He aquí un dibujo, muy impreciso, de Odradek. Más adelante intentaremos saber quién o qué es. Por ahora basta su descripción: un carrete con forma de estrella plana, con un palito, en torno del cual se enredan largos hilos de toda clase en una maraña initeligible. 

¿Cómo lo fabricaríamos? Como cualquier otra cosa. Lancemos algunas hipótesis de materiales y de procesos.

Tijeras, pegamento, cincel, aguja, hilo, clavos, hilos.

Cortar, pegar, desplazar, condensar, deslizar, estirar, proyectar, coser, ensamblar, destilar, horadar, amarrar, acercarse o alejarse.

Son cosas que hacemos, aparentemente, solamente con las manos. Pero con este conjunto de palabras queremos expresar algo más: una condición. Esta condición la bordearíamos con más palabras: gozne, hiato, falta, juego, distancia. Estas últimas palabras nos sirven para bordear eso que hemos llamado una condición, la condición humana. La condición humana produce Odradeks. ¿A qué nos referimos? A eso que llamamos experiencia, por poner un nombre al conjunto de todo aquello con lo que nos relacionamos (sea pensado, dicho, intuido, imaginado, etc.) y al espacio o espacios donde se anudan innumerables hilos. Ellos poseen continuidad, pero no hacen totalidad. Es decir: todo aquello con lo que nos relacionamos está, de algún modo, interconectado entre sí, pero no tiene una figura más digna que ese carrete de retazos de hilo. Es una retahíla, en el sentido etimológico del término: una serie interminable de hilos, es decir, de hilos conductores, filiaciones, desfiles y perfiles. No olvidemos a las Moiras, diosas del destino, que tejen sus hilos. Ni a Ariadna, tan inocente, extendiendo un hilo por el laberinto del minotauro. Ni a Penélope, que teje y desteje para hacer tiempo, en todos los sentidos del término. Lacan también habla de tejes y manejes, de esa técnica llamada punto de almohadillado por la que las palabras se cosen y enhebran, “hacia atrás” las fibras del pasado. Husserl habla de un trenzado de los hilos del tiempo: presente pasado y futuro, creando el tejido de la vida de la conciencia. Telares, fibrados, nudos. Pero hay que decirlo, esta interconexión de hilos no tiene regla última de conexión, es decir, no hay una regla de articulación mínima, ni una gran regla de unidad máxima o totalidad. Por eso el pobre Odradek, un trozo de nada, una maraña, un mero enredo. Aquí trozos de una caricatura de Quino para expresar nuestra relación con esos nudos. 

Pongamos un ejemplo: no poseemos las últimas piezas del lego con las cuales poder armar libremente las creaciones de nuestra imaginación. Tampoco tenemos un último modelo para saber qué armar, sea un barco o un bote de basura. Ni tampoco tenemos un único modo de ensamblar las piezas. Hiato, juego, falta. Estas palabras pretenden dirigir la mirada a una situación: que hay más de un modo de armar las piezas, pero también y, sobre todo, que tenemos diferentes tipos de piezas y, si se quiere, diferentes tipos de juegos: lego, meccano, tente, rompecabezas. Todos para armar, todos con distintas reglas, todos en sentido diferente. Pero de algún modo, nos las arreglamos (mal) para articular (temporalmente) lo incompatible. Para jugar en varios tableros al mismo tiempo tal que pasamos de uno a otro sin darnos cuenta. Porque hay reglas, y modelos y procedimientos para jugar y, por tanto, para ordenar los pensamientos, para clasificar las memorias, para secuenciar los eventos del pasado. El problema no es que nos falten reglas. Por el contrario, ellas abundan, a tal grado, que terminan chocando unas con otras. Hiato es el nombre que ponemos a la imposibilidad de embonar todas las piezas y, sobre todo, los tableros de juego, teniendo que aceptar largos agujeros, piezas faltantes y remaches entre bordes que no cuadran. Llamamos “falta” no a la condición por la cual realmente nos falte algo positivo que hallamos perdido, o porque algo así como el lenguaje nos prohibiría regresar al mundo anterior a éste, a ese universo de sensaciones corporales, sino al desajuste de tableros. 

Hablamos de distancia para expresar la posibilidad de alejarnos de las cosas. Si estuviéramos pegados a ellas, seríamos una cosa más. Sujeto es lo que no es cosa, lo que está ya separado de ellas y de sí mismo. Surge del hecho de poder distanciarse y, así, referirse (oblicuamente) a sí mismo. Pero se distancia de las cosas dentro de un vínculo con ellas. Porque si se aleja de ellas demasiado, las pierde y con ello se abisma en el agujero del delirio. Si se acerca demasiado, se convierte en cosa por mímesis. Si estamos muy lejos del “otro”, tanto que no nos estorba, no nos incomoda, no nos interpela, entonces no es nadie y por tanto, no cuenta como otro. Pues el otro, por paradójico que pueda parecer, es el que, sin poder ser nunca yo mismo, podría ser yo, podría ocupar mi lugar, desplazarme, quitarme mi lugar, ser reconocido más que yo, etc. Por ello, la cercanía del otro quema, arde. Pero demasiada cercanía devora y termina por calcinar la distancia mínima que permite decir que hay “uno y otro”, “tú, yo, él”. Esto es lo que hemos llamado lo humano: la capacidad de disociar y reensamblar todo lo inmediato. O bien: que para nosotros lo inmediato es también ya siempre mediato. Por eso la vida se termina viendo como Odradek, un enredo. Claro, no es que todo pueda ser cortado, divido, separado. Cada cosa, cada ámbito, cada contexto admite sus procedimientos e instrumentos. No todo se deja cortar, estirar o pegar. Cada material admite o rechaza desde su distancia, las violencias que podemos ejercer sobre él. En este juego es posible que las palabras se vacíen de contenido. Existen pensamientos vacíos. Hay intuiciones ciegas. Existe el yerro. Hay frases sin sentido. Las cosas se pueden malograr. Hay muerte, locura, error. Eso significa que hay vacío. No es que las palabras deban coincidir con las cosas, o las palabras con las palabras, sino que una palabra reenvía a una cosa, que reenvía a una memoria, que reenvía a una expectativa…

Porque podemos recortar, desplazar, pegar, proyectar, es que nos excitamos con un zapato, nos enamoramos de una sombra, vemos a nuestra tía en la maestra de piano, el huevo de la mañana nos parece un fragmento de la Sierra Norte y el benceno se muerde la cola como una serpiente. Todo elemento aparentemente individual y definido puede someterse a un procedimiento alquímico de síntesis, lisis o transformación. Pero quizá lo más sorprendente sea la modificación del espacio y del tiempo. Un hecho pasado puede flotar como si fuera eternamente presente. El futuro puede lanzar su rayo fulgurante dirigido al pasado, haciendo del presente un mero tránsito. Los tiempos se elongan o se acortan, se componen historias continuas con elementos temporalmente no contiguos. El espacio, por su parte, se puede concentrar hasta la angustia o expandirse hasta la psicótica infinitud. El espacio tiende asintóticamente al punto de nuestra satisfacción o cobra la forma de una esfera que recorremos ilimitadamente, sin tocar su borde. Un tiempo se proyecta en otro tiempo, un espacio se continúa o se interrumpe en otro espacio. Los espacios imponen ritmos y los tiempos poseen su espacialidad, su sonoridad, si queremos. Es así también que las escenas de la vida se encabalgan, que los contextos se pellizcan los bordes entre sí.  En la pared de la escuela se proyecta la película de una guerra acontecida hace 100 años. Los desordenados espaguetis atentan contra el principio de orden que tan bien se logra en la página de Excel del trabajo. Y yo regreso a revisar si he apagado la estufa porque me han despedido en el trabajo. Esto es lo absoluto en su sentido etimológico. Lo ab-solutum, lo absuelto, es decir, lo liberado de su sitio de origen, de su suelo primero, de las relaciones que lo vieron nacer. El orden temporal no gobierna en nada el orden del ser: en el espacio y en el tiempo todo se redistribuye, se amasa y se recombina.

Es lo que el psicoanálisis ha llamado inconsciente y que nos presenta la alquimia de los materiales humanos. Hay palabras que, colocadas en el sitio preciso, pasan del plomo al oro. O al revés. Hay también imágenes sulfúricas. O materiales inertes. Y hay todo tipo de correspondencias que no toleran el rigor científico, pero que son materia prima de la fábrica inconsciente. Claro, a veces es fábrica, a veces computadora, a veces taller. El inconsciente no es ajeno al régimen de producción imperante. Pero no por ello quedan invalidados todos los otros procesos, los otros modos de producir. Por ejemplo, seguimos operando artesanalmente cuando deliramos con la imagen, cuando hacemos de nuestra vida una pintura que superpone los tiempos, que mezcla los personajes, que hace un fuego cruzado de miradas. El taller se suma a la fábrica, que se suma a la computadora. 

En los enredos crecen los deseos. Por tanto, no deseamos un objeto existente. Llamamos objeto de deseo al producto-efecto relativamente duradero, pero siempre cambiante (lo llamaríamos dinámicamente estable) de los recortes, las proyecciones, los estiramientos y las condensaciones. El objeto que causa nuestro deseo, y que Lacan ha llamado “pequeño objeto a”, es eso. Es ello. Volvemos a Odradek y ahora comprendemos su importancia. Él ilustra el objeto que causa nuestro deseo, ese ente fantástico del cuento de Kafka Las preocupaciones de un padre de familia. Aquí una larga cita (que, pese a todo, no lo será lo suficiente, pues en ese breve relato no hay palabra que sobre): 

 “Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser (Wesen) llamado Odradek. […] Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados (aneinandergeknotete) o apelmazados (ineinanderverfilzte) entre sí. […]  Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura con algún fin (zweckmäßig) y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo (sinnlos), parece completo a su modo (in seiner Art abgeschlossen). Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar. Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. […] -¿Cómo te llamas? -le pregunto.-Odradek -me contesta. -¿Y dónde vives? -Domicilio indeterminado -dice y se ríe. […] A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho. En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón de ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.” 

Es la preocupación (Sorge) del padre de familia (Hausvater), del orden. No porque no haya orden, sino porque hay órdenes, en plural, y un tranvía llamado deseo que empuja a juntar lo que no tiene nada en común. Empuja a desgarrar lo unido y a sostener lado a lado, con un gasto desproporcionado de fuerzas, lo que no parece destinado a colindar. Esta necedad, surgida de un fuego cruzado de deseos, produce las construcciones más sorprendentes y la estupidez más recalcitrante. Al mismo tiempo, desde luego. 

¿Pero qué quieres? ¿Qué queremos? Eso. Ello. ¿A Odradek? Decimos querer esto: que finalmente confiese. Que responda. Que dé cuenta de sí. Pero las cosas suceden al revés. Queremos el enredo. Odradek es el motivo de que deseemos preguntarnos cualquier cosa, incluso sobre él. Aristóteles dice en su Metafísica: los humanos desean saber por naturaleza. Freud nos dice: el inconsciente es aquello de lo que nadie quiere saber. Odradek entonces vive entre ambos impulsos: entre el saber y el no-saber. Saber para no-saber. Dejar de saber para saber algo.

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