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Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores y, de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación”.

Este pasaje, de la más reciente encíclica del papa Francisco, Fratelli Tutti, explica muy bien la distancia real que hay entre el magisterio pontificio actual y la estrategia de confrontación y polarización de la llamada 4T, más allá de si el Vaticano nos presta los códices o eventualmente acepta la santa sede pedir perdón a los pueblos originarios y reivindicar a Hidalgo y Morelos, como lo solicita AMLO.

La encíclica, publicada el 3 de octubre, se centra en la fraternidad y la amistad social. Todo lo contrario de lo que hace el Presidente de México. El papa Francisco recuerda al santo de quien tomó el nombre, el cual hace 800 años invitó “a evitar toda forma de agresión o contienda” y señala que entrega esta encíclica “como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en palabras.” 

La encíclica, como suelen ser este tipo de documentos, tiene elementos que pueden servir a múltiples posturas religiosas o políticas. Por lo mismo, llama la atención, una vez más, la falta de preparación y la torpeza del Presidente, quien manda a su esposa a entrevistarse con el papa y ni siquiera hace alusión, en la carta que le dirige, a las cosas que los puedan unir, fuera de su “admiración por su labor pastoral en favor de los pobres y humillados del mundo”.

Es cierto, la carta de AMLO está fechada un día antes de la aparición de Fratelli Tutti, pero fue entregada en manos propias al papa una semana después de publicada la encíclica, lo que hubiera dado suficiente tiempo para modificarla. Pero no fue así, en primer lugar, porque el presidente López Obrador evidentemente no escucha a sus asesores en la materia y prefiere aferrarse a su peregrina y muy pobre idea de la historia nacional.

Por lo demás, pedir al papa no solo una disculpa a los pueblos originarios (misma que él ya ofreció), sino de paso que reivindique las figuras de Hidalgo y Morelos, citando un pasaje donde el primero acusa a sus enemigos de no ser verdaderos católicos, es una invitación a que la Iglesia se meta en medio de una indeseada confrontación. Lo cual es exactamente lo contrario de lo que el papa está predicando en su encíclica Fratelli Tutti. La carta citada no es, pues, más que prueba fehaciente de la enorme ignorancia y torpeza diplomática de nuestro Presidente.

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