A veces me pica la oreja y -casi distraída- busco un pequeño hisopo, lo humedezco con perfume. Comienzo a pasármelo por los recovecos de la aurícula. Empiezo por la fosa mayor, lentamente bajo a la fosa triangular. Ahí la comezón comienza a ponerse interesante. Me olvido de lo que estaba haciendo y vuelco toda mi atención en esa oreja. Se pone cachonda. Pide más. Pica. Se excita. Exige movimientos casi bruscos. La punta perfumada del hisopo baja hasta la fosa mayor -que se llama concha- y es el vestíbulo del orificio auditivo. En ese espacio se concentra tal calentura que el palillo pasa de la concha a la apertura, de aquí para allá acelerando. Todo el cuerpo se pone a temblar al ritmo del falito de punta algodonada. Hurguetea. Busca. Obtiene. Alcanzo el punto G de mi oreja y me derramo de placer en un orgasmo auricular espectacular.

 

Algunas orejas tienen clítoris. No como el órgano biológico anclado en los genitales, sino como cuerpo sin órganos liberado de mandatos anatómicos, emancipado de imperativos conscientes, arrastrando consigo la capacidad de disfrutar. Los clítoris sin órganos son nómades. Se corren del punto de goce que nos fija el poder patriarcal. Ese que nos clava al binarismo dominante.

El clítoris orgánico, por su parte, compone la anatomía de aquellas personas que al nacer se les atribuye el género femenino. Humilde cual violeta, se esconde entre arrepollados labios. El aroma de esta florecilla es el orgasmo que estalla e inunda la vulva, cosquillea en el ano y produce intensos y breves estremecimientos corporales. Luego, saciedad y placidez mientras el corazón galopa como queriéndose escapar del pecho. Suele decirse que el clítoris es un pene pequeño, pero considero que es exactamente al revés: el pene es un clítoris que tiende al gigantismo.

Si se exceptúa las actividades reproductoras y urinarias -propias del pene, pero no del clítoris- se encuentran coincidencias: glande, prepucio, terminales nerviosas, erección, eyaculación y disfrute. La diferencia es que a la acumulación de funciones del pene se le opone el elegante minimalismo del clítoris: su única función es gozar.

El clítoris sin órganos es un agenciamiento inmaterial. Produce placer, pero no está localizado en los genitales. Es simbólico, no obstante, obtiene efectos materiales: calentura, compulsión a la fricción, éxtasis. Un medio de exploración inconsciente que se desmadra de mandatos anatómicos y culturales. No cumple normas, trasgrede. Incentiva procesos de autodescubrimiento de lo que puede un cuerpo. Construye áreas placenteras a partir del desacople del cuerpo normado.

Los clítoris nómades no tienen sustento anatómico ni fisiológico, pero habitan en las subjetividades orgásmicas independientemente del género sexual. Provocan éxtasis en diferentes partes del cuerpo, como mi oreja, por ejemplo. Se expanden más allá de los genitales, desplazan prejuicios.

Clítoris sin órganos es la capacidad de despertar orgasmos en cualquier parte del cuerpo. Sin embargo, existen mujeres que a pesar de portar clítoris orgánico no conocen el clímax ni siquiera en la vulva. Es decir que la coacción patriarcal opera no permitiendo la posibilidad del disfrute. La presión sobre el cuerpo de la mujer aniquila pasiones alegres. Milenios reprimiendo el goce femenino han logrado subjetividades acuciadas por la culpa. Lo personal es político. El incumplimiento expone a la condena social y a la autocensura. Esa colonización o lavado de cerebro que el machismo ejecuta en las subjetividades femeninas traspasa lo social y se mete en los inconscientes. Las estadísticas informan que más del cuarenta y tres por ciento de las mujeres no alcanzan el orgasmo, mientras en los hombres el porcentaje se reduce a veintiséis.

Hablemos entonces del orgasmo en la mujer. Los paganos primero y las religiones monoteístas hasta el presente lo ningunean o descalifican. Las normas para marcarle la cancha al goce femenino fueron inventadas por varones en épocas precientíficas, pero en épocas científicas también. Cuando a finales del siglo XIX el goce femenino comenzó a ser objeto de estudio de neurólogos y psicoanalistas siguieron siendo hombres los que manipularon y normativizaron el placer de la mujer. Habría que esperar al siglo XX para que las mujeres comenzáramos a despertar de nuestro sueño dogmático y entendiéramos que nada en el cuerpo se da de forma natural.

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Según pasan los años voy descubriendo nuevas superficies de placer. No las busco, me sorprenden. Llego a casa cansada. Mis vértebras compiten en proveerme dolor. Siempre gana la misma. Está justo en el semiarco hundido que dibuja la columna a la altura de la cintura. Busco una pared para sostener mi espalda. Apoyo nuca, dorso y nalgas con firmeza y -vertebra por vertebra- emprendo un contorneo vertical. El dolor comienza a transformarse en picazón y la picazón en calentura. Demanda movimiento, vaivén con aceleración in crescendo. Despacito primero y acelerando poco a poco refriego con saña mi espalda contra el muro, hasta que estalla, hasta que se resuelve en compulsiva complacencia, en saciedad completa. Se lo podría denominar orgasmo óseo porque irradia desde una vértebra. El placer como si fuera un termómetro marca sus grados. La experiencia de hacer cumbre es breve y contundente. Petite morte le dicen los franceses. Durante los instantes orgásmicos irrumpimos fuera del tiempo. Durante mi encontronazo con la pared, el clítoris sin órganos dirige la orquesta. Los músculos, cual violines, murmuran entre ellos y distribuyen deleite viboreándome en la espalda. De los laberintos de mi carne surgen trombones y tonadillas. Fantasías obscenas liberándose a través de esa multiplicidad de músculos microscópicos. Orgasmar es similar a escalar, a veces un pequeño montículo conurbano, otras un pintoresco cerro cordobés y -de vez en cuando- el majestuoso e insuperable Aconcagua mendocino.

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