Vamos a hurgar en la llaga: no concuerdo con los que afirman que la tauromaquia está en decadencia. Mucho menos cuando, para demostrarlo, recurren a la nostalgia de “tiempos mejores”. Si el toreo es un arte efímero por naturaleza, no lo es menos la memoria, que suele jugarle muy malas pasadas al aficionado añoso, de modo que de guía histórico fácilmente se transforma en “testigo” disuasorio para el público joven; si además de desmemoria hay mala leche, el efecto de “decadencia” sólo puede contribuir a desilusionar al neófito y apartarlo de esto que tuvo su edad de oro –lo cual es bien cierto–, pero hoy es prácticamente nada, poco menos que un timo legalizado que, dirán los antis, lo que urge, en nombre del progreso civilizatorio, es ilegalizar.

Se establece así un curioso punto de encuentro entre el cronista antisistema y el abolicionista militante.

Aclaración. Todo lo dicho en el párrafo anterior vale para fiesta y su reseña crítica en cosos europeos –ni siquiera todos, los cuatro o cinco que marcan y jerarquizan la temporada, con alguno más–. Evidentemente, no funcionaría para el México actual. No detallaré una vez más lo archisabido en relación con la caída vertical –cualitativa y cuantitativa– de nuestra fiesta alguna vez brava, ni abundaré en razones ya muy reiteradas y centradas en el post toro de lidia mexicano, cuya degeneración responde a un proceso a la carta: largo, deliberado y finalmente ruinoso en todos los órdenes.

 

Lo que el encabezado de esta Tauromaquia expresa se refiere, por ejemplo, a lo ocurrido en Madrid durante la tercera corrida de la reciente feria de otoño, cuando Curro Díaz y José Garrido, que alternaban mano a mano, se encontraron con la lidia decimonónica que de un imponente y mansísimo encierro de El Puerto de San Lorenzo. Pero también a las faenas bordadas por Castella y Manzanares en Sevilla el día de San Miguel –sobre todo el francés, que estuvo inspiradísimo–, con bichos de Olga Jiménez, terciados y de gran calidad. Entre otros motivos porque ambos ejemplos, con sus altas y bajas, sirven para confirmar que el toreo, como todo arte que se respete, no detiene su ascenso. Y esto es así porque cuenta con toreros de gran envergadura técnica y artística. Aquí agregaría yo algún mexicano, inmersos como están los nuestros en un medio tan desfavorable para su desarrollo profesional y el consiguiente reconocimiento popular. Y es que a la tácita desaparición de la tauromaquia de la escena pública –lo característico de nuestro país en este siglo XXI–, sólo puede corresponder una generalizada y creciente ignorancia de lo que es y ha significado el toreo, como un arte y una pieza especialísima de nuestro patrimonio cultural.

Toracos de ayer para el toreo de hoy. Efectivamente, el pasado día 1 el público de Madrid –y los toreros– se encontraron con un encierro de El Puerto prácticamente ilidiable en términos actuales. Altones, corpulentos, destartalados, deambulaban por el ancho ruedo venteño sin ninguna fijeza, iban de un caballo a otro sin quedarse en ninguno, atropellaban o topaban en lugar de embestir, derrotando al bulto de manera criminal los más, y disfrazando su genio con esa sosería aplomada que mata la emoción los menos (y alguno combinando incluso ambas actitudes), mientras procuraban el refugio de las tablas, y buscaban ferozmente al torero en cuanto hacían presa. Solamente faltaron los pencos asardinados y sin peto protector para completar un escenario decimonónico.

Con ese ganado imposible, que en otros tiempos habría obligado al macheteo sobre piernas y la estocada de recurso, Curro Díaz y José Garrido estuvieron heroicos. Y es que ni los públicos ni el paradigma del presente admiten ya el trasteo expeditivo que la sensatez más elemental recomendaba, establecido como está que todo matador debe practicar ineludiblemente el toreo en redondo. O al menos intentarlo. Como resultado, la ejemplar entrega de ambos espadas –sin olvidar a los subalternos que soportaron el peso de la lidia de tan endiablada moruchada–dio lugar a incontables sustos, cogidas espeluznantes que inexplicablemente no se tradujeron en daños mayores –aunque Garrido, al estoquear al avieso 4º, sufrió un puntazo en el glúteo y salió de la enfermería para enfrentar al 6º con una mano vendada–, y un estado de continuo sobresalto que inhibió en el público una respuesta más acorde con el esfuerzo de los diestros. O el saber y el valor con que se desempeñaron Antonio Chacón, Montoliú hijo y El Algabeño con el percal y los rehiletes.

 

Saldando cuentas. La referida tarde tenía un trasfondo de intriga. Resulta que ni Curro ni Garrido encontraron, a lo largo de la campaña, un trato decente por parte de las empresas, Taurodelta incluida. El jienense Díaz volvía a Las Ventas después de abrir la puerta grande el domingo de resurrección, pese a lo cual no hubo un hueco para él en San Isidro, ni antes ni después. Garrido, hasta su épica feria de Bilbao, había luchado en vano por ser tomado en cuenta, mientras sumaban fechas diestros con merecimientos inferiores. Ambos tenían hambre de desquite, y no iba a echarlos para atrás ningún ganado por difícil que saliera. Fue una lástima que la espada los traicionara, pues alguna oreja pudieron arrancar, especialmente Curro Díaz la del intocable tercero.

Por lo demás, me hubiera gustado ver a ésos que para engrandecer el pasado acostumbran descalificar el presente manteniendo ese rigor inflexible que los caracteriza cualquiera de las incontables veces en que sus añoradas figuras de antaño, ante bichos así, tiraban por la calle de en medio, como refieren tantas y tantas reseñas. Antiguas y no tanto.

 

El arte, en desventaja. Lo de Curro Díaz tiene miga. En la discusión acerca de las diferencias entre la clase y el arte –entre el torero de clase y el artista nato–, el ya veterano diestro nacido en Linares caería sin duda en la segunda categoría, que es la más valiosa y menos frecuente. La historia dice que, mientras la clase es una cualidad externa, cultivada con esmero por determinados espadas, el arte es un atributo interior, que al exteriorizarse produce un efecto inefable en el espíritu de quien lo contempla. Pero claro, para que eso llegue a suceder, la colaboración del toro propicio es requisito indispensable. Tal vez por eso a Pepe Ortiz, que fue con el capote un artífice y un creador sin paralelo en la historia, le pegaron tanto los astados en el primer tercio, cuando pretendía exquisiteces no a favor sino en oposición al nervio crudo y la aspereza usual en las reses de aquellos tardíos años 20. Por eso, y también por razones de temperamento personal, los toreros de arte de cualquier época han sido famosamente desiguales.

Pues bien, Curro Díaz, en esa corrida de Madrid, salió a contradecir todo lo anterior, y a fajarse con los galafates de El Puerto a despecho de frenazos, calamocheos y acometidas asilvestradas. Y por ese camino, hasta logró el milagro de bordar, aisladamente, pases de gran expresión artística. A tumba abierta, literalmente.

 

¿Y Jerónimo? Últimamente, la coincidencia de varios comentarios de testigos directos me devolvió el nombre que usted, lector, acaba de leer. Virtualmente alejado de los ruedos pero sin desligarse totalmente del medio, Jerónimo Ramírez de Aguilar sigue merodeando por ahí, espada en tal o cual corrida aislada, concurriendo con frecuencia a tentaderos o como eventual participante en festivales benéficos. Hoy día, el eje de su vida es su rancho agrícola en Teziutlán, ciudad serrana en cuya última feria alcanzó significativo éxito. Viene a colación su nombre porque, a menos que alguien me desmienta, se trata del último torero de arte nacido en México, en cuyos ruedos tanto arte floreció en el pasado.

No sólo fue Jerónimo un novillero que nos ilusionó a muchos con su personalísima expresión torera, sino alguien que en su primer año de matador parecía volar hacia lo más alto del escalafón. Recuerdo que esa campaña inicial suya trajo una sucesión de faenas de sorprendente creatividad y frescura, y que en el ágape con que se festejaron en las afueras de El Relicario los 50 años de alternativa de Silverio Pérez (la tomó en El Toreo de Puebla, de Fermín Armilla y con “Estudiante” de La Punta, el 6 de noviembre de 1938), el mismísimo Faraón de Texcoco lo reconoció así, con una frase que no se me olvida: “ése es uno de los nuestros”. No estaba Jerónimo entre los asistentes, pero su nombre saltó de inmediato a la conversación. En ese entonces, el joven nacido en el DF, aunque poblano de adopción, se entretenía en bordar faenas exquisitas en plazas como Aguascalientes, Guadalajara o Tijuana bajo la férula de Raúl Ponce de León, un guía y mentor a la medida. Recuerdo la suya a “Notario”, de Montecristo (05.05.99), como una de las obras estelares escenificadas en los casi 28 años de vida de El Relicario: defectuosamente estoqueado, el animal se amorcilló y para descabellarlo empleó Jerónimo nada menos que 24 golpes con el verduguillo: cómo sería la faena que aun así lo llamó a saludar en los medios una ovación incontenible. Evidentemente, la espada no era su fuerte. Y, con los cambios de apoderamiento sus actuaciones se espaciaron, y la inseguridad y el desinterés le fueron ganando. Paulatino declive que alguna faena aislada no consiguió detener. Hasta la fecha.

 

Artistas maduros. Pero tal vez estemos aún a tiempo de rescatar a Jerónimo para el arte. Representaría un bien invaluable para nuestra raquítica Fiesta. Porque, si recurrimos de nuevo a la historia, la madurez asienta y asolera la expresión artística de quien efectiva y profundamente la posee. Ni Curro Díaz, volviendo al tema inicial de esta columna, es un novato, ni lo era Juan Mora cuando cuajó la memorable tarde aquella de Madrid, en otro otoño no lejano. Y qué decir de Antoñete y su blanco mechón cuando reapareció en los 80, o del Antonio Bienvenida que confirmó en Madrid a Curro Rivera en el 71, o nuestro Calesero, que con 60 años a cuestas seguía bordando maravillas con su capote brujo, o Procuna el día de su despedida o El Pana de “Rey Mago”.

Y tantos más, para quienes la edad supuso un poso del que emanaban aromas profundos, y un positivo acicate para su alma torera.

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Cultura

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