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Año nuevo, ciclo nuevo. Periodos que nos imponemos para darnos orden y dibujar referentes históricos de lo que recordaremos, asociado a nuestras vivencias. En el caso de la música popular, y en particular el rock, las corrientes no dejan de ser cíclicas cuando menos se espera, aunque siempre con un toque de novedad. Así, una vez exprimida hasta la última gota la vertiente neo-neo-sicodélica que a comienzos de la década de 2010 impusieran bandas como Tame Impala y, más allá en el mundo comercial, el hip hop, el trap y el reggaetón dominaran el gusto masivo, un necio Lado B de la escena musical, sobre todo en Inglaterra, siguió dándole vuelta al neo-pos-punk de inicio de los 2000, bastante copista de otros tiempos, para darle una nueva forma: un perfil guitarroso que se pareciera más al punk de esencia fiera, disgustado con el entorno, sin necesariamente imitar los ataques y riffs a la de seis cuerdas con enchufe eléctrico de los años 70. En ese tenor surgió el magnífico dueto Sleaford Mods, que combina suciedad distorsionada con rapeo furioso; las magníficas Savages, cuarteto femenino de trance similar con un toque ligeramente más oscuro y a la vez elegante; los enfermitos de Fat White Family; más recientemente la extravagancia cerebral de Black Midi, así como el estallido sucio de Idles y Fontaines DC (irlandeses los últimos). Así, ya mucho más asentada esta vertiente en el gusto internacional, como parte de esta reciente ola, surgen los londinenses de Shame, cuyo disco debut Songs of Praise (2018) fue muy bien recibido por la crítica.

Aunque aparece tras la sombra de sus contemporáneos ya citados, sobre todo de Idles (reseña Ruta Sonora de su disco 2020, Ultra Mono https://bit.ly/3p6C6Dp), por la forma en que el cantante frasea de manera harto inglesa, medio hablando sin tono, medio gritando, y por su carga política en las letras, a decir de la misma banda, influida por la actitud sardónica y destructiva del escritor escocés Irvine Welsh, Shame asoma garra y estilo propios. Menos enojados y descontrolados que Idles, menos románticos, elegantes y oscuros que Fontaines DC, en medio de su rabia hay un interesante control armónico en cuanto a melodías, y una base rítmica más funky, que los hace ser un puente entre el pos-punk de comienzos de los 2000, muy a lo Gang of Four, y esta nueva camada de guitarras híper rasgadas. En su debut Songs of… el bajeo funk es más contundente. En su segundo disco, Drunk Tank Pink (2021), tal cadencia rítmica permanece pero hay un cambio en la búsqueda de los riffs y las estructuras, bastante hermanados con los citados Fat White Family, su banda hermana, algo más deschavetada y experimental. Esto es, caminos semiprogresivos y guitarras sin distorsión, o con efectos menores, que recuerdan un poco al tipo de ataque limpio de bandas como XTC y los Talking Heads de comienzos de los años 80. Con todo, en conjunto su propuesta es más impredecible de lo que uno imagina tras la primera oída, y va sorprendiendo a cada track. De manera distintiva, conjuntan desenfreno en actitud y lírica, con contención y riqueza melódica en la música, con una mira a la vez alterna-puerca y pop, a diferencia de Idles, deliberadamente más brutalistas.

En esa búsqueda, está la tensión del segundo tema Nigel Hitter; la densidad amenazante, cuasi math-rock, de Born in Luton; la estruendosa cascada percusiva de decibeles y spoken word de Snow Day; el misterio anodino y alienado de Human for a Minute; el punk-gresivo de Harsh Degrees o la rareza oscura y ambiental con pianos invitados de la extensa Station Wagon, también con pasaje spoken word rumbo a una nube negra de caos final.

Como es de ver, el rock sigue rehusándose a morir y da gusto escuchar cómo los ingleses son capaces de recrear viejas actitudes con nuevas combinaciones de sonidos duros, inmediatos, acordes a las vivencias contemporáneas. En medio de este momento sombrío, mitiga el mal ánimo ver cómo se fortalece esta escena aún sin nombre estricto, que puede identificarse como neo-punk británico. El año 2021 parece anunciarse y manifestarse con este gozoso álbum recién editado, con miras a seguir incendiando los pequeños escenarios rocanroleros (por ahora todavía mentales) de un orbe que se rehúsa a admitir la derrota ante los Bad-Bunnies del mundo. Los veinteañeros de Shame, lejos de ser una vergüenza, son, al lado de toda esta reciente camada, el nuevo orgullo británico.

Twitter: patipenaloza

 

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