Nunca se nos ha dado muy bien tener el curro al día. Hasta ahora habíamos intentado estar y, a veces, escribir, sobre cosas que pasaban en la calle. Otras veces, sobre cómo nos sentimos en un mundo al que cada vez más nos cuesta verle el sentido. Pero, de repente todo se quedó quieto. Un mundo parado pero que acecha. De un día para otro nuestras casas se convirtieron en prisiones, en lugares obligados y no deseados.

   Todavía recordábamos, como si hubiesen pasado siglos, que, en ese salón lleno de mascarilla e hidrogeles, conspirábamos sobre los disturbios otoñales de Barcelona. Porque lo que parecía que iba a ser para siempre desapareció: tu curro de mierda, el buen royo con tu compi de piso que veías 1 hora a la semana o las comidas del domingo que hacías con tu familia. Quizás lo peor durante estas primeras semanas fue la cantidad de mierda que los opinólogos de las RRSS y los medios generaban: cifras, datos y recomendaciones que no sabías si tomarte en serio. Para nosotras no se desvaneció un mundo, sino que las contradicciones que lo atraviesan se hicieron más profundas. Los centros de trabajo cerraron, pero los cuidados no. Las oficinas clausuraban, pero las videoconferencias y el teletrabajo te hacían currar más. El gilipollas de tu marido pasaba más horas en casa. Los controles policiales paraban todavía más a los migrantes. Y así sucesivamente…

    Con esta mierda de momento se olía en el ambiente, una vez más, un marco mental de guerra. Esta vez, quizás con la diferencia que aquello que teníamos delante no era nuestro jefe, ni tampoco el capullo del casero que se enriquece con nuestros alquileres. Esta vez, nuestro enemigo eran unas partículas, un virus que se metía por todos nuestros orificios y nos hacía más vulnerables

   Como nos explicaban algunas viejas amigas maricas cuando la pandemia del VIH llegó a sus vidas, empezaron a sentir cómo el silencio las hacía caer. Caían como moscas, solas, aisladas, en habitaciones donde solo aquellas con los vínculos más fuertes, o con menos miedo, permanecían... Parecía que comunidades de hormigón que habían resistido a la homofobia, al poder, a la policía, y a la basura bienpensante del momento, se derrumbaban con un microorganismo que se convertía en una bomba sin precedentes. Que allí donde habíamos construido sólidos vínculos con colegas y familia, un bicho nuevo se lo cargaba todo.

    A pesar de todo, intentamos sobreponernos al momento. Nos intentaron vender que este virus no distinguía entre clases, que nos afectaba a todas por igual. Por eso, entre otras cosas, muchas decidimos apartarnos del bombardeo de información durante el confinamiento. Así, junto a muchas compañeras, nos pusimos a currar en redes vecinales para apoyar a quienes no podían pagar el alquiler por perder su curro. También para que ninguna vecina tuviese la nevera vacía. Decidimos tomar partido, otra vez, sabiendo que la situación nos sobrepasaba. Quizá ese sea el gran aprendizaje de esta pandemia (o su confirmación): que todavía no estamos preparadas para darle la vuelta a las cosas.

   Y, en medio de esta movida, nosotras, con tan solo un blog de mierda. Pero siendo sinceras, el problema durante estos meses no ha sido no tener cosas que decir, sino cómo decirlas. Porque basura por redes, ha sobrado. Si criticabas el control policial eras un descerebrado que quería propagar el virus, si cuestionabas a quien no usa mascarilla en un espacio cerrado eras un paranoico, si atacabas ciertas medidas del gobierno eras un cómplice de los discursos de los fachas. Y en todo este contexto, folios en blanco, ansiedad, rayadas confundiendo tu tos de fumador con el jodido virus, pensando cada noche que, como lo pillen tus viejos, la palman.

   Los recientes choques entre los mossos y la gente en los desahucios de Catalunya, o los enfrentamientos en Vallekas y demás manifestaciones que se han producido en los barrios de Madrid contra el confinamiento de clase que está imponiendo Díaz Ayuso, nos avisan de que ojo a la que puede venir. En todo este panorama vamos a ser parte de la guerra cultural que está por llegar. Junto a muchas que ni se lo imaginan, y junto a otras que ya se están preparando. Los tiempos vendrán como vengan, pero nuestra fe sigue intacta.

   Si no hemos escrito antes no ha sido por dejadez, que también, sino porque hemos tratado de resituarnos en un mundo que ha cambiado a un ritmo acelerado en los últimos meses. Seguimos sin tener muchas respuestas, pero hemos tomado la decisión de empezar una nueva etapa en el proyecto. Una nueva etapa que no cierra nada de lo anterior, porque sus gentes, sus ideas, siguen aquí, pero quizá de otra forma y desde otros lugares. Seguimos compartiendo la calle como punto de encuentro, y nos sigue uniendo el defenderla. Porque el sobresalto es para siempre, y todas aquellas que han pasado por el proyecto lo saben. Es su casa, y en casa propia no se necesitan invitaciones. Gente que sale, gente que entra, una misma idea, y nuevos formatos y horizontes. Nos seguiremos cagando en todo, pero de otra manera. Nos vemos estos días, con mascarillas o pasamontañas.

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Cultura

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