Quizás uno de los ejes más convenientes para abordar la inédita experiencia que hoy estamos atravesando sean las diferentes formas en que se presenta la alteridad. Tomemos el tiempo, por ejemplo. Eso que se da en llamar el tiempo subjetivo --un rumiar que corre muy diferente del que marcan las agujas del reloj--, hoy se escapa de toda estadística, información, dato duro o como quiera llamarse a la “realidad objetiva”: ésa, que como bien sabemos, puede ser cualquier cosa menos objetiva. Es que el contraste entre el tedio, el aburrimiento, el vacío de las horas que pasan sin que se les pueda encontrar utilidad o tarea alguna contrasta con el vértigo que impone el avance de la pandemia en nuestras cabezas. Una avalancha de posibilidades, por lo general nefastas, que nuestra imaginación --puesta de rodillas ante el miedo o el terror-- produce de manera vertiginosa y que nos deja... alterados. Al respecto, muchos comparan el confinamiento al que la cuarentena obliga con la experiencia de los astronautas en sus vuelos espaciales. Bien podríamos decir que en nuestro caso la nave es la imaginación viajando a la velocidad del rayo mientras nuestros cuerpos se inmovilizan en pequeños receptáculos a los que se los suele llamar hogares. El hogar se ensancha sin embargo cuando aparecen las palabras, sobre todo aquellas que se animan a sacarse la escafandra para así decir algo. Es que uno de los más sorprendentes hallazgos en estos días tan particulares es darnos por enterados de la cuarentena a la que estábamos sujetos antes del virus y la pandemia: ésa impuesta por el Otro vértigo, el de producir, correr, estar, jamás hacer falta.

Una experiencia: el Otro cuerpo

 

Por ejemplo, desde que comenzó la cuarentena han emergido los sonidos de mi hogar: el ruido de un pájaro, los quejidos de la madera que se hincha por la humedad, el zumbar de alguna mosca, la gota de alguna canilla, los pasos de la gata, hasta el sonido del auto que pasa parece remoto, como si viniera de otro barrio o ciudad. No sé si es mejor o peor, poco importa de hecho. Digo que me sorprende. Me sorprenden los diferentes cuerpos que uno puede portar. El cuerpo apurado, apremiado, cuyos sonidos no van más allá del teclado de la compu, y este cuerpo, no sé si relajado pero... como atento, quizás a una finitud, porque lo que se vive es esto, lo que hay es este momento, la existencia está aquí, en este Otro cuerpo detrás del cuerpo. Este Otro cuerpo pasea por lugares diferentes, habita los espacios. Conoce sus habitantes. Descubre rincones. Ayer advertí que el bastón de mi madre me miraba entre dos robustos muebles. Tomé el bastón, caminé unos pasos, adopté la posición que ella solía emplear para transitar en su casa. Caminé con ella, solía estar orgullosa de su fuerza para vivir, para pelearla, ponerle el pecho a las adversidades. No sé usar un bastón. Hay que usar el Otro cuerpo, dejarse ayudar, aceptar que solo no se puede. Ayer conocí cosas de mi madre que no sabía, hablé con ella, creo. Estaba ocupada, en otra cosa, fueron instantes.

Creo que estaba cansada de esos papeles y cosas viejas que guardo sin saber para qué. Me pidió que la dejara ir, que necesita estar más liviana, que está en otra cosa. Y si, es cierto, para estar con el Otro cuerpo hay que estar liviano, casi vacío, en cuarentena. Es que habitar los rincones del hogar te hace extranjero, de visita, dispuesto a dejarte tomar por una suerte de novedad que tiene su propio idioma, su propio tiempo. Costumbres muy singulares. Hay que entrar con sumo respeto, allí hay gente que está en lo suyo, nobles, dedicados. No pierden ni un segundo, están en cosas importantes, saben que no saben, por eso escuchan. Y así hablan, tejen historias remotas, lejanas, desde otro tiempo. Como esa vecina que yo nunca había visto antes de la cuarentena, pero que había escuchado a mi gata que se había perdido porque la había visto en el macetero que había en el escaloncito de madera que había en lo del vecino porque la había escuchado y que entonces había tocado para decirme que la había visto que se había perdido porque la había escuchado. Sí. Claro que esta persona que ahora me habla desde la vereda que da a mi ventana escucha. Escucha muchas cosas. De otra manera. Habita Otro espacio, Otro tiempo, Otro cuerpo. Tanto que no sé si la gata se perdió para que la vecina la escuchara. Tanto que no sé si en realidad el perdido era yo que nunca supe de los paseos de mi gata, de las ventanas, de la noche, ni de que mi madre está cansada de las cosas que guardo para no dejarla ir. Spinoza decía: “no he creído que erraba alguien a quien, hace poco, oí gritar que su patio volaba sobre la gallina del vecino, a saber, porque me parecía asaz claro su pensamiento (...) de manera que lo que creen ser errores y absurdos en el prójimo, no lo son”. Sí, hay otras maneras de percibir la existencia, otras maneras de escuchar y experimentar, y de estar atentos. Otra sensibilidad. Pero no se puede vivir sin la escafandra mucho tiempo. O sea que este momento de alteridad terminó cuando tomé nota de la hora para practicar mis ejercicios. Hay que cuidar el cuerpo. Convivir con diferentes demandas.

Cómo convivir con el Unomismo/a

Por ejemplo, la pandemia pone en primer plano los desafíos más básicos a los que la existencia nos enfrenta. Y no me refiero tanto a las denominadas necesidades básicas desde ya imprescindibles (comida, techo, educación, salud, etc.) sino en este caso a la convivencia con una entidad que nos acompaña las 24 horas del día: el Unomismo/a. De hecho, en el ámbito de la práctica psicoanalítica se suele trazar a grandes rasgos una división entre las problemáticas del Otro y aquellas propias del sujeto. Las primeras refieren, por ejemplo, el sufrimiento resultante del abandono, los enojos o el desprecio que el paciente relata respecto de su vida de efectiva y actualizada relación. En el segundo caso se trata de esa torturante murmuración que impide dormir, tomar decisiones, concentrarse en el trabajo, que alimenta pensamientos funestos, autoreproches, y otras tantas desgracias que las psique nos suele dedicar. Si bien es cierto que ambas presentaciones (aquellas referidas al Otro y al sujeto) remiten en definitiva al sujeto, en la vida “normal” las personas logran depositar en el semejante muchas de los sinsabores que en realidad no son más que reflejos de sus propios fantasmas. Sin que esto suponga desconocer las efectivas ofensas que el entorno nos pueda haber infligido, siempre hay un jefe, un padre/madre o pareja a quien atribuirle el origen de nuestras amarguras y así no darnos por anoticiados de la responsabilidad que nos cabe por nuestros reveses anímicos. Ocurre que en estos días de encierro a los que la cuarentena nos conmina, en muchos casos (por ejemplo: los que viven solxs) ese Otro pierde actualidad para dejar lugar a una identidad que el lenguaje ha dado en llamar: Unomismo/a. Un partenaire cuya primera cualidad consiste en parecerse muy poco a la persona. (¿Por qué justo a mí me tocó ser yo? --se preguntaba Felipito, el amigo de Mafalda para probar que cuando de develar las encrucijadas subjetivas se trata, nada mejor que un artista: Quino, en este caso). Ahora bien, ese Unomismo/a es un virus de cuidar. Por lo general se presenta como insatisfecho, mala onda, ortiva, irritable, es guacho: te empuja a hacer cosas que después te recrimina, te hace sentir culpable si te va bien, insignificante si te va mal. Tanto que muchas de las cosas que hacemos en nuestra vida están para no escuchar a este partenaire insaciable, demandante, capaz de vestir todo tipo de disfraces con tal de sumergirnos en el desasosiego. En psicoanálisis lo llamamos partenaire/síntoma y todo el trayecto de una experiencia terapéutica no consiste más que en afinar esta tan particular compañía, a punto tal que para Lacan un fin de análisis consiste en identificarse con el síntoma para así servirse de él. Es que el neurótico no hace más que pelearse con Unomismo/a: “Hablo a las paredes", decía Lacan al ilustrar el muro con que el lenguaje encierra al sujeto en la cárcel de sus fantasmas: una por demás cuestionable seguridad en compañía. De hecho, hoy que al atender por Skype tanto analizante como analista conviven con el propio rostro en un rincón de la pantalla, más de una vez he intervenido para decir: “¿Y, cómo anda mimismo/a?”. Lo cierto es que cuando un sujeto advierte que el principal desafío de la cuarentena reside en la relación con el Unomismo/a, se abre un interesante margen de maniobrabilidad; se disipa la nefasta amenaza de estar sujeto a los vaivenes de las noticias; de los agoreros; de los haters; de los caprichos del Otro y sobre todo del terrorismo del “¿Y si...?”: en cuyos puntos suspensivos entra cualquier absurda tontería: “ ¿Y si el tipo que estornudó estaba contagiado?”; “ ¿Y si la manija que toqué estaba infectada?”; “ ¿Y si me enfermo?”. Una suerte de deriva insensata cuyo empuje lleva al desánimo y la inacción y para la cual el corte de sesión suele ser un muy buen recurso.

A modo de conclusión

Se habla de que este tiempo puede ser una oportunidad, de que la pandemia cuestionó severamente el orden mundial, que quizás el estado recobre protagonismo en la vida de las naciones; que podríamos así lograr una convivencia más humana o, si se quiere, menos tonta y cruel; y varios etcéteras más. Pero si es verdad que “lo colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual", poco podremos avanzar sin dar un paso hacia cierto nivel de conciencia en lo común, esa experiencia de la alteridad que nos permita sacarnos la escafandra sin la necesidad de encerrarnos tanto. Para tan poco.

Sergio Zabalza es psicoanalista.

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