Con la avalancha de programas de consejos y ejercicio en casa, puede parecer que nunca ha sido más fácil ejercitarse en el hogar. Pero la realidad es que probablemente nunca ha sido más difícil. Por cada persona que publica una selfi sudorosa en Instagram, hay otra (o cuatro) que intenta soportar el estrés inducido por la pandemia. Añade el acceso constante al refrigerador y una despensa repleta de compras por pánico, y la culpa por lo que hemos comido —o el ejercicio que no hemos hecho— se acumula más rápido de lo que puedes decir “kilos de cuarentena”. (O, en inglés, Quarantine 15, en referencia a las quince libras que muchas personas dicen haber aumentado en estos meses).

“Sí, subiste de peso. ¿Y qué? Estás vivo”, dijo Elyse Resch, terapeuta de nutrición. “Estamos haciendo lo mejor que podemos con los recursos que tenemos”. (Por no mencionar a muchas otras personas que hacen frente a graves desafíos, como problemas serios de salud y preocupaciones financieras).

Tú también puedes encogerte de hombros ante un aumento de peso ligero o moderado o ante la pérdida de tu condición física prepandémica. Sigue leyendo.

Sobre todo, ten compasión. “No creo que la mayoría de las personas cambien de opinión cuando les gritan o les dan un puñetazo en la cara, pero así es como nos hablamos a nosotros mismos”, comentó Phoenix Jackson, psicóloga clínica especializada en traumas. Cuando Jackson tiene problemas para hablarse a sí misma con la amabilidad que emplearía con una amiga querida, le gusta buscar una foto de ella cuando era niña y pensar en la manera amable en que le gustaría que se dirigieran a esa persona.

A continuación, reconoce que el peso y los regímenes de ejercicio ambiciosos pueden ofrecer la ilusión de control en un mundo que parece estar totalmente descontrolado, pero que la ansiedad que producen no es útil. Esto es parte de un problema más grande: la mayoría de nosotros sentimos la presión de alcanzar o mantener cierto volumen corporal porque nos han enseñado que es importante. El exceso de peso se ha relacionado con considerables riesgos para la salud, aunque no significa, por definición, que una persona no esté sana.

Desafortunadamente, la fobia a la grasa promueve justo lo contrario: a las personas gordas se les niega la atención médica, ganan menos dinero en su trabajo y les cuesta más encontrar empleo, según muestran las investigaciones.

“Rompe el ciclo preguntándote dónde aprendiste que el aumento de peso es algo de lo que hay que avergonzarse”, escribió en un correo electrónico Paula Freedman, psicóloga clínica especializada en trastornos alimentarios. Pregúntate: ¿esta creencia me ayuda a ser el tipo de persona que quiero ser? (Freedman añadió que tal vez tengas que analizar esto más a fondo: ¿qué tipo de persona quiero ser? ¿Cómo quiero tratarme a mí y a otras personas?).

Christy Harrison, una terapeuta de nutrición que examinó el tema del exceso de peso y el virus en un artículo de Wired publicado en abril, dijo en una entrevista el mes pasado que pocos de los primeros estudios de investigación sobre el tema tomaban en cuenta las variables de raza, estatus socioeconómico o calidad de la atención, “determinantes sociales de la salud que, según sabemos, explican la mayor parte de las disparidades de salud entre distintos grupos de personas”, escribió. Tampoco tomaban en cuenta cómo influyen los sesgos de los médicos en la manera en que atienden a los pacientes que tienen más peso. Sin embargo, existen evidencias sólidas de que la obesidad (definida como tener un índice de masa corporal de 30 o más) te pone en mayor riesgo de morir a causa de la COVID-19.

“A fin de cuentas, independientemente de lo que diga o deje de decir la ciencia sobre la COVID y el peso, todavía no tenemos ninguna forma de que la gente pierda peso y no lo recupere”, comentó Harrison. 

Ella sugiere que te preguntes ¿Qué consigo al preocuparme por la comida y mi cuerpo ahora mismo y qué estoy perdiendo? ¿Qué podría hacer con este tiempo y energía? Una encuesta sugiere que las mujeres dedicaban a esta preocupación 21 minutos al día y los hombres 18 minutos al día. (Y para algunos, ese número sonará terriblemente bajo). Aún así, es demasiado tiempo que podrías dedicar a otras cosas, desde un placer culposo a una relación, o la vida o una causa que ayude a cambiar el mundo.

“Temer al aumento de peso y sentirte mal sobre tu cuerpo te distrae de lo que realmente importa y de participar en este momento cultural” dijo Harrison. 

Un fundamento de la cultura de las dietas —o cultura del bienestar, que en realidad es solo una manera distinta de presentar la cultura de las dietas— es que comer por cualquier otra razón que no sea el hambre biológica es malo. Esta creencia proviene del surgimiento de los clubes de dietas en la década de 1960, a donde las mujeres iban a hablar de sus sentimientos para no comer de más por sus emociones.

“Tienes que estar hambriento para merecer comer en esta cultura”, dijo Harrison. “Pero estamos diseñados para obtener placer de la comida y conectarnos a través de ella”.

Digamos que la comida realmente te está dando consuelo. “Sigue la corriente, ámala, agradécela”, dijo Resch. Con una condición: necesitarás vivir el presente para de verdad obtener alivio y satisfacción. Si estás demasiado ocupado juzgándote mientras comes, no estarás apreciando la textura y el sabor.

Así que no estás ejercitándote lo suficiente o no lo haces tanto como antes del confinamiento y crees que eso es un problema. Esto puede ser porque, para ti, el ejercicio es un modo de controlar tu cuerpo o compensar lo que has estado comiendo, una creencia más que debes descartar. 

“El ejercicio es algo placentero que puedes hacer por alegría y por beneficios de salud mental”, dijo Harrison. “Es difícil entenderlo cuando tienes todas esas voces en la cabeza que te dicen: ‘Pero si no hago que mi ritmo cardiaco llegue a determinado nivel, no voy a obtener los beneficios’”.

Resch prefiere la palabra “movimiento” en lugar de “ejercicio”.

“Ejercicio connota algo que debes hacer”, señaló. “Debemos quitarnos la idea de hacerlo con el objetivo de perder peso o mantener la musculatura”. En cambio, pregúntate qué te hace sentirte bien, cómodo en tu propio cuerpo. Podría ser simplemente ponerte de pie y estirarte.

Canaliza tu energía en algo más productivo que obsesionarte con el peso y el ejercicio, como trabajar para cambiar la cultura de las dietas; podrías señalar a los usuarios que hacen comentarios que promueven la delgadez o que buscan avergonzar a las personas con sobrepeso en tus redes sociales. Suman Ambwani, profesora asociada de Psicología en Dickinson College, dijo que la gente a veces se muestra reacia a cuestionar este tipo de declaraciones. “Sin embargo, en un estudio de hace un par de años, encontramos que las personas que llaman la atención sobre este tema y rechazan la autoestima relacionada con la apariencia y el ideal de delgadez en realidad son percibidas como más agradables que alguien que simplemente se confabula con la cultura que avergüenza a las personas por su cuerpo”, comentó.

Ambwani sugirió seguir el movimiento saludable-en-todas-las-tallas, un movimiento de casi dos décadas de antigüedad que promueve la inclusión de peso y la justicia social, para educarte y luego para buscar modos de involucrarse para ayudar a que la dicriminación por peso o talla sean ilegales.

Finalmente, piensa en que sentirse mal tiene la función del canario en la mina de carbón: es un indicador de que algo está listo para cambiar, dijo Elizabeth Hall, una coach de alimentación en Farmington, Connecticut. Aunque la gente a menudo responde con la promesa de restringirse o esforzarse más, dijo, la forma de acabar con la culpa y la vergüenza es solo percibir dichos sentimientos y preguntarte a ti mismo si te sirven o te causan sufrimiento.

“Sentirse mal es en realidad una invitación para crecer y cambiar nuestra conciencia y despojarnos de expectativas y programaciones antiguas”, dijo.

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