Cuando la gente me pregunta sobre mi estado de ánimo en estos días, les digo que me siento como si fuera un reportero del Diario de Pompeya en el año 79 d. C. y estuviera sentado en la ladera del monte Vesubio cuando alguien se acerca y me pregunta: “Oye, ¿no sientes que se mueve?”.

Claro que sí.

El verano de 2020 podría ser recordado como una de esas fechas verdaderamente importantes en la historia estadounidense. Adonde voltees verás padres que no saben adónde irán sus hijos a la escuela o si lo harán este otoño, inquilinos que no saben si los desalojarán, desempleados que no saben si el Congreso de Estados Unidos los respaldará con alguna red de seguridad, negocios que no saben si podrán aguantar otro día… y todos nosotros, que no sabemos si podremos votar en noviembre.

Esa es mucha ansiedad ardiendo y humeando por debajo de la economía, la sociedad, las escuelas y las calles de la ciudad —tan solo a la espera de hacer erupción por todo el país— porque hemos fracasado de manera ejemplar en la batalla contra el coronavirus. Tenemos el 25 por ciento de todas las infecciones registradas en el mundo y solo representamos el cuatro por ciento de la población mundial. La gran ironía es que Vietnam, que tiene menos de un tercio de nuestra población, solo ha reportado 416 casos y ninguna muerte, la gente siente lástima por nosotros.

¿Cómo nos volvimos tan ineptos?

Si, Dios no lo quiera, Estados Unidos quedara sepultado bajo lava como ocurrió en Pompeya, y los arqueólogos del futuro vinieran a excavar el país, no tengo duda de que el artefacto que desempolvarían y sacarían primero para responder la gran pregunta sería un artículo sencillo que cuesta centavos fabricar y que es muy fácil de usar: el cubrebocas.

Para ser algo que debe cubrir nuestra boca, dice muchísimo sobre cuán dementes se han vuelto las personas. En específico, el cubrebocas nos dice cómo el país más rico y científicamente avanzado generó un grupo de líderes y ciudadanos que hicieron del usar un artículo para cubrir la nariz y la boca (con el fin de evitar la propagación de una enfermedad) en un problema de libertad de expresión y un indicador cultural, algo que no se hizo en ningún otro país del mundo.

No hay nada más desmoralizante que eso, nada que nos rezague en la batalla en contra de la COVID-19 con más fuerza y más rápido. Una sociedad que puede politizar algo tan sencillo como un cubrebocas en una pandemia puede politizar cualquier cosa, puede hacer de cualquier cosa un asunto contencioso: la física, la gravedad, la lluvia, lo que sea. Y una sociedad que lo politiza todo jamás alcanzará todo su potencial en las buenas épocas ni evitará lo peor en las malas. 

Ahí es donde estamos ahora. Cuando se comparan los sacrificios —incluyendo la muerte— que la generación más grandiosa de estadounidenses hizo para defender a sus conciudadanos del flagelo del nazismo con lo poco que sacrificarán algunos miembros de las generaciones actuales para defender a otros estadounidenses del flagelo de la COVID-19 —tan solo usar un cubrebocas— uno se queda atónito.

No hay excusas. Resistirse a usar el cubrebocas durante una pandemia no es más que una mascarada egoísta, libertaria y sin sentido usada como defensa risible de la libertad: “No pisotees mis derechos, pero yo sí puedo exhalar frente a ti”.

Sin embargo, durante meses, nuestro presidente y vicepresidente, así como la mayoría de los gobernadores republicanos y sus seguidores equipararon el hecho de resistirse a usar cubrebocas con resistirse a una vulneración de la libertad personal, en vez de verlo como la manera más barata y eficaz de limitar la propagación del virus, con el fin de que nosotros regresemos al trabajo y los niños vuelvan a la escuela.

La resistencia que mostró el presidente Donald Trump ante los cubrebocas en realidad no tenía nada que ver con la ideología. Solo era su oposición primitiva a cualquier cosa que enfatizara la verdadera crisis sanitaria en la que estábamos y que, por lo tanto, podría afectar su reelección.

Sin embargo, el vicepresidente Mike Pence, siempre feliz de ensalzar los excesos de Trump, disfrazó su ordinaria resistencia a usar cubrebocas con un elegante atuendo constitucional. Cuando un reportero le preguntó en un mitin de Trump en Tulsa hace unas semanas por qué el presidente no parecía estar preocupado por la ausencia de cubrebocas y la falta de distanciamiento social en su evento, Pence, de manera solemne, respondió: “Quiero recordarles de nuevo que la libertad de expresión y el derecho a reunirse pacíficamente se encuentran en la Constitución de Estados Unidos. Incluso durante una crisis sanitaria, el pueblo estadounidense no pierde sus derechos constitucionales”.

Qué fraude.

Como lo señaló John Finn, profesor emérito de Gobierno en la Universidad Wesleyan en un artículo de TheConversation.com, “hay dos motivos por lo que las órdenes de usar cubrebocas no violan la primera enmienda. Primero, los cubrebocas no evitan que la gente se exprese. Además, la primera enmienda, como todas las libertades garantizadas por la Constitución, no es absoluta. Todos los derechos constitucionales están sujetos a la autoridad que tiene el gobierno para proteger la salud, la seguridad y el bienestar de la comunidad”.

Un estudio de Boston Consulting Group acerca de cuáles países no solo aplanaron la curva del coronavirus sino que “acabaron con ella” halló que la clave para reabrir la economía mientras también se contiene la transmisión del virus era “el distanciamiento físico, el lavado frecuente de manos y el uso generalizado de cubrebocas”, así como el hecho de que estos gobiernos desarrollaron lineamientos detallados para esos tres elementos cuando se trató de establecer entornos seguros para el trabajo, las escuelas y el transporte público.

Sin embargo, nuestros arqueólogos del futuro harían bien en enfocarse en los cubrebocas, pues la intensa resistencia temprana a usarlos de los líderes republicanos que apoyan a Trump y los simpatizantes del presidente fue la esencia destilada de lo descarrilados que se encuentran el Partido Republicano y el ecosistema mediático que lo respalda. En ese sentido, fue otro recordatorio evidente de que no podemos estar en nuestro mejor momento como país —como deberíamos estarlo durante una pandemia— sin un partido conservador con principios, que se base en la ciencia, no solo en los marcadores culturales y en el libertarianismo irracional e impulsivo.

Tenemos mucho camino por recorrer. Forbes informó la semana pasada que “de los 19 estados que aún no han emitido órdenes para usar cubrebocas, 18 son dirigidos por gobernadores republicanos”.

Pero destaquemos a los gobernadores republicanos Larry Hogan de Maryland, Mike DeWine de Ohio, Eric Holcomb de Indiana y Kay Ivey de Alabama, quienes tenían o han adoptado posturas a favor de los cubrebocas. No solo es bueno para la salud física de sus estados, sino también para la salud política del país.

Usar cubrebocas en esta pandemia es una señal de respeto para los demás ciudadanos y vecinos, sin importar su raza, creencias o afiliaciones políticas. Usar una mascarilla es igual a decir: “No solo me preocupo por mí. Me preocupo por ti también. Todos somos parte de la misma comunidad, el mismo país y la misma lucha para estar sanos”.

Un presidente distinto habría animado a todos los estadounidenses a usar un cubrebocas con los colores patrios desde el inicio de la pandemia. Habría usado un cubrebocas como ese para matar dos pájaros de un tiro: acabar con la COVID-19 y unirnos en el largo camino que debe recorrerse para lograrlo.

Como dije, eso lo habría hecho un presidente distinto.

Thomas L. Friedman es columnista especializado en temas internacionales. Se unió al periódico en 1981 y ha ganado tres premios Pulitzer. Es autor de siete libros, entre ellos From Beirut to Jerusalem, que ganó el National Book Award. @tomfriedman

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