En Estados Unidos y en el mundo millones despertamos de una pesadilla infernal de cuatro años caóticos, catastróficos, delirantes. Pero no volvimos a 2015, antes del inefable anaranjado y de la pandemia, cuando al neoliberalismo ya todo le fallaba, pero continuaba reinando sin rivales relevantes. Comparecemos hoy a un mundo de incertezas y desasosiegos, aunque los medios del orbe nos hablan de esperanza. Biden viene de ahí, del corazón del neoliberalismo de Wall Street, palanca y sostén del gobierno de Obama; pero el discurso neoliberal y sus engaños infectos son ahora inservibles. El lobo de Wall Street, con todo, intentará cambiar de piel, sin variar su entraña.

Entre lo destacable del discurso de Biden brilló su anhelo de rescatar la verdad y derrotar a la mentira. “Debemos rechazar la cultura –dijo– en la que los hechos propios son manipulados e incluso fabricados”. La verdad: ¡cuánta falta le hace al mundo! La verdad, desde luego, puede no ser porque no profundice lo suficiente en lo real pero, en ese caso, queda en el ámbito del debate. Puede una verdad así continuar en el consenso. Eso es algo distinto de la pretensión, que ha llegado tan lejos, de sustituirla por un relato construido por las derechas con mentiras viles. Se instaló en todas partes la canalla ambición de crear realidades alternativas como arma legítima de la política. Será ardua la tarea de echar fuera a ese ofidio venenoso hasta que los Trump que en el mundo son acepten con Antonio Machado que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Será de ver cómo lidia Biden con lo público y lo privado proviniendo de la derecha neoliberal. A costa de negar la realidad, el neoliberalismo liquidó lo público. Su papel tanto en el espacio macroeconómico como en la vida de las personas cesó brutalmente. Esa derecha desacreditó ferozmente lo público, lo extirpó; privatizó obsesivamente todo. Los bienes de todos pasaron a ser parte de la propiedad rapaz de unos capitalistas. Sucedió por el orbe. En México inició con la privatización a diestra y siniestra de Carlos Salinas y sus continuadores prianistas.

En la era neoliberal llegó la crisis de 2007-08, y el Estado vino al rescate de los privados. Por décadas interminables el sector público ha estado saciando el hambre insaciable de lucros de los privados. Llegó la masacre de la pandemia, arrasando con la vida principalmente de los pobres, mientras los privados exigen rescate. Es preciso cuidar y curar a las personas del virus mortal, es imperioso defenderlos con un plan de vacunación. Sólo el sector público puede hacerlo. Aquí o en la gran potencia asolada por la pandemia.

¿De qué otra cosa se trata la existencia humana, si no de que todas las personas cuenten con la seguridad de la salud, del alimento, de la educación, del techo, del vestido, de la preservación de las culturas y del hábitat natural? Es el Estado como sociedad organizada la institución que puede llevarlo a cabo con justicia social. Los privados no sirven; la existencia humana así entendida no es su asunto; sólo los lucros valen, las empresas sólo para eso existen, lo han dicho. Biden está ahora al frente del Estado; el contundente peso de la realidad social se le vendrá encima; la reconversión ecológica de la movilidad humana es uno de sus imperativos insoslayables; sólo una voluntad pública puede determinar el rumbo.

En 2015, cuando Bernie Sanders anunció su primera candidatura a la presidencia, la agrupación Democratic Socialists of America (DSA) sumaba 6 mil miembros. Actualmente agrupa a cerca de 120 mil. Aun en su pequeñez, es un crecimiento vertiginoso. Lo que entre sus miembros signifique socialismo democrático, parece un tanto vago, pero aun así ese crecimiento indica una apertura social notable a palabrotas tan espeluznantes en Estados Unidos como socialismo. Es de esperarse que no tenga una vida efímera, como ocurrió a Occupy Wall Street. Ahora mismo parecen estar en la disyuntiva crucial de volverse los opositores socialistas democráticos al gobierno de Biden o quedarse instalados en el ala progresista del Partido Demócrata.

Para el profesor de filosofía y activista de los DSA Ben Burgis, “la única manera de ganar la democracia social en los Estados Unidos… es elegir a cientos de AOC [Alexandria Ocasio-Cortez] y Rashida Tlaib al Congreso y construir un movimiento masivo de la clase trabajadora. Nunca lo conseguiremos actuando como fieles soldados de a pie de la administración Biden, centrando nuestro fuego sólo en los obstruccionistas republicanos”.

The Guardian ha husmeado por ahí y ha hallado que el republicano Rand Paul sabe que si el Senado condena a Trump, un tercio de los republicanos abandonará al partido; también, que hay rumores de que Trump formaría el Patriot Party, y puede postular a Ivanka; o que se trata de una argucia para dominar la cúpula del Partido Republicano.

Trump quiere seguir. Junto con los DSA es parte también de la realidad que a Biden se le viene encima.

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Cultura

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