Supongo que debería cuestionar si el Partido Demócrata realmente puede expandirse lo suficiente en ambas direcciones como para incluir tanto a un demócrata socialista como Bernie Sanders como a un republicano arrepentido como John Kasich, compañeros fundamentalmente extraños que fueron oradores y funcionaron como polos ideológicos en la noche inaugural de la Convención Nacional Demócrata, o como sea que llamemos a ese jubileo político, más sucinto y deformado por la pandemia que no sucede en Milwaukee.

Tal vez debería describir esa deformación, analizar los ajustes correspondientes y encontrar errores aquí, allá y en todas partes. Eso es lo que hacemos los expertos. Objetamos. Disentimos. En ese sentido, somos insoportables.

Pero este no es el momento para hacer lo que solíamos hacer siempre. No es un momento normal. No me refiero al coronavirus en particular o a la histórica elección de una mujer negra como candidata a la vicepresidencia del Partido Demócrata ni a una faceta o una dinámica específica de los días que tenemos por delante. Me refiero a lo que está en juego en los próximos días. Es inconmensurable.

En ningún otro momento de mis 55 años de vida, el éxito de los demócratas ha sido más importante para el bienestar, la cordura —el futuro— de Estados Unidos que en este, porque la alternativa nunca había sido un presidente republicano tan profundamente amoral, fundamentalmente corrupto y llanamente incompetente como el que busca gobernar cuatro años más.

Donald Trump ha dejado claro que, si es el único modo de “ganar”, está dispuesto a robarle esta elección a Joe Biden. De hecho, ya inició el atraco. Está listo para destruir por completo la fe en nuestras instituciones y el orgullo que nos provoca el sistema democrático, y construir un trono entre los escombros. Y tiene un número enorme de cómplices, entre ellos —hasta la fecha— la mayoría de los republicanos en el Congreso, que lo animan a continuar o se muerden tanto la lengua que les escurre sangre de la boca.

En ese contexto, lo que vi el lunes en la noche no fue un evento que pueda analizar o calificar. Se trató de algo a lo que hay que acercarnos a toda prisa y atesorar: un bufé para los hambrientos. Fue la salvación. No tengo ningún interés en discernir si el puré de papas estaba tan esponjoso como debería estar o si los espárragos estaban demasiado cocidos. 

En cambio, quiero señalar que no hay nadie en el círculo cercano de Trump con la seriedad y la gracia de Michelle Obama, porque alguien como ella no duraría ni un nanosegundo allí. Trump consideraría que su ejemplo es demasiado amenazante, el estándar que impone lo empequeñecería demasiado. Y para ella, el ecosistema ético de Trump le parecería inhabitable: la fría y oscura superficie de la Luna sin un traje espacial.

Quiero disfrutar de cada palabra que ella pronunció el lunes, cuando destiló de manera tan bella lo que está mal con Trump: “Él simplemente no puede ser quien necesitamos que sea”, dijo; y de esa forma inquietante definió lo que se siente vivir en el Estados Unidos de Trump.

“Los niños en este país están viendo qué es lo que sucede cuando dejamos de exigir empatía entre nosotros”, dijo. “Están viendo a su alrededor y se preguntan si todo este tiempo les hemos estado mintiendo sobre lo que somos en realidad y sobre lo que en verdad valoramos”.

“Lo que está ocurriendo no está bien”, añadió. “Esto no es quienes queremos ser”. Fue un discurso excelente —pronunciado de manera espléndida—, y lo fue porque en buena medida Michelle Obama reconoció y acentuó el hecho de que muchos estadounidenses la ven como una persona menos partidista y más pragmática que cualquier orador tradicional de las convenciones.

“Ya saben que odio la política”, dijo sin pedir perdón por esto. “Pero también saben que esta nación me importa. Saben lo mucho que me importan todos nuestros niños”. Desde esta perspectiva, vino su petición: “Tenemos que votar por Joe Biden como si nuestras vidas dependieran de ello”.

Ese fue el mensaje de muchos de los oradores de la convención. Sus palabras variaron, pero no la urgencia. Cuando los políticos usan tonos épicos y graves, por lo general dan ganas de lavar con cloro tanta grandilocuencia. Pero el lunes en la noche solo asentí (y, como Obama, también derramé alguna lágrima).

Antes del inicio de la convención se habló mucho sobre el deseo apremiante y el esfuerzo constante de los demócratas por proyectar unidad. Para mis ojos y oídos, llevaron las cosas a un nivel más alto, no porque tuvieran un talento especial para la diplomacia o un don para la coreografía televisiva, sino porque clara, genuina y apasionadamente comparten la convicción de que si Biden falla, Estados Unidos cae; al menos el Estados Unidos al que todavía estamos tratando de aferrarnos, el Estados Unidos sobre el que cantamos y al que nos referimos cuando ponemos las manos sobre nuestros corazones y miramos hacia la bandera.

“Durante el gobierno de este presidente, lo impensable se ha convertido en lo normal”, dijo Sanders durante su discurso. “El futuro de nuestra democracia está en riesgo. El futuro de nuestra economía está en riesgo. El futuro de nuestro planeta está en riesgo”.

Sanders, de manera deliberada y específica, exhortó a sus seguidores frustrados a alinearse y votar por Biden. “Debemos estar juntos”, dijo. “El precio del fracaso, amigos míos, es demasiado grande para imaginarlo siquiera”. No sonaba así en 2016. En ese entonces los daños que causaría Trump en la presidencia eran apenas predicciones, eran teóricos. Ahora los daños se ven en las cifras de desempleo y en las morgues.

Esta convención no está exenta de peleas ideológicas, egos lastimados y otros dramas fuera de la pantalla. Pero cualquiera que se concentre en eso perderá de vista el panorama general. Cualquiera que esté concentrado en eso no será capaz de reconocer cuántos de los elogios que le hicieron a Biden el lunes nunca se le podrían dirigir a Trump.

Me refiero a cumplidos simples, como cuando Kasich halagó a Biden refiriéndose a él como “un hombre de fe, un unificador”. O como cuando el congresista James Clyburn se refirió a él como “tan buen hombre como buen líder”. Ni siquiera los mentirosos experimentados que apoyan a Trump intentan salirse con la suya llamándolo “bueno”. Son réprobos, no comediantes.

Biden no reúne todo lo que me gustaría que tuviera un presidente, pero tiene bondad, y para un país que necesita recuperar su decencia, refundar su dignidad y enmendar su camino, ese no es mal lugar para empezar.

La convención de los demócratas continuará por dos noches más, pero no necesito ver un segundo más para saber cómo está la cosa.

Frank Bruni ha trabajado en el Times desde 1995 y, antes de convertirse en columnista en 2011, ha ocupado diversos cargos, incluido el de reportero de la Casa Blanca, jefe de la corresponsalía de Roma y crítico jefe de restaurantes. @FrankBruni | Facebook

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