Con su mentón algo prominente, la mirada aguda, casi al acecho desde sus párpados entrecerrados bajo las cejas espesas, los labios fruncidos en un gesto adusto de severa atención, el rostro de Víctor Flores Olea podía expresar la quintaesencia de la solemnidad. Pero, tras sus trajes impecables, el cuello almidonado de la camisa, los puños de las mangas cerrados por mancuernillas de oro, Víctor escondía con timidez su carácter querendón y un sentido del humor que lo hacía sonreír de las bromas a su costa de los amigos.

José Luis Cuevas, gran imitador, no se privaba de mimarlo frente a él. Durante un viaje a Burdeos, donde mis amigos Antoine y Claude Merlaut me invitaban los fines de semana a los castillos de la familia, visitamos algunas cavas de los grandes vinos de la región. Víctor degustaba los vinos como un experto en grandes crudos. Parecía oficiar una misa comulgando el líquido color sangre y otorgando su aprobación con una actitud pontifical. Desde luego, José Luis lo imitaba apenas a unos metros. El entonces embajador de México ante la Unesco era el primero en sonreír a los mimos cuando Cuevas lo caricaturizaba.

Durante su estancia en París, Víctor se inició en su afición a la fotografía, pronto transformada en la pasión que llevó sus fotos al nivel de un verdadero arte. Así, en varias ocasiones, al terminar una de las numerosas entrevistas que le hice sobre sus reflexiones políticas y literarias, y que Fernando Benítez publicó en el suplemento Sábado de Unomásuno, me mostraba sus fotos. Le dejé ver mi entusiasmo. Comenzamos, con Martha, entonces su esposa, las caminatas por el laberinto de París, sábados y domingos, en busca del encuentro fortuito sobre una mesa de disección de un paraguas y una máquina de coser que Lautréamont supo hallar. El azar era generoso con Víctor algunas tardes. Pudo fotografiar su propia cara en el cuerpo de un maniquí en una vitrina de la rue de Seine. Otras veces, el milagro no sucedía. Pero se le podía provocar. Después de un largo rato de pie junto a la ventilación subterránea del Metro, esperando ver las faldas de una mujer levantadas por el viento, decidí caminar yo misma sobre el enrejado del piso. Víctor captó la imagen de la falda elevada como una corola en lo alto de los muslos y el brazo en su cabeza para evitar el vuelo del sombrero.

Amiguero, Flores Olea invitaba a reuniones en su departamento de Charles Floquet, al lado de la torre Eiffel. Sin el protocolo de la embajada, al cual se adhería Carlos Fuentes, Víctor logró formar un verdadero salón literario y artístico, salpicado de frases picantes y discusiones políticas. Durante esas recepciones, podía encontrarse a Evtouchenko o García Márquez, Paz, Cortázar, Ugné Karvélis, Sarduy, la Chaneca, la China Mendoza, Wifredo Lam, Mercedes Iturbe, Antonio Saura, D’Ormesson, Alejandro Rossi, Regis Debray, Soriano, Luis Villoro y tantos otros amigos suyos que Víctor deseaba y sabía compartir.

Buen anfitrión, Flores Olea era capaz de mantenerse despierto y vivaz hasta el amanecer. De ahí que los íntimos lo llamaran el ángel exterminador, apelativo que sabía sostener en sus desveladas entre charlas picarescas y debates lúcidos de historia y política.

Excelente lector, Víctor cargaba, incluso en viajes muy breves, dos voluminosas maletas: una con sus elegantes ropas y mudas, otra con sus libros. Debía quizás leer al alba. Imagino esto pensando en el viaje que hicimos a Venecia para asistir al carnaval con Martha y su hija Mercedes. Caminatas y fotos de los disfraces durante el día. Recepciones nocturnas. Mejor ensayista que autor de ficción, incapaz de limitar sus actividades intelectuales, Flores Olea incursionó en la novela. En voz muy alta para ser escuchado por Víctor, Alejandro Rossi me dijo con su permanente ironía: Si ya lo alentaste como fotógrafo y novelista, ¿por qué no como cantante de ópera ahora? A lo que el aludido replicó carcajeándose: Magnífica idea, tengo muy buena voz.

 

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