Lozano está en su último año de bachillerato.

SAN DIEGO — El mes pasado, me enteré de que mi tío murió de COVID-19. Poco después, su madre también murió a causa del virus. Como mis padres son trabajadores esenciales, estoy empezando mi último año de bachillerato con la preocupación de que ellos sean los siguientes.

Vivo en uno de los códigos postales más infectados de San Diego. Además, soy latino en un condado donde los hispanos —el 43 por ciento de las víctimas de COVID-19, pero apenas el 34 por ciento de la población— se llevan la peor parte de la pandemia.

A inicios de este año, cuando las actividades de las escuelas se volvieron remotas, los estudiantes de bajos recursos como yo, que tenemos acceso limitado a computadoras e internet, tuvimos dificultades para mantener el ritmo del trabajo en clase. Tratar de estudiar en espacios llenos de gente y sin una conectividad confiable fue frustrante. Pero ahora que las escuelas volverán a recibirnos este otoño, preferiría por mucho soportar los problemas del aprendizaje a distancia que regresar a un campus de manera prematura y sacrificar mi salud o la de mi familia.

Durante la pandemia, mi familia de cinco miembros ha estado apiñada en un apartamento de 85 metros cuadrados y dos habitaciones, donde comparto una de ellas con mis dos hermanos. Para mis padres, el distanciamiento social no es una opción. Mi padre es supervisor en una empresa distribuidora de autos y mi madre, en remisión del cáncer, hace poco renunció a su trabajo de cuidadora en un centro de atención para pacientes terminales. Como los casos en nuestro condado iban al alza, tomó la decisión de mejor cuidar a mi primo autista por medio de un programa de cuidados infantiles temporales. No es mucho, pero, en palabras de mi madre, el dinero adicional nos permitirá salir adelante. 

En abril, cuando mi escuela comenzó las clases a distancia, me costaba concentrarme, e iba de una habitación a otra en busca de paz y silencio. En la mañana, me instalaba en la mesa de la cocina para asistir a reuniones en línea mientras mi familia estaba dormida. En la tarde, huía a la habitación de mis padres para terminar mis labores escolares, pero solo hasta que mi padre llegaba a casa del trabajo y me ordenaba salir.

A veces ignoraba a mis padres o les hacía caras por ninguna razón aparente.

“¿Estás enojado conmigo?”, me preguntaba mi madre.

“No, solo quiero concentrarme”, le contestaba.

Para ser sincero, me enojaba vivir en un foco de infección del coronavirus, que mis padres inmigrantes pudieran darme tan poco, que mis compañeros de clase media estuvieran muy cómodos en sus habitaciones mientras yo estaba confinado en una enclenque silla de metal de la cocina.

En la escuela tengo las mejores calificaciones y mis maestros de inglés elogian mi escritura. Me veía a mí mismo como un chico mexicano pobre que, con la determinación suficiente, podría superar las barreras económicas.

Sin embargo, cuando mi tío murió de coronavirus, me di cuenta de que esa valentía no iba a ser suficiente para superar los obstáculos de una pandemia. Ni siquiera nos pudimos despedir. 

Los chicos negros y latinos ya luchamos con tasas desproporcionadamente altas de COVID-19 y enfrentamos barreras sistémicas para que se nos realicen pruebas y se nos dé tratamiento. Muchos de nosotros vivimos en hogares multigeneracionales y tenemos padres que son trabajadores esenciales. Es menos probable que tengamos acceso a atención médica. Y las escuelas de bajos recursos de todo el país están teniendo dificultades para costear los suministros y la infraestructura necesaria que permitan reabrir de una manera segura.

Tengo la suerte de que en mi distrito pospusieron la reapertura de clases hasta octubre, por lo menos. Pero si dieran la orden de regresar al campus de forma prematura, no lo haría. Por difícil que sea el aprendizaje a distancia, volver al salón de clases en este momento —cuando los casos en Estados Unidos rompen récords y los expertos pronostican que la pandemia persistirá hasta el próximo año— pondría mi hogar y los de millones de chicos de color de bajos ingresos en un mayor riesgo de infección.

Salgo de mi apartamento sin saber si mis vecinos de al lado —a tan solo un metro de distancia de la puerta de mi casa— podrían tener el virus. Cada vez que vamos a nuestra lavandería local, un lugar diminuto donde la gente que la visita no siempre usa mascarilla, temo por la vida de mi madre. Aunque nos lavamos las manos y desinfectamos las cosas después de llegar a casa, siempre me queda un hormigueo de intranquilidad, como cuando sientes que hay un mosquito en una habitación oscura.

Les he compartido mi sentir a amigos que, como yo, viven en lugares pequeños y han visto cómo se enferman sus familiares: por mucho que seamos sobresalientes en lo académico, nuestros códigos postales siguen ejerciendo un dominio sobre nosotros y nuestras familias. Vivir en un hogar ruidoso con responsabilidades domésticas durante una pandemia de por sí fue un reto, pero ver a un ser querido morir socavó mis esperanzas sobre el futuro y me hizo más consciente de la diferencia que pueden hacer unos cuantos dígitos en mi dirección.

No obstante, después de dejar atrás las aceras agrietadas de mi complejo de apartamentos, caigo en cuenta de que otros la están pasando peor: mi familia es independiente en términos económicos y vivimos en una comunidad muy unida.

Escucho las palabras de mi madre cuando regresamos a casa con los cestos de la ropa sucia y, por un momento, sonrío.

La pandemia plantea desafíos singulares para chicos como yo. Pero si las escuelas pueden brindarnos apoyo —como lo está haciendo mi distrito al ofrecer comidas gratuitas, puntos de acceso a internet y computadoras portátiles para quienes lo necesitan—, sé que podremos seguir con las clases remotas y mantenernos a salvo. Además, con la ayuda de mis profesores y la esperanza de que mengüe la necesidad de permanecer confinados, enviaré mi solicitud para ingresar a la universidad este otoño.

Mantener a los estudiantes en casa nos otorga la mejor oportunidad de salir adelante, y también a Estados Unidos.

Isaac Lozano (@ilozanocrusader) cursa el último año en el bachillerato Bonita Vista en Chula Vista, California. Está escribiendo un libro para niños.

 

 

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