Mientras algunas zonas de Estados Unidos han comenzado a reabrir con cautela tras meses de un cierre casi total, muchas personas han empezado a plantearse preguntas como: ¿será seguro tomar un tren? ¿Un avión? ¿Ir la peluquería? ¿Ir a un restaurante sin mesas al aire libre?

Hay muchos parámetros en la ecuación que conoces: tu salud, la prevalencia de casos en el lugar donde vives, las medidas de seguridad que se toman en los lugares que quieres visitar. Pero la respuesta final podría depender de tu tolerancia personal al riesgo de exposición a enfermedades infecciosas.

La mayoría de los estadounidenses vivos en la actualidad nunca habían tenido que hacer esa autoevaluación.

En el pasado, los brotes mortales de peste bubónica, influenza y polio eran acontecimientos habituales. Hasta mediados y casi finales del siglo XX también lidiábamos con el sarampión, las paperas y la varicela.

En un mundo de antibióticos y antivirales eficaces y otros tratamientos, las muertes o incluso las enfermedades graves por enfermedades infecciosas parecen casi incomprensibles. Por eso nuestro miedo es enorme y nuestra tolerancia al riesgo de exposición es casi nula.

Con regularidad escucho a demasiadas personas decir “no voy a regresar a mi vida normal hasta que haya una vacuna”, como si eso fuera a eliminar el riesgo de inmediato. No será así. Incluso si una de las actuales vacunas candidatas funciona, podría pasar bastante tiempo antes de que esté al alcance de todos. Además, para lograr la aprobación de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA por su sigla en inglés), tiene que proteger a la mitad de las personas que la tomen de contraer la infección. 

En el futuro próximo, viviremos en un mundo con algún nivel de coronavirus rondando por ahí. Así que, si queremos salir de nuestros refugios, todos tendremos que examinar nuestra tolerancia al riesgo.

Siendo médica, trabajé en una sala de urgencias de la ciudad de Nueva York y en una clínica costera remota en Kenia. Luego me dediqué como periodista a cubrir el tema de las enfermedades. He tenido que medir mi tolerancia al riesgo de infección en diferentes situaciones.

Una vez, mientras le extraía sangre a un paciente con sida, no lograba sentir su arteria con el guante puesto. Así que me lo quité.

En una ocasión que atendía a un paciente con tuberculosis multirresistente, ajusté un poco más mi mascarilla quirúrgica, me aseguré de que las ventanas estuvieran abiertas y, de forma irracional, intenté inhalar menos aire.

Cuando realicé un reportaje desde el mercado de animales donde se cree que empezó el brote de SRAG, me decía a mí misma que no corría peligro porque me encontraba al aire libre. Sin embargo, me mantuve lejos de los animales que estaban siendo sacrificados, no toqué ninguna superficie y me quité los zapatos antes de entrar a la habitación del hotel.

Debo decir que estas decisiones no significan que haya ignorado los datos ni las recomendaciones de los especialistas en enfermedades infecciosas, como algunas personas de la derecha están haciendo al impulsar la reapertura de colegios, negocios, restaurantes y eventos deportivos.

De hecho, es lo contrario: aceptar el riesgo no significa dejar la cautela a un lado. Significa tomar todas las precauciones y decidir que puedes vivir con los riesgos reducidos que quedan.

Con el coronavirus, la única manera de eliminar todo el riesgo es, en esencia, mudarse a una casa en el campo y vivir en una burbuja familiar. Varios estadounidenses, en particular los de altos recursos económicos, han hecho eso. Esa respuesta personal fue extrema, pero muchas personas la sintieron racional debido a nuestra dispersa, improvisada e incompetente respuesta nacional al coronavirus.

Sin embargo, el aislamiento está empezando a ser desgastante.

Así que, mientras los estados y ciudades diseñan políticas sensatas de reapertura, todos vamos a tener que determinar nuestra tolerancia al riesgo y, con cautela, ampliar poco a poco nuestros límites personales.

Algunas personas, por supuesto, nunca tuvieron la oportunidad de tomar esa decisión. La tolerancia al riesgo está relacionada con la conciencia y la responsabilidad, pero, en muchas ocasiones, también se trata de cuánto se necesita salir a ganarse la vida.

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Los médicos, enfermeros y otras personas que trabajan en el sistema de salud no tuvieron otra opción más que lanzarse al agua. Esas personas no entraron en la profesión, como muchos han asegurado, “conociendo los riesgos”. Llegaron a trabajar sabiendo que el riesgo de contraer enfermedades infecciosas podía ser controlado con medidas de precaución. Es por eso que se sintieron traicionados y enfurecidos cuando se les pidió que combatieran al nuevo coronavirus sin un suministro adecuado de equipo de protección o (en algunos casos) sin capacitación sobre el nuevo patógeno. Trágicamente, algunos murieron en consecuencia.

En la actualidad, muchos médicos que conozco trabajan en zonas de alto riesgo de COVID-19 y afirman que, de hecho, se sienten más seguros en el hospital, donde los procedimientos como el uso de cubrebocas y la desinfección se cumplen con diligencia (no hay peor furia que la de un cirujano que descubre a un estudiante de medicina tocando una superficie esterilizada con las manos sucias). En contraste, en las aceras, el coronavirus podría estar paseando libremente si las personas no utilizan cubrebocas.

Por esa razón, el uso de tapabocas debería ser obligatorio y debería castigarse a quien no lo cumpla. No solo se trata de tu tolerancia individual al riesgo, sino de mantener a salvo a todos.

Además de utilizar mascarillas y mantener el distanciamiento social cuando no estemos en casa, debemos evitar pasar mucho tiempo en espacios cerrados con extraños o multitudes, lavarnos o desinfectarnos las manos con mucha frecuencia e intentar no tocar superficies de “alto contacto” que cientos de personas han tocado antes que tú (nota para mi oficina de correos local: ¡deberían tener algún tipo de puerta automática en vez de pedirle a todo el mundo que tire de la manija!).

Debemos solicitar a todos los lugares a los que vayamos —librerías, consultorios médicos, trenes o salones de belleza— que les exijan a los clientes seguir estos lineamientos. Yo, por mi parte, no entraré a esos sitios si no lo hacen.

No culpo a los profesores por no querer regresar a clases en lugares donde los administradores y las autoridades locales han estado en negación respecto a la COVID-19 o no han querido (o podido) realizar este trabajo preliminar. Pero cuando los colegios hayan establecido medidas apropiadas y basadas en la ciencia, la mayoría del personal docente (menos los que están en grupos de alto riesgo) debería regresar a sus trabajos.

La COVID-19 es una enfermedad muy grave, pero no es la peste negra, la cual mató a casi la mitad de Europa en el siglo XIV. Una vacuna, cuando llegue (si es que llega), será de gran ayuda. Sin embargo, por ahora, contamos con la ciencia. Sabemos qué causa la COVID-19. Cada día aprendemos más sobre cómo detectarlo, prevenirlo y tratarlo.

Así que, en vez de medir tu temperatura y observar la lectura de tu oxímetro de pulso dos veces al día, podría haber llegado el momento de determinar tu tolerancia al riesgo. En aquellos lugares donde los gobiernos, los negocios y los administradores han creado las condiciones apropiadas, podemos, con precauciones razonables, empezar a retomar nuestras vidas.

Elisabeth Rosenthal trabajó como doctora de urgencias antes de convertirse en periodista. Ex corresponsal de The New York Times, es la autora de An American Sickness: How Healthcare Became Big Business and How You Can Take It Back y editora en jefe de Kaiser Health News. @RosenthalHealth

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