El 11 de febrero, Pablo González Casanova, el intelectual más connotado y reconocido del México contemporáneo, cumplió 99 años de una vida plena de aportaciones al pensamiento crítico de una ciencia social comprometida con los oprimidos y explotados, los pueblos indígenas y el socialismo.

En unos breves trazos autobiográficos, González Casanova hace memoria sobre las raíces formativas que marcaron las líneas rectoras de su acción y pensamiento: un padre que hereda al hijo su espíritu de rebelión, las ideas socialistas, el pluralismo ideológico, el respeto por las creencias religiosas de los demás y la opción intelectual; una madre que enseñó el orden y la disciplina, la puntualidad y el trabajo doméstico como tarea también de hombres, el arte de vivir y resolver problemas concretos, el gusto por los idiomas y el fortalecimiento de la voluntad.

Los maestros y cursos que dejaron un buen legado de aprendiz de jurista y bachiller con refuerzo importantes en la historia nacional. La influencia decisiva de los maestros de El Colegio de México, cuya mayoría provenía de la España republicana, y que enseñaron a trabajar para pensar, a investigar lo que no sabíamos, y a escribir de lo que estuviéramos seguros, listos a descubrir errores, tras haber hecho esfuerzos por eliminarlos.

La influencia del mejor amigo de esos años, el comunista-martiano cubano Julio Le Riverend, de quien aprendió a ser tolerante con quienes no pensaban como él, incluyendo a conservadores y burgueses. Los aprendizajes de la vida de estudiante graduado en Francia con Fernand Braudel; los teatros, los museos, el arte de la conversación salpicada de humor, agudeza, y referencias a las lecturas del día. Fue en París donde estudió filosofía, sociología y marxismo. En el marxismo, se interesó por ­Gramsci, cuyas obras completas le regaló Vicente Lombardo Toledano. “Yo creo –escribe don Pablo– que la forma libre y justa de pensar que me dejó mi padre se reforzó con la filosofía magnífica de Gramsci, y el sentido patriótico que mis maestras de la primaria, y todo el sistema escolar mexicano, se combinaron con el encuentro del comunismo –que yo conocí por Le Riverend y por un amigo tranviario llamado Suárez– y con el nacionalismo marxista leninista al estilo oficial mexicano, en que Lombardo fue un maestro”.

En una escala más próxima a la lucha política –señala Casanova– “con La democracia en México, inicié una exploración de la libertad, de la participación en el gobierno y el Estado, del problema de la soberanía nacional y estatal, y de la necesaria confluencia en el proyecto de quienes piensan o pensaban con filosofías empiristas o marxistas”.

De la amistad fraternal con Luis Cardoza y Aragón, que se fortaleció con su defensa de Guatemala ante el golpe de Estado, González Casanova reconoce que le debe un curioso método de criticar las revoluciones sin volverse contrarrevolucionario y de apoyar las revoluciones sin volverse adulón.

En “Los caracoles zapatistas: redes de resistencia y autonomía (ensayo de interpretación)”, Pablo González Casanova afirma que el movimiento zapatista ha dado ricas aportaciones a la construcción de una alternativa. La idea de crear organizaciones que sean herramientas de objetivos y valores por alcanzar y hagan que la autonomía y el mandar obedeciendo no se queden en el mundo de los conceptos abstractos ni de las palabras incoherentes. Este proyecto de poder no se construye bajo la lógica del poder de Estado que aprisionaba a las posiciones revolucionarias o reformistas anteriores, dejando en ayuno de autonomía al protagonista principal, fuera éste la clase obrera, la nación o la ciudadanía. Tampoco se construye con la lógica de crear una sociedad ácrata, esa lógica que prevalecía en las posiciones anarquistas y libertarias (y que subsiste en expresiones poco felices como las antipoder, que ni sus autores saben qué quiere decir), pero que se renueva con los conceptos de autogobierno de la sociedad civil empoderada con una democracia participativa, que sabe representar y sabe controlar a sus representantes en lo que sea necesario para el respeto de los acuerdos.

El proyecto de los caracoles es un proyecto de pueblos-gobierno que se articulan entre sí y que buscan imponer caminos de paz, en todo lo que se pueda, sin desarmar moral o materialmente a los pueblos-gobierno, menos en momentos y regiones donde los órganos represivos del Estado y las oligarquías locales, con sus variados sistemas de cooptación y de represión están siguiendo pautas cada vez más agresivas, crueles y necias del neoliberalismo de guerra que incluyen el hambre, la insalubridad y la ignorancia obligada de la inmensa mayoría de los pueblos, ya sea para debilitarlos, para diezmarlos o incluso acabarlos si es necesario, cuando fallen los sistemas de intimidación, cooptación y corrupción de líderes y masas.

¡Felicidades, comandante Pablo ­Contreras!

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Cultura

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