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La reciente suspensión de las operaciones en la Bolsa Mexicana de Valores, presidida por Marcos Martínez Gavica y dirigida por José Oriol Bosh, es un reflejo fiel de la crisis de largo plazo que vive esta institución.

De ser un motor de desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX y hasta los años 80 del siglo XX, se ha convertido en un lastre para la economía. A mediados del siglo XIX comenzaron las operaciones bursátiles con empresas mineras, en 1894 se formalizó la Bolsa Mexicana de Valores y hasta los años 60 del siglo XX desempeñó un papel importante en las actividades primarias y en la industria de México, después perdió vitalidad y jugó un papel secundario en los 70, para retomar fuerza en el financiamiento del sector privado en los ochenta, cuando los bancos se estatizaron.

Sin embargo, con la reprivatización bancaria en los años 90, las actividades bursátiles ocuparon un papel secundario y se subordinaron a los intereses de los nuevos grupos financieros. Los casabolseros se convirtieron en banqueros a finales del siglo XX y orientaron el financiamiento a través de la nueva banca privada.

Ahora, la Bolsa Mexicana de Valores anda como alma en pena, prácticamente no participa en la colocación de empresas en el mercado accionario, lleva a cabo limitadas colocaciones de bonos y otros instrumentos de deuda y se dedica simplemente a ver pasar la vida económica de nuestro país. Para colmo de males, después de ejercer un monopolio a lo largo de más de un siglo, desde 2018 compite con la Bolsa Institucional de Valores, dirigida por María Ariza, a la que se le aprecia con un mayor empuje y deseos de triunfo.

Muchos son los problemas de la firma presidida por Marcos Martínez, entre los que se encuentran la falta de interés de los accionistas de modernizarla, la mayor competencia internacional por capitales en mercados globales que operan con bajos costos y la creciente participación de empresas Fintech en el financiamiento empresarial.

Lo que queda claro en estos momentos es que la Bolsa Mexicana de Valores se ha convertido en una institución secundaria y sin importancia para el desarrollo de nuestro país y para los accionistas, quienes tienden a migrar a los mercados globales.

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