico, social y reproductivo, sin recibir remuneración alguna. Desde que inició la pandemia las mujeres han tenido que sumar aún más trabajo doméstico sin paga, como labores de cuidado y educación en el hogar —existe aquí la suposición sin cuestionar sobre que son ellas quienes deben hacerlo[iii]—. En otras palabras, en estos tiempos sin precedentes se espera que las mujeres continúen haciendo todo su de por sí ya mal pagado trabajo, sumándoles aún más trabajo sin paga, que deben realizar gustosas.

Es en este contexto que, al empezar los confinamientos alrededor del mundo, reportes de una posible escalada en la violencia doméstica comenzaron circular de manera abrupta. Y, pronto, fueron confirmados. En nuestra ya de por sí normalizada narrativa patriarcal, esta escalada se vio como algo que debía aceptarse: después de todo, si lo admitimos en tiempos libres de pandemia, ¿por qué no ahora? —el fortalecimiento de lo ya normal—Un país que siguió este predecible escenario fue México. Marzo (el inicio de las medidas de cuarentena) vio un alza del 23% en las llamadas de emergencia hechas a policía para denunciar violencia doméstica[iv]. Luego de que los medios reportaran dichas cifras, el presidente, López Obrador, aseguró que el 90% de esas llamadas eran falsas[v] y que, aunque “México ha sido un país históricamente violento, los mexicanos son fraternales antes que violentos, por lo que si hay algo que ha aumentado en la cuarentena es dicha fraternidad”[vi]. Los medios de comunicación fueron rápidos en señalar la falsedad de las declaraciones del presidente, pero sus reportes no fueron más allá, como si el único problema fueran las declaraciones del presidente y no el hecho de que la violencia doméstica aumentó drásticamente en el primer mes de confinamiento.

“Cuando los medios reportan el alza de la violencia doméstica durante el confinamiento como algo normal, algo esperado, fallan al no ofrecer un lugar de posible resistencia, normalizando aún más la negación de los espacios para que las mujeres mexicanas puedan existir.”

Los medios no parecen estar verdaderamente interesados en el horror que es ser mujer en México; parece haber poco o nulo interés en servir como portavoces que permitan contar las historias de las mujeres mexicanas. Y así, durante la pandemia, los medios han tratado la escalada de la violencia de una manera casi obvia, como si se tratara de un fenómeno banal, como si dijeran: “En un ya de por sí violento país para las mujeres, ¿qué esperaban que pasara durante el confinamiento?” No es sorpresa, pues la violencia de género y doméstica —y la violencia en general— son cubiertas por los medios en México como una normalidad, y la sociedad ha llegado a percibirlo de la misma manera. Un ejemplo trágico de esto es cada vez que los medios reportan que nueve mujeres son asesinadas al día en México, sin dar contexto, deshumanizando por completo a las víctimas, sin darles nombre ni derecho a que sus vidas sean relatadas[vii].

Desde el 2018 el movimiento feminista mexicano tomó las calles alzando la voz para poder ofrecer sus propios relatos sobre lo que significa ser mujer en un país tan mortal para las mujeres. En esta coyuntura, las feministas estaban teniendo un momento particularmente activo, retomando el espacio público del que habían sido borradas de manera histórica. La cobertura de los medios de dichos momentos de resistencia activa fue enmarcada por comentarios casi exclusivos respecto a los repertorios “violentos”, como la vandalización de las calles y la vía pública. López Obrador mismo descalificó las protestas y las acusó de ser una provocación para la represión. Los medios desatendieron el mensaje haciendo el centro de sus reportes los vidrios rotos y las paredes pintadas, antes que intentar entender el enojo y frustración de aquellas que protestaban. Las mujeres en México intentaban enseñar que no estaban seguras en ningún lado, no en las calles, no es sus casas. Y, luego, empezó el confinamiento, y las mujeres fueron una vez más recluidas a un espacio que acababan ellas mismas de denunciar como mortal —y más aún durante una pandemia.

Importa resaltar esto, y construir una discusión en torno a ello, porque cuando los medios reportan el alza de la violencia doméstica durante el confinamiento como algo normal, algo esperado, fallan al no ofrecer un lugar de posible resistencia, normalizando aún más la negación de los espacios para que las mujeres mexicanas puedan existir. El manejo de estos tiempos sin precedentes no es accidental: al decir que todo es justificable debido a la pandemia, se normaliza la erradicación de los espacios públicos y privados para la resistencia de las mujeres. Debemos ser críticos de cualquier narrativa que suponga que la eliminación del virus depende de que la ciudadanía obedezca sin posibilidad alguna de retar al discurso dominante. Mejor, permitámonos ver cómo estos tiempos han desenmascarado aún más la crudeza del capitalismo neoliberal. El hecho de observar que la pandemia ha mostrado con mayor crudeza el capitalismo neoliberal, debería impulsarnos a crear una nueva realidad. EP


[i]  https://www.theguardian.com/global-development/2020/apr/28/calamitous-domestic-violence-set-to-soar-by-20-during-global-lockdown-coronavirus

[ii] https://nwlc.org/resources/low-wage-jobs-are-womens-jobs-the-overrepresentation-of-women-in-low-wage-work/

[iii] https://read.oecd-ilibrary.org/view/?ref=127_127000-awfnqj80me&title=Women-at-the-core-of-the-fight-against-Covid-19-crisis

[iv]  https://www.animalpolitico.com/2020/04/llamadas-denuncias-violencia-familiar-pandemia/

[v] https://www.animalpolitico.com/elsabueso/amlo-falso-llamadas-emergencia-mujeres-no-sean-reales/

[vi] https://www.animalpolitico.com/2020/05/amlo-no-aumenta-violencia-mujeres-covid-fraternidad-familiar/

[vii] https://www.eluniversal.com.mx/tag/feminicidios-en-mexico, https://www.animalpolitico.com/2020/03/desigualdad-violencia-datos-mujeres-marcha-8m/

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