¿Primero las damas? ¿No será esto un remanente misógino adjunto a los de mi generación? En cualquier caso, vaya por delante mi pesar sincero por el deceso de Juanita Aparicio que, aunque sea nebulosamente, siempre me pareció la torera con más gracia y arrojo que vi. Aun creo admirarla, como entre sueños, con su atuendo charro y su bella sonrisa adolecente, imponiéndose con torerismo y garra a más de un ¿becerro? ¿novillote? en el Toreo de Puebla. Pero, sobre todo, recuerdo la sencillez y gentileza de su conversación cuando me la presentó Ricardo Morales “Cañero” a finales de los años ochenta, y tuve ocasión de grabar con ella una larga conversación que pasó por la radio y lamento mucho no conservar.

Su palabra era la de una gran señora, residente por entonces en Querétaro, que rezumaba sabiduría sin asomo de ostentación. Me habló de su familiaridad desde pequeña con el campo, el caballo y el toro. Su padre, Paco Aparicio, había sido uno de los charros completos más destacados de este país además de enjundioso novillero, capaz de disputarles las palmas a los Fermín Espinosa, Heriberto García, Carmelo Pérez, Alberto Balderas, Chucho Solórzano, “El Negro” Muñoz… Y en cuanto a sus méritos como torera, pudorosamente soslayados durante nuestra plática, Juanita se los adjudicaba por entero a su cercanía con maestros de la talla de Armillita, Carlos Arruza, Manolo dos Santos, El Ranchero Aguilar. De Arruza se refirió, maravillada, a una faena que le vio hacer en Torreón con un toro grande, potente y de mucho sentido, y de cómo le cortó el rabo “sin necesidad de darle un solo pase natural”, luego de levantar al público de sus asientos con un toreo de puro dominio, pero de una emotividad, un sabor y una clase apabullantes.

Juanita Aparicio se retiró muy joven –con apenas 20 años—, ya que, según propia confesión, “en ese tiempo no existían condiciones para que una mujer hiciera carrera en los toros”. Y casi nadie lo recuerda, pero ella cortó varias orejas y hasta el rabo de un novillo de Coaxamaluca en la Plaza México, llena hasta los topes en los pocos festejos cuyo cartel encabezó, allá por 1953. Buscándole competidoras, la empresa dio con varias chicas norteamericanas, y la propia Juanita hablaba con entusiasmo de la valentía y el buen toreo de Pat McCormick y la clase y finura de Bette Ford, sus compañeras de triunfos y cornadas, que también las sufrió en carne propia la hermosa charra-torera –torera y charra sin par— fallecida el miércoles pasado a los 85 años de edad.

Mi sentido adiós a su clase de gran dama y al recuerdo de su paso triunfal por los ruedos de México. En la seguridad de que algo le habrá heredado su sobrino, el célebre y silencioso maestro Mariano Ramos.

La retirada de Castella. Sebastián Castella ha dado a conocer, mediante una carta abierta que envió a los medios, su decisión de dejar de torear. Se trata, desde luego, del matador francés más importante de la historia. Pero dejarlo sólo en eso es quedarnos muy cortos. Habría que contar entre sus muchos logros el que es, a la fecha, el matador de toros con mayor número de orejas cortadas en Madrid en lo que llevamos de siglo XXI –exactamente 24, más que ningún otro de cualquier nacionalidad, españoles incluidos—y, como consecuencia lógica, quien ha abierto más veces la puerta grande de Las Ventas, igualado en cinco con Alejandro Talavante: el galo lo consiguió por primera vez en 2007, dos más en 2009, y otras tantas en 2015 y 2018. Faenas suyas como las de “Jabatillo” de Alcurrucén o “Hebreo” de Jandilla han quedado con letra capitular en los anales del coso venteño; en la Plaza México sumó 23 paseíllos, 18 orejas y el indulto del teofileño “Guadalupano” (12.12.2010), y la última vez que toreó en nuestro país lo hizo en Guadalajara, que es la plaza más seria de América, y luego de su faenón a “Barquero” se le perdonó la vida al noble ejemplar de Arroyo Zarco (09.03.20).

Indudablemente, la carta dada a conocer por Castella el miércoles pasado –perfectamente escrita y razonada– es valiosa en sí misma pero nada dice de despojarse del añadido o cosa parecida, y huele más bien a alejamiento estratégico. Como el de Talavante hace un par de otoños, como el de José Tomás en 2002 y como tantos otros a lo largo de la historia de la fiesta. Treinta y siete años es una edad idónea para torear, como muy bien explicaba El Zapata, que tiene cuarenta y cinco: “Si ha sabido cuidarse, uno se encuentra entero físicamente y taurinamente más maduro que nunca”, me platicaba Uriel.

Son palabras que cuadran perfectamente con Sebastián,  en quien últimamente se habían hermanando muy armoniosamente el arte con la técnica y lo ecuánime y firme de su ánimo. Castella tomó la alternativa del 12 de agosto de 2000, cuando en su natal Bézierz Enrique Ponce le cedió muleta y espada bajo el testimonio de José Tomás; y a partir de entonces, ha participado en 1214 corridas en las que lidió 2400 astados y les cortó 1480 orejas y 45 rabos, con 23 indultos, 8 encierros como único matador e infinidad de puertas grandes esparcidas en plazas de todos los tamaños y categorías de Europa y América.

Encastes. Un dato fundamental, que mal haría en ocultarse, reside en la variedada procedencia del ganado al que se ha enfrentado Le Coq, sin rehuir Albaserrada y Miura, ni tampoco Parladé, Santa Coloma, Carlos Núñez o Pablo Romero, además de los recurrentes Domecq que acostumbran los astros actuales. Ésa, que no la de los vetos e imposiciones hoy tan usuales, ha sido la ejecutoria de siempre en las grandes figuras del toreo. Y esa es la altura a la que ha sabido poner este torero el estandarte taurino de Francia.

Reflexión mexicanista. Lo anterior da idea no de sólo un diestro destacado, el más importante de los nacidos al otro lado de los Pirineos (Béziers, 31 de enero de 1983), sino de una de las mayores figuras de los últimos tiempos. Qué diéramos los mexicanos por contar con un artista capaz no ya de unos logros semejantes, sino siquiera de la mitad de ellos. Como es sabido, el último paisano que abrió la puerta grande de Madrid fue Eloy Cavazos el 27 de mayo de 1972; cinco días antes, el lunes 22, Curro Rivera había paseado ahí mismo cuatro orejas, las dos de “Cigarrero” y las dos de “Pitillo”, de Atanasio Fernández Cobaleda (22.05.72); ambos hicieron honor a un pasado glorioso que se remonta a los tiempos de Rodolfo Gaona, pero sus éxitos no encubren, más bien resaltan, la sequía de triunfos madrileños por parte de nuestros posteriores coletas, una sequía que dura ya 48 años, cuatro meses y ocho días. Es decir, por lo menos tres generaciones de toreros.

Para mayor inri, durante ese interminable lapso han abierto el celoso cerrojo de la puerta grande de Las Ventas un colombiano –su nombre huele a torero desde lejos, se llama César Rincón y en Madrid salió en hombros seis veces entre 1991 y 2005–, un portugués –Víctor Mendes, en 1985 y 1987–, y además de Castella otro par de franceses: tres veces Juan Bautista, una de ellas siendo novillero, y antes  el primer galo en abrir el mágico portón venteño, que fue Lucien Orlewski “Chinito de Francia”. Todo esto por no hablar del peruano Andrés Roca Rey, palabras mayores, que lleva tres paseos en andas en cinco años, uno de novillero y dos de matador. Como para que no pese y duela, en éste que fue por derecho propio el segundo país taurino del mundo, el que esté a punto de cumplirse  medio siglo sin que ningún mexicano sea capaz de emular a cualquiera de los nombrados. Apenas nos queda rumiar nuestra contrariedad mientras se sigue desgastando la imagen ya lejana de Eloy, con su sonrisa contagiosa de siempre y las orejas de aquel torazo colorado de Amelia Pérez Tabernero en alto, un sábado de San Isidro de 1972.

Algo debe indicar que el casi medio siglo transcurrido desde  entonces coincida en el tiempo con el desarrollo en nuestros campos del lamentable post toro de lidia mexicano.

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