Donald Trump debe estar dolido, en el fondo de su alma de hombre del mundo del espectáculo, porque no pudo llevar a cabo su convención. El discutible clímax de su presidencia, el arrogante informe del Estado de la Unión que precedió al coronavirus, llevó a otro nivel el vínculo entre el discurso y la telerrealidad: ¡la reunión de una familia militar! ¡El otorgamiento de una Medalla Presidencial de la Libertad! Solo podemos imaginar qué descarados trucos, qué montaje digno de la WWE habría organizado Trump si la convención se hubiese realizado durante una época más normal.

Por desgracia, solo cuenta con cuatro días de discursos transmitidos por internet, la ausencia de las multitudes que lo vitorean se ha vuelto la prueba evidente del fracaso de su gobierno ante la crisis del coronavirus. Además, para los miembros de su partido que en silencio anhelan su caída o que se sienten en camino al estado en el que se encontraban antes de Trump, la convención menoscabada inevitablemente les parece un suceso esperanzador: en lugar de ser una muestra del poder de Trump, será una semana que funcionará como un indicador de su debilitamiento.

Sin embargo, esa esperanza es errónea. Trump aún podría ganar la reelección y su convención es irrelevante para un segundo periodo que depende, en su mayor parte, de lo que suceda con la pandemia desde este momento hasta el día de las elecciones. Sin embargo, aunque pierda, su dominio del Partido Republicano probablemente disminuirá lentamente, si acaso. Sus aliados y aduladores tendrán muchas razones para mantenerse de su lado durante el exilio. Sus enemigos y amigos-enemigos en los medios de comunicación seguirán promoviéndolo por el bien de los índices de audiencia y la atención. Trump buscará los reflectores de manera tan asidua como siempre lo ha hecho.

Nadie olvidará así como así que el trumpismo ha revelado lo que es posible en la política estadounidense, lo que los republicanos aceptarán y por lo que votarán, lo que el conservadurismo puede admitir. Eso podría pasar a la clandestinidad durante un tiempo, en caso de que haya una restauración temporal de la política republicana tradicional bajo la presidencia de Joe Biden. No obstante, seguirán vigentes las mismas lecciones y las verdades que se han expuesto no podrán ignorarse. Cualquier futuro candidato republicano que busque u ocupe la presidencia habrá aprendido algo de los años del gobierno de Donald Trump.

Lo que aprendan hará toda la diferencia. A continuación, exponemos tres maneras distintas en que el Partido Republicano podría seguir siendo el partido de Trump mucho tiempo después de que haya dejado la presidencia.

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Credit...Ilustración por Doug Chayka; fotografías de Getty Images

Primero, el trumpismo podría volverse una agenda ideológica, una auténtica política alternativa tanto del liberalismo de izquierda como del reaganismo zombi que ofrecían los republicanos antes de la llegada de Trump.

En este contexto, los sucesores de Trump aprenderían dos lecciones de su ascenso. Primero, que los electores republicanos no necesariamente están casados con remedios ideológicos acerca del gobierno limitado, así que un político podría tener éxito en las primarias republicanas contendiendo, como lo hizo Trump, en contra de la ortodoxia conservadora. En segundo lugar, aprenderían que los fracasos constantes de la postura de la élite en el centro generan una necesidad práctica a favor de una agenda política que sea populista en el mejor de los sentidos: defendería y reconstruiría un Estados Unidos en ruinas que existe afuera de las metrópolis costeras, los centros tecnológicos y las ciudades universitarias.

Esta agenda comenzaría con ideas que Trump planteó en sus campañas en 2016 y que después abandonó o solo buscó a medias: no solo se trata del gasto en infraestructura, sino también de una política industrial autoconsciente que busca traer de regreso las capacidades y empleos que Estados Unidos ha perdido ante Asia. Seguiría su retórica en vez de sus prácticas legales y harían las paces con el seguro médico universal. Retomaría las partes más populistas de su proyecto de ley fiscal y las mejoraría, al encontrar maneras de transferir las ventajas fiscales a las familias de clase trabajadora para después alejarlas de los rentistas estados demócratas. Sus palabras clave serían “trabajo y familia” en vez de “tú lo construiste”, con verdadero apoyo para los asalariados y las personas que crían niños, en vez de un sentimiento difuso sobre los emprendedores. 

Respecto de la política exterior, seguiría la postura pública de Trump hacia el enfrentamiento con China en vez de imitar sus gestos de apaciguamiento en materia de negociación comercial. Seguiría sus instintos y se retiraría de Afganistán (en caso de que Biden ya no lo hubiera hecho para ese entonces) y abandonaría la obsesión con el cambio de régimen en Irán. No habría una gran cruzada a favor de la democracia: en cambio, habría alianzas de interés (Incluyendo a Rusia, claro) con el fin de contener a Pekín.

Finalmente, este tipo de trumpismo futuro desplazaría el terreno de la guerra cultural, con incursiones más fuertes para lograr el voto de los electores minoritarios que se inclinan hacia el conservadurismo (una estrategia usada por Trump cuando no está atacando verbalmente a los miembros de un grupo racial) y una agenda agresiva para transformar las universidades, mediante el uso del poder del dinero y la retórica de la diversidad ideológica.

En caso de tener éxito, esta estrategia podría ayudar a que el Partido Republicano escape de su actual trampa demográfica y vuelva a tener mayorías como un partido de la clase media panétnica, no solo un electorado menguante —y envejecido— de raza blanca.

Pero solo porque algo tiene sentido político no significa que ocurrirá. Y si hemos aprendido algo a lo largo de casi 20 años desde que Ruy Teixeira y John Judis profetizaron una mayoría demócrata emergente basada en el cambio demográfico, es que la combinación de un Partido Demócrata que sigue dirigiéndose a la izquierda y un Partido Republicano con fuerza en los estados rurales —y, por lo tanto, en el Colegio Electoral y el Senado— puede hacer que el Partido Republicano siga siendo competitivo aunque realmente no obtenga mayorías.

Si unimos esa realidad electoral con las tendencias antidemocráticas de Trump —su obsesión con el fraude electoral a costa de los derechos electorales, su autoritarismo en Twitter—, podemos imaginar otra manera en la que el Partido Republicano siga siendo el partido de Trump después de que haya dejado la presidencia. En vez de desarrollar su populismo para construir una nueva mayoría, podría desarrollar su antimayoritarismo con el fin de dar soporte a su propio poder incluso bajo el eclipse demográfico.

Este tipo de evolución comenzaría con la oposición a las iniciativas demócratas para admitir nuevos estados (y nuevos senadores), añadir jueces adicionales a la Corte Suprema o expandir el registro automático de votantes y los votos tempranos. Sin embargo, los republicanos también podrían montar una contraofensiva para asegurar sus ventajas actuales: expandir las leyes de identificación de electores y volverlas más estrictas, ejercer presión a favor de la distribución en la Cámara de Representantes para excluir a quienes no son ciudadanos e incluso tratar de establecer sistemas similares al Colegio Electoral en elecciones legislativas en estados con tendencia de izquierda.

Se puede ver un círculo vicioso en este punto, donde la resistencia de un Partido Republicano contramayoritario deslegitima aún más el sistema a ojos de los demócratas, quienes en respuesta se vuelven más radicales, llevándonos hacia algún punto de quiebre que es mucho más serio que la guerra de este mes con motivo del servicio postal. 

He pasado gran parte de la era de Trump argumentando que es demasiado irresponsable e incompetente, demasiado acusica y cobarde, para representar una amenaza autoritaria por sí mismo. Sin embargo, aunque haya límites en el apoyo que le ofrece el partido —observemos el veloz repudio en torno a su especulación acerca de posponer las elecciones— de manera clara ha acostumbrado a muchos de sus simpatizantes a un estilo de “caudillo”, una política de animosidad, una idea de que transferirles el poder a los demócratas es sinónimo de permitir que los terroristas suicidas se apoderen del avión.

Por eso, no es fantasioso imaginar a un sucesor republicano que mantenga el estilo autoritario pero que se deshaga de la imprudencia. Si ese tipo de personaje queda a cargo de un partido organizado en torno a un poder de retención sin el apoyo de la mayoría, y lo enfrentamos a un Partido Demócrata que alimenta fantasías de una “revolución de color” en Estados Unidos —en la que las manifestaciones masivas e incluso la intervención militar expulsa a un gobierno de derecha—, podríamos tener una crisis constitucional en poco tiempo, además de un legado trumpiano que sea muy oscuro, en efecto.

Sin embargo, existe una última posibilidad de vida, más allá de la presidencia, para la era de Trump, en la que resulta que la esencia del fenómeno de Trump no es el populismo ni el autoritarismo, sino una suerte de actuación —todas tonterías escénicas, ilusiones de noticias de televisión por cable, humaredas y espejismos en internet— que en sí podría ser permanentemente atractiva como estilo de gobierno de derecha.

Los gestos presidenciales siempre han importado, pero Trump ha demostrado que se puede mantener unida una coalición política aunque esos gestos sean básicamente ilusorios. Puedes emitir órdenes ejecutivas al parecer arrasadoras que no llevan a cabo lo que afirmas; también puedes quedarte con el crédito de políticas reales que anteceden a tu gobierno y fingir otras que jamás ocurren; además de librar guerras culturales que se tratan de asuntos simbólicos en vez de cualquier cosa tan real como el matrimonio o el aborto.

Este estilo quizá sea especialmente atractivo para los conservadores, que han llegado a un punto de marginalización cultural donde el tipo de victoria que buscan es mucho más fácil de invocar en la realidad virtual. Ese es el objetivo de ciertos tipos de infoentretenimiento de derecha, y en efecto lo es de QAnon, que como lo ha señalado Matthew Walther de The Week, existe precisamente para inventar “victorias inexistentes” para la derecha:

“Trump no ha remplazado la Ley de Atención Médica Asequible ni ha rescatado millones de buenos empleos de manufactura ni ha restablecido nuestra relación comercial con China. Es verdad. Pero nadie espera milagros, después de todo. Además, ¿acaso no ha trabajado incansablemente, aunque de manera invisible, para acabar con la corrupción, exponer los complots siniestros de las camarillas ocultas detrás del Partido Demócrata, para eliminar a los pedófilos antropofágicos que se encuentran en los más altos niveles de la burocracia federal? ¿Acaso no nos ha demostrado que se preocupa por nosotros al lograr estas cosas sin que nadie se lo agradezca, en medio de la persecución de sus enemigos de la élite de los medios liberales? Sin importar cuáles creencias tengan los simpatizantes de Trump acerca de los hechos reales de la supuesta conspiración, la base esencial de QAnon —que Trump resulta victorioso en su nombre por el simple hecho de existir y estar en la presidencia— es una representación precisa de lo que sienten por él”.

Por lo tanto, QAnon es la versión apasionada de un futuro en el que el Partido Republicano no adopta un populismo rico en políticas ni cae en un autoritarismo que amenace a la Constitución. En cambio, la lección que podrían aprender los republicanos de la era de Trump es que, mientras gran parte del país tema un liberalismo que se apegue cada vez más a la izquierda, los republicanos pueden ganar su parte de elecciones tan solo con la promesa de no ser demócratas, de limitar la hegemonía liberal “simplemente existiendo”.

Y para los electores republicanos que quieren más, pues, para ellos simplemente puedes inventar algunos triunfos, ya sean banales (¡una nueva orden ejecutiva en materia de redes sociales!) o exóticos (¡una purga secreta de pedófilos!), y anunciarlos como victorias dignas de Reagan, Lincoln o Franklin D. Roosevelt.

En ese caso, Trump podría ser una suerte de pionero, y el partido que transformó podría ser una novedad de la era digital: el primer partido político en existir completamente como una simulación.

Ross Douthat ha sido columnista de Opinión del Times desde 2009. Es autor de varios libros, el más reciente, The Decadent Society. @DouthatNYT | Facebook

 
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