Ahí está algo, o bastante, de la adrenalina que se le pedía al Gobierno hacia encarar disposiciones contra los factores de poder.

Establecer como servicio público esencial a internet, telefonía y televisión paga, con congelamiento de tarifas que pasan a ser eso en lugar de “precios” y avanzando hacia un paquete que deba incluir prestación básica, universal y obligatoria, es un gesto de simbolismo implementativo enorme.

 

La oposición “política” quedó desarmada argumentativamente, tanto o más que la “mediática”, al punto de que el decreto sólo pudo ser acusado como espantador de inversiones. ¿Cuáles inversiones, visto lo sucedido durante su gobierno market friendly, en la provisión de un servicio que está a la cabeza de las quejas de los consumidores?

Que el sector estatal quede habilitado para pautar topes tarifarios, en el mercado de libre competencia, es lo mismo que ya acontece con las empresas de medicina prepaga.

¿A quién se le puede ocurrir, honestamente, por derecha o izquierda, cuestionar una medida que está en línea con lo reinante en varios países “centrales” y que se caía de maduro para contragolpear al festín de recargos sin control?

¿A quiénes, como no sea por sus intereses pecuniarios afectados o por el resentimiento de que un gobierno “modosito” es capaz de tensar correlación de fuerzas, puede pasársele por la cabeza denostar una resolución de este tipo?

Lo demás que pasó estaba completamente anunciado.

La crónica y los comentarios atinentes al episodio del 17 de agosto daban para adelantarlos con toda tranquilidad (a un lado y al otro de esa idiotez infinita que es citar “la grieta” como si, en lugar de ser la característica argentina más enraizada desde el fondo de nuestra historia, fuese producto del kirchnerismo).

Estaba aburridísimamente cantado que unos medios hablarían de la sociedad agotada dispuesta a defender la República; de la gente común que alzó su voz y sus bocinas contra el despotismo K; de la conciencia cívica opuesta al proyecto de reforma judicial; de cómo se salió a manifestar hasta en el último pueblito del país; de si el Presidente escucharía o no el clamor popular.

Igual de soporífero, otros medios cansarían en proporción inversa con la mostranza de ese mundo freakie incapaz de haber juntado alrededor del Obelisco números superiores a los de una parcialidad futbolera en festejo de campeonato; en búsqueda de las estrafalarias provocaciones de la Comandante Pato, de cualquier gorila desencajado o conspiranoide universalista que se encontraban al toque, y de esa imagen tan dolorosa de una figura como la de Luis Brandoni.

Era también harto previsible el estimado de bandereantes o banderoleros presto a polémicas bizantinas, entre los medios hablantes de una manifestación “masiva” (palabra merecedora de mayor respeto, por favor) y los que ningunearon su impacto así como así.

En todo caso, si es por el carácter trascendente que el aparato mediático opositor le adjudica a la tal masividad automovilística de protesta cuando no transcurrieron ni nueve meses de gobierno, es pedagogía pura reproducir la recorrida que hizo Mario Wainfeld en su artículo del martes pasado en este diario (“Gente de PRO y gente ejemplar”).

Sin coronavirus, sin deuda externa exorbitante, con un peronismo dividido mucho más que Juntos por el Cambio hoy en día, la gestión macrista parecía arrasar en los primeros meses de 2016 y, recuerda Wainfeld, demasiados dirigentes justicialistas le hacían de claque o de compañeros de ruta. Sin embargo o por eso, indica asimismo, la movida callejera comenzaba a enfrentar a Macri (y los medios macristas hicieron que no existió).

Se memora, entonces, aquel categórico acto del 24 de marzo de 2016, confrontativo con un gobierno negacionista y enemigo de los movimientos de Derechos Humanos. Días después, cuando Claudio Bonadio ya había desatado su cacería contra CFK, ocurrió esa masa impresionante congregada alrededor de Comodoro Py en medio de una lluvia torrencial. En el mismo abril, siguió la concentración de CGT, ambas CTA y organizaciones sociales, nutriendo el camino de “unidad en la acción”. Y también en esos meses: “los vecinos” activados, en diferentes barrios, debutantes muchos de ellos en la revuelta callejera, contra los tarifazos que se tradujeron en amparos y con La Corte Suprema debiendo poner coto a los aumentos.

Este registro enunciado por Wainfeld, pleno de objetividad descriptiva, no resiste opuesto alguno de regir decoro político.

Si el periodismo “independiente” (¿de qué?) tuviera la honestidad de medir con armas idénticas --o siquiera similares-- lo ocurrido en las calles tras las asunciones de Macri y Fernández, en verdad acaeció un 17-A muy pobre.

Por algo habrá sido que, entre la envalentonada propaganda contrincante, no hubo tomas aéreas destacadas en ninguno de los sitios digitales ni en los diarios de papel del día siguiente.

¿Fallaron los drones, justo cuando supuesta o manijeadamente tenían un penal sin arquero?

Chicanas aparte, algo que sí pudo ser no tan previsible es la potenciación del delirio. En términos porno.

Los medios que comandan con exclusividad el discurso opositor, a falta de toda referencia que apenas supiera acercarse a ser alternativa contra la alianza Fernández, incurrieron en títulos, artículos, pronósticos y advertencias dignos de provocar cierto asombro (aun para quienes se consideran experimentados y prevenidos sobre la violencia de derechas).

¿Tendrá “Cristina” un plan B contra la inoperancia de “Alberto”? ¿Cómo siguen el desconcierto y la parálisis oficial tras el mazazo del lunes? ¿Qué se hace contra la desesperación del Gobierno?

Es textual o literal, en torno de lo que vomita el tríptico Clarín/La Nación/Infobae.

Con o contra eso, el significativo segmento politizado y/o ejecutivo que se enfrenta a la maquinaria de Poder desde su acuerdo esencial en la defensa global del Gobierno puede concretar tres acciones ensamblables.

Unos se prenden en responder palo por palo (algunos funcionarios, medios, comunicadores y foristas deben continuar haciéndolo, porque ciertos “extremos” son necesarios para afirmar el núcleo duro que, como respecto de Cristina, es igual de necesario que de insuficiente)

Otros se dedican a ignorar provocaciones, para transmitir mejor las realizaciones.

Y, ante todo, se puede confluir en plantar un horizonte que dé confianza y expectativa mínima o crecientemente favorable, con centro en los sectores de clase media que determinan el humor comunicado y amenazante.

No sería el plan específico del tipo planilla Excel que exige la derecha.

Pero sí la seguridad de que hay un rumbo calculado y convincente, tanto en las grandes elocuencias discursivas como en aspectos y medidas que lo ratifiquen.

El Gobierno demostró que tiene méritos para defenderse en un contexto pandémico que lo tomó a tres meses de asumido, y sin posibilidades morales de disputar la calle nada menos que durante un comando peronista.

Será comprensible la repugnancia porque unos ruidosos ganan espacio público, montados en sus tips de aborrecimiento tilingo.

Está bien preguntar dónde les quedó que son solamente piquetes, choriplaneros y negrada conducida a la fuerza en micros de las intendencias del conurbano los que se manifiestan por ahí, a despecho de los ciudadanos honorables que pagan sus impuestos.

También, interrogar en cuál lugar les cabe salir a expresarse a riesgo contagioso sin que autoritarismo alguno ose tocarles un pelo.

Sin embargo, vivificar (o mortificarse) con ese apunte es meramente contestatario.

La batería de medidas aumentadas para custodiar a desprotegidos, desbarrancados y temerosos será lo que disuelva no al odio, sino al alcance de los odiadores.

Finalmente, porque de lo contrario y para reiterar hasta cansarse gana la depre política y con depresión o resentimiento no hay construcción posible: no perder de vista que los expuestos como muchos son muchísimo menos que lo vendido.

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