Mar de historias
 
La habitación se encuentra en completa oscuridad. Frente a la ventana sólo está la cama de Lidia. Antes el espacio era apenas suficiente para sus viejos muebles: ropero, tocador, la máquina de coser, dos sillas y un taburete. Tenían una historia. Significaban aspiraciones, esfuerzos, pequeños sacrificios, logros.

De todos los enseres, el único que lamenta haber vendido es el ropero de copete que hizo Cosme en su carpintería. Al abrirlo o mirarse en su espejo, Lidia siempre recordaba la tarde en que llegó al taller para entregar a su marido un lienzo de terciopelo. Al ver el mueble ya casi terminado le preguntó para quién era. Para una dama muy especial. La respuesta provocó en ella un ligero arranque de celos. No dijo nada, pero se fue sin despedirse.

–¡Qué hombre! ¿Por qué no me dijo que lo estaba haciendo para mí? Me lo regaló cuando cumplimos nuestras bodas de plata –murmura Lidia, en quien a últimas fechas se ha acentuado la costumbre de hablar sola.

 

II

 

Por simple diversión, con frecuencia ella y Cosme recordaban aquel capítulo de su vida. El asunto se prestaba para hacer planes acerca de cómo iban a celebrar sus 50 años de casados. Las cosas ocurrieron en sentido opuesto. Su esposo murió tras padecer una larga enfermedad y ella pronto alcanzará los 20 años de viuda. Pensarlo la desalienta. Aunque sabe que es inútil hacerlo y no hay respuesta posible, con frecuencia se pregunta por qué las cosas tuvieron que ser tan distintas a como ellos las habían imaginado.

Un fuerte espasmo de tos la obliga incorporarse en su cama. Siente miedo. Le han dicho que es uno de los síntomas con que se anuncia el mal. Se piensa enferma, sola en su casa esperando el fin. Para huir se sus temores, con esfuerzos se levanta y va a encender la luz. Sorprendida, como si no hiciera ya varios meses que su habitación está vacía, exclama:

–¿Y mis muebles?

En seguida recuerda que los ha vendido todos para poder cubrir sus gastos. Son cada vez menos pero, aun así, ¿con qué va a pagarlos ahora que le queda tan poco dinero y no tiene otra cosa que vender más que la cadena con sircones que le heredó su hermana? La guarda bajo el colchón, en una cajita de lámina que aún huele a menta. Antes, cuando iba de visita a alguna parte, se la ponía con gran respeto y en silencio, como si tuviera en las manos una reliquia y no una joya barata. El motor de un avión interfiere con sus recuerdos. Apaga la luz y vuelve a la cama.

 

III

 

Lidia mira el techo. Se siente menos desamparada cuando las luces de un automóvil lo surcan durante breves segundos. Luego, la oscuridad le parece más intensa, Cierra los ojos y se queda esperando la claridad y otra señal que llegue de fuera: el primer tañido de campanas. Los minutos que tarda en oírlos le parecen eternos. Cuando al fin los escucha se levanta e, inmóvil, recorre la habitación con la mirada. Le parece inmensa, como toda la casa desde que está vacía.

Toma el suéter que dejó a los pies de la cama, se lo echa sobre los hombros, se ordena un poco el cabello y se encamina a la puerta. Al abrirla siente un golpe de aire helado que viene de los techos altos y las habitaciones des-nudas. Nada que sacudir, ni encerar, ni mover. La sala-comedor está desierta, y en la cocina sólo quedan en el piso las huellas de la estufa y el refrigerador.

Hace años los compró en abonos que abultaron considerablemente su precio. Hace poco los vendió juntos por 4 mil pesos. Se dio cuenta de que el comprador la estafaba, pero no tuvo más remedio que ceder. Gracias a eso ha podido pagar la comida que le llevan de la supercocina y los medicamentos que toma para la hipertensión, las reumas, la migraña.

 

IV

 

Aunque le duela y lo sienta como traición a la memoria de su hermana, comprende que muy pronto tendrá que vender la cadenita con sircones. Pegará en la puerta una hoja que avise de la venta. En busca de un recurso que le evite llegar a tal extremo la asalta una idea: conseguir que la reciban en una casa para ancianos desvalidos. Pero, ¿cómo buscarla? Por teléfono. Podría llamar a información pero allí no dan más de un número. Será mejor que marque al de emergencias. Lo repitieron varias veces en la radio. No tuvo la precaución de anotarlo y, como tantas otras cosas, no lo recuerda. Hay otra opción: hacer la búsqueda caminando. Irá a la iglesia, el dispensario, las dos gasolineras, la panadería. En todos esos lugares no faltará quien sepa dónde hay una casa-refugio para ancianos.

La posibilidad, aunque remota, le despierta esperanzas. Su optimismo dura hasta que se da cuenta de que eso también es imposible porque, debido a la pandemia, no puede salir, a menos que pierda el temor al contagio y abandone el encierro bien protegida, con su chalina cubriéndole la cara.

–Voy a hacerlo de una vez. Me conozco y si no me decido hoy tal vez pasen meses... –dice enfática.

De regreso en su recámara ve el teléfono en el piso y se golpea la frente con las manos:

–¡Pero qué tonta soy! Puedo llamar a la farmacia. Pido mis medicinas y le pregunto al dependiente que me conteste si sabe...

 

V

 

Hincada, Lidia marca el único número que recuerda. En seguida le responde una voz femenina:

–Farmacia La Salud. ¿En qué puedo servirle?

–Quiero hacer un pedido a domicilio y también preguntarle si de casualidad usted sabe de alguna casa donde reciban ancianos.

–Lo siento, no sé, no puedo darle esa información. Además hay mucha gente y sólo yo estoy atendiendo. Disculpe.

La comunicación se interrumpe. Lidia se queda con el teléfono en la mano y sigue hablando:

–Esa farmacia es muy buena, lástima que no tenga una medicina contra el dolor que nos causan las pérdidas y la soledad.

 
 
 
 
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Cultura

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