“La pasión es necesaria para la humanización de la razón, es lo que le impide caer en una abstracción delirante. Razón y pasión pueden y deben corregirse entre sí. Podemos, al mismo tiempo, dar razón de nuestras pasiones y apasionar nuestra razón”.

Edgar Morin, Método VI. Ética, p. 136.

 

            La llamada era moderna significó en los hechos una carrera desenfrenada de la humanidad hacia la utopía  del progreso lineal a partir de la entronización de la razón. Esta carrera que puso a la ciencia y a la tecnología como los medios privilegiados y casi únicos para lograr vivir humanamente y construir sociedades humanas ordenadas y felices llevó paradójicamente a la deshumanización de la especie y a la destrucción irracional de la naturaleza.

            El mundo moderno olvidó la pasión –vamos a entender aquí la palabra pasión como creo que la plantea Morin en las citas de su ética que usaré en este artículo, como la dimensión afectivo-emocional de los seres humanos- y este olvido generó esa abstracción delirante producto de una razón sin freno, una razón deshumanizada y deshumanizate.

            La escuela no estuvo exenta de este racionalismo extremo. El recientemente fallecido profesor Ken Robinson, experto en temas de innovación educativa y creatividad en la escuela decía con mucho humor y muy acertadamente que la escuela está diseñada para formar cerebros fríos y concibe al cuerpo solamente como un medio de transporte de la cabeza.

            Durante siglos la educación se orientó hacia la formación de las nuevas generaciones en una mentalidad científica, supuestamente objetiva –desde la visión errónea de objetividad que desafortunadamente aún prevalece- y a desterrar todo lo que se pensaba era subjetivo, asumiéndolo como irrelevante para la vida, como algo que se tendría que superar en las sociedades avanzadas.

            En este cajón de lo no objetivo ni científico estuvo por supuesto la formación ética y la educación en valores y de manera central la dimensión afectiva de los niños y jóvenes de la que no había que ocuparse porque se consideraba ajena a la formación intelectual e incluso obstáculo para una adecuada racionalidad basada en lo observable, cuantificable y verificable empíricamente.

            Todos sabemos cómo terminó esta historia de amor y veneración excesiva a la razón a nivel de la humanidad: la gran desilusión que derivó en lo que muchos llaman la posmodernidad o la cultura posmoderna.

            Esta cultura que parece invadirlo todo y nos tiene hoy entronizando a las emociones, los sentimientos y las pasiones y negando a la razón en un mundo que niega cualquier posibilidad de conocimiento verdadero, de argumentación sustentada, de ciencia objetiva. Un horizonte en el que se afirma –con pretensiones implícitas de verdad, de esa verdad que se niega- que no existe ningún conocimiento válido sino solamente discursos, narrativas y opiniones igualmente respetables e incuestionables para quienes decidan creer en ellas.

            La entronización de las emociones que han derrocado a la otrora todopoderosa razón nos tiene hoy en una cultura que postula como principal objetivo en la vida el de ser felices y como camino prescrito para lograrlo el descubrimiento y la búsqueda persistente de la propia pasión o pasiones.

            El movimiento pendular ha ido entonces de la abstracción delirante de la razón sin pasión a la visceralidad delirante de la pasión sin razón, del control frío e insensible de la razón sobre el rumbo de la vida al descontrol ardiente y emotivista de una vida sin rumbo. Pasamos de la definición rígida de la vida a largo plazo a la intensidad indefinida del disfrutar el momento.

            La vida humana y la historia de la humanidad muestran que después de los movimientos pendulares que van de extremo a extremo suele irse dando una búsqueda de equilibrio. Este equilibrio, frágil e inestable pero posible y necesario resulta muy urgente en el mundo de hoy en el que las redes sociales exacerban la polarización que muestra una guerra de pasiones sin razón o con muy poca razón, una hoguera que despide demasiado calor pero muy poca luz.

            El equilibrio puede partir de lo que el mismo Morin afirma respecto a los descubrimientos de las neurociencias: “…Sabemos ahora que las actividades racionales de la mente son acompañadas de afectividad. Esta, que ciertamente puede inmovilizar a la razón, es la única capaz de movilizarla…” (p. 135 de la obra ya citada).            Esta visión compleja resulta apasionante porque como dice el pensador francés, la afectividad puede inmovilizar a la razón y habría que preguntarnos muy seriamente si no es esta la causa por la que los niños y adolescentes aprenden cada vez menos en la escuela, porque su afectividad no está incluida en el aprendizaje y no está ligada a la razón.

            Pero al mismo tiempo la afectividad es la única capaz de movilizar a la razón y también habría que indagar la forma en que a partir de la inclusión de lo que los estudiantes sienten y del conocimiento de estrategias para promover su motivación ligando eso que sienten con lo que se les presenta en las distintas asignaturas, se puede promover un aprendizaje verdaderamente significativo.

            La afectividad mueve a la razón y por ello adquiere cada vez más sentido para mí la sentencia de un sabio amigo pedagogo que decía siempre que la primera tarea de un docente es ganar el afecto de sus educandos porque a partir de ahí podrá lograr que se activen todas sus capacidades para aprender.

            Partiendo de esta idea compleja de la relación entre razón y pasión llegamos según el mismo autor a una nueva visión de la sabiduría, una visión también compleja en la que no se elimina la afectividad sino que se integra en un dinamismo dialógico con la razón.

            La escuela evoluciona siempre más lentamente que la sociedad por lo que según mi punto de vista no ha experimentado ese movimiento pendular de la razón sin pasión a la pasión sin razón. En la escuela sigue reinando la razón y apenas estamos empezando a hablar en los últimos tiempos –a pesar de que los teóricos de la educación han planteado el papel de los sentimientos con mucho énfasis desde finales del siglo XIX- de la relevancia de lo afectivo y del desarrollo de lo que hoy se llama habilidades socioemocionales.

            Esta lentitud de reacción de los sistemas educativos puede ser hoy una ventaja para no pasar por el extremo de la entronización de lo afectivo que desecha la razón sino adoptar esta visión compleja de sabiduría en la que la razón y la emoción se articulan para generar una verdadera calidad de vida.

            Porque como afirma el mismo Morin, la idea de sabiduría reducida a la razón implica una contradicción dado que una vida puramente racional sería una “ausencia de vida”, una vida que no es auténticamente humana puesto que la vida humana implica emoción, pasión y gozo.

            Ojalá que nuestros sistemas educativos, nuestras escuelas y universidades, nuestros educadores y educadoras tengan la visión y la convicción que lleve a construir una idea compleja de educación para la vida, de educación en calidad de vida en la que como dice el epígrafe de hoy los futuros ciudadanos aprendan progresivamente a dar razón de sus pasiones y a apasionar su razón.      

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