Cristina Ortiz La Veneno nos dejaba hace cuatro años, el 9 de noviembre de 2016. Tras sufrir un accidente en su domicilio, y pasar tres días en coma en el Hospital Universitario La Paz de Madrid, se anunciaba el fin de uno de los personajes más polémicos de la televisión patria. Su muerte se producía dos años antes de una fecha histórica para la lucha LGTBI, ya que a mediados de 2018 la Organización Mundial de la Salud excluía la transexualidad de su Clasificación Internacional de Enfermedades, concretamente de la lista de trastornos mentales. «Este logro», que no entrará en vigor hasta 2022, pasa a denominar la transexualidad como «incongruencia de género», lo que implica una actualización a la obsoleta y tránsfoba clasificación vigente, aprobada en 1990, año en que, por cierto, la homosexualidad dejó de ser considerada como una enfermedad. 

Antes de ese fatídico 9 de noviembre, en España se habían dado pasos importantes para la normalización de la realidad trans. Concretamente, la Comunidad de Madrid, en el mes de marzo del mismo año en el que fallecía La Veneno, aprobaba su Ley 2/2016 de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación cuyo preámbulo defendía que «la definición del sexo-género de una persona va mucho más allá de la apreciación visual de sus órganos genitales externos en el momento del nacimiento, y (…) no es un concepto puramente biológico, sino, sobre todo, psicosocial». La norma no solo aseguraba el reconocimiento del derecho a la identidad de género, sino que incorporaba medidas para combatir la transfobia e incluso un artículo específico para la «atención sanitaria a las personas trans».

Cristina, veinte años antes, en Esta noche cruzamos el Mississippi planteaba su transexualidad, ante un atónito Pepe Navarro y la mirada de desaprobación de sus padres, afirmando que «si yo tengo que decir: soy homosexual, lo soy. Si soy transexual: lo soy. No tengo por qué negarlo». Parece que La Veneno nunca llegó a tener claros los conceptos de identidad sexual (sexo psicológico), identidad de género (rol social o expresión de género) y orientación sexual (atracción o preferencia sexual). Precisamente, ese aparente analfabetismo, del que ella misma alardeaba («analfabeta, pero con sobresalientes en la universidad de la calle»), la catapultó a la fama.

En palabras de la experta en televisión y guionista Diana Aller, refiriéndose a otro producto televisivo de máxima audiencia en este 2020, la pobreza de recursos emocionales explica en cierta medida el éxito de personajes televisivos con una educación escasa en valores y donde el aspecto físico es lo único que parece importar, haciendo que el espectador medio automáticamente se sitúe por encima de ellos y es que «si pones gente más lista que tú se produce un desafío intelectual que nos desconcierta, nos hace desconectar y pensar que es un rollo».

«Veneno es una gran oportunidad para la visibilidad y la reivindicación de los derechos de las personas trans»

Quizá esa fue la gran baza con la que jugó el equipo del Mississippi, convirtiendo a Cristina Ortiz en la protagonista del reality show en el que acabó encajando su existencia. La conexión con el drama de La Veneno era fácil porque, como afirma el crítico de televisión Borja Terán, «aunque nuestra vida no se parezca en nada a la suya, siempre fue fácil entender lo que nos ha contado». Borja habla del reseteo social que ha supuesto la serie: «de eso ha ido, en definitiva, Veneno: de vaciar la mochila de prejuicios». Muchos de ellos ligados al estereotipo de las personas trans. Por fin, vemos actrices trans interpretando a personas trans. Actrices muy diferentes, con trayectorias profesionales consolidadas en diferentes proyectos y que, además, concretamente las tres que interpretan a Cristina Ortiz (Isabel Torres, Daniela Santiago y Jedet) acaban de recibir el premio Ondas 2020 a la mejor interpretación femenina en ficción. Enhorabuena.

Volvamos a esa España que reía cada noche con el discurso deslenguado de La Veneno. Esa sociedad era la misma que abocaba a las mujeres trans a ganarse la vida ejerciendo la prostitución. El trabajo digno, o al menos el trabajo al que uno quisiera aspirar, no parecía alcanzable para un colectivo discriminado y que tuvo que soportar el bochorno de esperar hasta el año 2007 para rebautizarse oficialmente con el nombre elegido, sin necesidad de una operación quirúrgica ni una resolución judicial.

En aquellos días, la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados aprobaba, con la única oposición del Grupo Popular, el proyecto de ley que permitiría a las personas transexuales cambiar los datos que constan en su documento de identidad para incorporar su nuevo nombre y sexo. Este trámite administrativo instauró entonces que la persona solicitante debía contar con un diagnóstico médico que acreditara el cambio de sexo, así como pruebas que certificaran que había sido tratada, al menos dos años, para acomodar sus características físicas a las del sexo reclamado. España, con la aprobación de la Ley 3/2007 reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas era por entonces pionera en la lucha para dignificar a las personas trans, pero el problema ya no parecía ser jurídico sino social.

«Muchas instituciones educativas han trabajado duro para hacer de sus aulas espacios más seguros e inclusivos para los y las transexuales»

Si echo la vista atrás, a lo largo de mi vida me he topado con algunas personas que estaban viviendo una transición de género, muchas de ellas en mi etapa profesional ligada al ámbito universitario. Según la legislación actual, solo las personas mayores de edad pueden solicitar la rectificación de la mención registral del sexo, unido a los requisitos ya mencionados de diagnóstico médico y tratamiento de, al menos, dos años, para la adecuación al sexo reclamado. Si la adolescencia suele ser una etapa determinante en cuestiones ligadas a la identidad, no es de extrañar que las Universidades se enfrenten a un gran problema para tratar a sus estudiantes trans, puesto que en muchos casos no se cumplen los requisitos para oficializar su cambio de nombre. Para mí, ver como un estudiante te contaba en primera persona el sufrimiento de tenerse que identificar con un nombre que no le corresponde en su primer día de clase, es el ejemplo claro de todo lo que queda por hacer para combatir la transfobia.

Pero aquí también hay buenas noticias, ya que muchas instituciones educativas han trabajado duro para hacer de sus aulas espacios más seguros e inclusivos para los y las transexuales. De hecho, en 2018 la Universidad Complutense de Madrid lideraba esta respuesta aprobando su Protocolo para la Gestión Académica de la Identidad de Género, un procedimiento que viene a resolver una de las grandes brechas en el marco regulatorio vigente: el uso del nombre elegido por la persona transgénero en caso de no cumplir con los requisitos de la Ley 3/2007. Independientemente de que exista o no cambio en el registro civil del nombre de pila, las Universidades trabajan para garantizar que las personas trans sean tratadas de acuerdo con su identidad de género y acabar así con una estigmatización perseverante en las aulas.

No sé si la corta vida de La Veneno (52) llegará a estudiarse en las Universidades, ni siquiera considero que haya sido una activista ni mucho menos. Lo cierto es que su sobreexposición mediática y su situación de vulnerabilidad, alentada desde los programas del corazón, han ayudado, y mucho, a conocer los problemas reales de las mujeres transexuales, la relación del colectivo con la prostitución y la imposibilidad de desarrollarse profesionalmente con las mismas garantías que las personas cisgénero. Normalizar la transexualidad en las aulas ayudará a las empresas a apostar por el talento, aceptando los cuerpos diversos y respetando la identidad de género de su capital humano. Porque el único veneno en toda esta historia, no les quepa duda, es la transfobia.

Cristina afirmó de manera rotunda en un plató de televisión que ella era «conocía mundial» y es ahora cuando, en el cuarto aniversario de su muerte, y como los grandes personajes, su historia podría alcanzar ese estatus soñado por la que fuera musa de Pepe Navarro. HBO Max estrenará la serie Veneno en Estados Unidos a partir del 19 de noviembre y, aunque les faltará contexto para entenderla, estoy seguro es una gran oportunidad para la visibilidad y la reivindicación de los derechos de las personas trans.


Andrés Pina es experto y docente en Comunicación Corporativa y RSC. 

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