El pasado 5 de agosto, el presidente Donald Trump, al ser interpelado sobre la evolución de la pandemia en una rueda de prensa, declaraba: “Simplemente desaparecerá, las cosas desaparecen, estoy absolutamente seguro”. No era la primera vez que hacía una afirmación semejante. No en vano, The Washington Post ha publicado un vídeo en el que recopila las 27 ocasiones en las que Trump ha asegurado que el virus va a desvanecerse.

Se observa una curiosa evolución desde la primera hasta la última de estas intervenciones. Si el 10 de febrero el mandatario sostenía que el virus iba a extinguirse gracias al calor del verano, y el 6 de marzo se mostraba convencido de que iba a desaparecer “como un milagro”, el 17 de agosto aseveró: “Va a desaparecer, pero además vamos a tener vacunas muy pronto”.

Es común que se despachen las propuestas del presidente por considerarlas erráticas, nada raro si tenemos en cuenta que suele justificarlas con un simple “mucha gente piensa lo mismo” o “lo creo de veras”. Pero lo cierto es que su actitud supersticiosa ante la pandemia ha sido común en los últimos meses. Numerosos gobernantes de distinto signo han pasado de asegurar que el problema no era tan grave, o que iba a arreglarse por sí solo, a que pronto iba a haber una vacuna que supondría la solución definitiva.

El discurso ha echado raíces en la vida cotidiana, no hay conversación, con amigos, vecinos o familiares, en la que no se mencione la vacuna. Hace unos días, mi cartero se mostraba sorprendido de que no estuviera ya a la venta en las farmacias: “Cómo es posible”, se preguntaba. Cuando le sugerí que sintetizar una vacuna es un proceso que requiere de años de pruebas, me miró con incredulidad y luego sentenció: “En septiembre la tienen”.

La conversación con mi cartero me trajo a la mente la tesis de Langdon Winner en su libro La ballena y el reactor (Gedisa, 1987). Defendía el autor que nos habíamos adentrado en una “sociedad tecnopolita” caracterizada por el “sonambulismo tecnológico”: la ciencia y técnica estaban redefiniendo todos los aspectos de la vida, desde los más prácticos y evidentes hasta los más profundos, como las leyes o las consideraciones morales, pero este cambio se estaba dando, argumentaba, sin que fuéramos conscientes. Si un elemento tecnológico tenía la potencialidad de satisfacer algún tipo de función, se desarrollaba sin más, independientemente de sus implicaciones o de si era posible ofrecer una solución alternativa. Para ilustrar el problema, el autor norteamericano citaba numerosos ejemplos, quizá el más gráfico sea el de una sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos que exoneró a un hombre joven que era sistemáticamente arrestado por no hacer otra cosa que pasear de madrugada por las calles de San Diego. En las ciudades estadounidenses el uso del coche era, ya por entonces, tan omnipresente que el mero acto de caminar se había convertido en algo sospechoso.

Ante esta situación, el filósofo abogaba por una especie de “evaluación de impacto social de la tecnología”: una reflexión por parte de la sociedad en su conjunto, expertos y gente común, sobre la idoneidad de diseñar e implementar soluciones tecnológicas. Mucho me temo que, salvo contadas excepciones, la iniciativa cayó en saco roto. Con el correr de las décadas, no solo no se ha producido esa crítica, sino que la tecnología, que en los ochenta aún era calificada de “artefacto” u “objeto”, ha sufrido un proceso de transmutación.

Esta misma mañana me llegó una revista de la aseguradora del coche. En los artículos, que defienden las bondades de la compañía frente a la competencia, se mencionan cosas como la mejora de su web, la instalación de sanitizadores eléctricos en sus sedes o la renovación de la flota de ordenadores. Se nota una exacerbación del uso de las palabras: app, big data o asistencia virtual, como si el solo hecho de mencionarlas fuera capaz, por sí mismo, de librarnos de todos los males. El mismo mantra se repite en todos los ámbitos, desde el educativo hasta el de la venta de zapatillas.

El cambio de perspectiva de Donald Trump, quien en los últimos seis meses ha trasvasado su fe desde la intervención divina a la síntesis de vacunas, se venía gestando a nivel global desde hace largos años. La pandemia le ha dado el último empujón a esta tendencia. A día de hoy, la sociedad parece persuadida de que las soluciones a nuestros problemas solo pueden venir de manos de la técnica y, además, como sucede con los milagros, estas serán instantáneas y perfectas.

El artefacto se ha transformado en divinidad y nosotros ya no somos sonámbulos, sino fieles. Nuestro culto a la tecnología se debe, en buena parte, a que desconocemos sus mecanismos y, por eso mismo, los consideramos infalibles. Sin embargo, la nueva deidad, como el resto de las que ha habido en la historia, no es un ente neutro, sino que sirve a unos intereses muy concretos y, al mismo tiempo, vela esta servidumbre, cumpliendo así, de forma ejemplar, la función de los dioses.

Pilar Fraile es escritora. Su última novela, Días de euforia (Alianza Editorial), se publica en octubre.

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