Todos sabemos que esas líneas negras en los mapas políticos son como cicatrices de innumerables guerras, saqueos y conquistas; pero también sospechamos que, además de la violencia estatal fundadora de las naciones, hay antiguas fuerzas de índole cultural y psíquica que dibujan las fronteras que nos separa de los extraños. Roger Bartra

Durante estos días podemos observar en las calles, casas, plazas y monumentos cómo las fuerzas culturales y psíquicas separadas se unen para celebrar una de las tradiciones más importantes del país. Práctica cultural generacional en la que participan, desde los más pequeños del hogar hasta las personas mayores para a colocar las ofrendas, en especial, aquellos que creemos en el día de muertos.

Costumbres y creencias se funden en un ritual que incluye calaveras de azúcar o papel china, figuras de esqueletos coloridos, representaciones populares son siempre burla de la vida. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos panes que fingen ser huesos y nos divierten las calaveritas literarias que imaginan la manera en cómo una persona puede ser llevada por la muerte. ¿Qué era ese México que André Breton (1973) miraba en esos días con ojos deslumbrados? El autor francés lo describió de la siguiente manera: Tierra roja, tierra virgen impregnada de la sangre más generosa, tierra donde la vida del hombre no tiene precio, siempre dispuesta, como el maguey que la expresa hasta donde la vista alcanza, a consumirse en una flor de deseo y de peligro. México, sólo a medias despierto en su pasado mitológico, se mueve todavía bajo la protección de Xochipilli, dios de las flores, y de Coatlicue, diosa de la tierra y de la muerte violenta (…) Este poder para conciliar la vida y la muerte es sin duda el atractivo mayor que México posee. (p.140)

Esa respuesta no es asombrosa, Octavio Paz (1950) escribía que, para nuestros antepasados la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha para las culturas mesoamericanas la “religión y destino regían su vida, como moral y libertad presiden la nuestra.

Mientras nosotros vivimos bajo el signo de la libertad, para los aztecas el problema se reducía a investigar la no siempre clara voluntad de los dioses. De ahí la importancia de las prácticas adivinatorias. Los únicos libres eran los dioses. Ellos podían escoger —y, por lo tanto, en un sentido profundo, pecar. La conquista de México sería inexplicable sin la traición de los dioses, que reniegan de su pueblo”.

En este sentido quiero exponer la visión paciana sobre nuestra celebración, pues si hay un elemento cultural mexicano es el día de muertos, tradición en la que se funde rituales mesoamericanos con las creencias occidentales, resultado de ello es el día de muertos, resultado de esa unión es: el mexicano. Para Paz “El advenimiento del catolicismo modifica radicalmente esta situación. El sacrificio y la idea de salvación que antes eran colectivos, se vuelven personales. La libertad se humaniza, encarna en los hombres. Para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta. El mundo —la historia, la sociedad— está condenado de antemano. La muerte de Cristo salva a cada hombre en particular. Cada uno de nosotros es el Hombre y en cada uno están depositadas las esperanzas y posibilidades de la especie”. La redención es obra personal. “la indiferencia de nosotros ante la muerte se nutre de nuestra indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino la de vivir”. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque “la vida nos ha curado de espantos”

En su obra El laberinto de la Soledad (1950) describe que posiblemente el rasgo más característico de esta concepción es el sentido impersonal del sacrificio. Los muertos incluso los guerreros caídos en el combate y las mujeres muertas en el parto, compañeros de Huitzilopochtli, el dios solar— desaparecían al cabo de algún tiempo, ya para volver al país indiferenciado de las sombras, ya para fundirse al aire, a la tierra, al fuego, a la sustancia animadora del universo. Nuestros antepasados indígenas no creían que su muerte les pertenecía, como jamás pensaron que su vida fuese realmente "su vida", en el sentido cristiano de la palabra. Todo se conjugaba para determinar, desde el nacimiento, la vida y la muerte de cada hombre: la clase social, el año, el lugar, el día, la hora. El azteca era tan poco responsable de sus actos como de su muerte.

El autor de Piedra del sol (1957) afirma “somos un pueblo ritual, son pocos los lugares en el mundo donde se puede vivir el espectáculo de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros, sus danzas, ceremonias, juegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados. Para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto mortal entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneración de las fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado”. En ambos sistemas vida y muerte carecen de autonomía; son las dos caras de una misma realidad. Toda su significación proviene de otros valores, que las rigen. Son referencias a realidades invisibles. Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos tienen pocas no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia del pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria?

También sombría, pero de otro modo, fue la visión de Graham Greene (1939), cuando al atravesar a lomo de mula las montañas de Chiapas consideró la manera en que el catolicismo había sido adoptado por los indígenas de México: “Y había un mundo aún más antiguo más allá de la costumbre; el suelo volvía a escaparse hacia donde se alzaba un bosque de altas cruces negras inclinadas en todos los ángulos (…) Era la religión indígena, un oscuro y atormentado culto mágico. Aquí, en el extraño mundo montañoso, la cristiandad proseguía su propio y aterrador camino. Mágico, sí, pues somos demasiados proclives a minimizar el elemento mágico de la cristiandad: el hombre que se levanta entre los muertos, los demonios expulsados, el agua convertida en vino (p. 231)

Para el mexicano moderno la muerte carece de significación. Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intrascendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Evelyn Waugh (1939) reconoció el humor de mexicano que invierte lo positivo en negativo, lo negativo en positivo, como escribió en su Oda a Charles Fourier: la fascinación de México reside en el estímulo que da la imaginación. Cualquier cosa puede allí suceder; casi todo ha sucedido: ha visto cada extremo de la naturaleza humana, bueno, malo, ridículo (…) una fuente de novedad. (p. 272)

El mexicano, obstinadamente cerrado ante el mundo y sus semejantes, ¿se abre ante la muerte? La adula, la festeja, la cultiva, se abraza a ella, definitivamente y para siempre, pero no se entrega. Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño y, en primer término, la muerte, la extraña por excelencia. El mexicano no se entrega a la muerte, porque la entrega entraña sacrificio. Y el sacrificio, a su vez, exige que alguien dé y alguien reciba. Esto es, que alguien se abra y se encare a una realidad que lo trasciende. En un mundo intrascendente, cerrado sobre sí mismo, la muerte mexicana no da ni recibe; se consume en sí misma y a sí misma se satisface (Paz, p. 65) Así pues, nuestras relaciones con la muerte son íntimas —más íntimas, acaso, que las de cualquier otro pueblo— pero desnudas de significación y desprovistas de erotismo. La muerte mexicana es estéril, no engendra como la de aztecas y cristianos.

Si en la vida diaria nos ocultamos a nosotros mismos, en el remolino de la Fiesta nos disparamos. Más que abrirnos, nos desgarramos. Todo termina en alarido y desgarradura: el canto, el amor, la amistad. La violencia de nuestros festejos muestra hasta qué punto nuestro hermetismo nos cierra las vías de comunicación con el mundo. Conocemos el delirio, la canción, el aullido y el monólogo, pero no el diálogo. Nuestras Fiestas, como nuestras confidencias, nuestros amores y nuestras tentativas por reordenar nuestra sociedad, son rupturas violentas con lo antiguo o con lo establecido. Cada vez que intentamos expresarnos, necesitamos romper con nosotros mismos.

Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres, afirma Paz.

“Oscilamos entre la entrega y la reserva, entre el grito y el silencio, entre la fiesta y el velorio, sin entregarnos jamás. Nuestra impasibilidad recubre la vida con la máscara de la muerte; nuestro grito desgarra esa máscara y sube al cielo hasta distenderse, romperse y caer como derrota y silencio. Por ambos caminos el mexicano se cierra al mundo: a la vida y a la muerte” (Octavio Paz, 1950 p. 69). Finalmente, tener presente lo especial de esta tradición, como decía Jacques Lafaye (1984), “hay en estas tierras cierta anarquía en la imaginación religiosa. Son lugares donde, como en España y Portugal, en los países del Islam o entre los judíos hasídicos, la gente aplica al mundo natural, social y político el principio de revelación divina, que en otras partes de Occidente se suele reservar a los casos de fe y religión (p.10). Nada más opuesto a esta actitud que la de europeos y norteamericanos. Leyes, costumbres, moral pública y privada, tienden a preservar la vida humana. Mientras los mexicanos celebramos y nos burlamos de la muerte, el Occidente la combate con la tecnología y medicamentos más avanzados.

 

 

 

 

 

 

 

 

Breton, André. (1973). Recuerdo de México. México: Siglo XX.

Green, Graham. (1939). The Lawless Roads. Londres: Grenn and Co.

Lafaye, Jacques. (1984). Mesías, cruzadas , utopías . México : Fondo de Cultura Económica . 

Paz, Octavio. (1950). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica .

Waugh, Evelyn. (1939). Robo al amparao de la Ley. Londres: Chapman y Hall.

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Cultura

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