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Como casi toda figura extraordinaria del pensamiento, el arte o la ciencia, el “divino marqués” Donatien Alphonse François Sade (1740-1814) en su tiempo fue incomprendido y perseguido, y en el nuestro, tal vez reducido a sólo un aspecto de su provocadora obra: el sexo y sus extremos. Sin embrago, su gran bandera, lúcida y erudita, como se afirma aquí, fue la libertad.
 

Prohíbo que mi cuerpo sea abierto, bajo cualquier pretexto que pueda hacerse […] Sobre la fosa (donde será enterrado), recubierta, se sembrarán bellotas, a fin de que con el tiempo, una vez el terreno de dicha fosa de nuevo provisto de matorrales como lo estaba antes, las huellas de mi tumba desaparezcan sobre la superficie de la tierra, como me halaga pensar que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres.”

”Hecho en Charenton-Saint-Maurice, en estado de razón y de salud, el 30 de enero de 1904.

”Firmado: D.A.F. Sade.”

 

Tal es la última voluntad de uno de los hombres más lúcidos y libres del llamado Siglo de la Luces. ¿Se trata de un último rasgo de humor imaginar que su memoria se desvanecerá de la faz de la Tierra, o es acaso un escupitajo blasfematorio contra la posteridad?

Para André Breton, quien incluye parte del testamento de Sade en su Antología del humor negro, es posible “ver la manifestación de un humor supremo en este último párrafo, en contradicción escalofriante con el hecho de que Sade pasó, por sus ideas, veintisiete años, bajo todos los regímenes, en once prisiones e hizo un llamado, con una más dramática esperanza que cualquiera, al juicio de la posteridad”.

Encarcelado en fortalezas y manicomios por su pensamiento subversivo como ningún otro, expresión del “más libre espíritu que haya aún existido”, según testimonio de Guillaume Apollinaire, Sade fue llamado el “divino marqués”, así calificado en recuerdo del autor renacentista de los Sonetos lujuriosos, el “divino Pietro Aretino”, de quien se afirma que murió de risa. Si Donatien Alphonse François Sade borra de su firma, acaso por orgullo, el título de marqués, su patronímico se convertirá en sustantivo universal: el vocablo “sadismo” entrará en los diccionarios de las diferentes lenguas habladas hoy por los hombres.

La palabra “sadismo” es una simplificación que reduce la obra de Sade a su caricatura y, como tal, impide ver la profundidad del escándalo literario y filosófico que representa la irrupción de los escritos de este hombre poseído, quién sabe si por un ángel o un demonio, pues nadie puede pretender responder con certeza a esta enigmática pregunta que rebasa los límites de la razón.

De su escritura erótica, e incluso pornográfica, brota una filosofía revolucionaria que se erige en verdadera ciencia de las costumbres y la moral, al derribar tabúes y transgredir las prohibiciones consideradas por el pensamiento conservador como bases de la civilización. Sade participará en la Revolución y su anticlericalismo lo enemistará con Robespierre, siendo así perseguido también por el régimen del Terror como antes lo fue por la monarquía y el Directorio, y lo será más tarde por el imperio.

La libertad de pensar es para Sade la libertad suprema que defenderá contra todo y contra todos:

Mi libertad de pensar, decís, no puede ser aprobada. ¡Eh, qué me importa! Bien loco es quien adopta una manera de pensar de otros. Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones; es mi existencia y mi organización. No soy quién para cambiarla; y si lo fuera, no lo haría. Esta manera de pensar que culpáis es la única consolación de mi vida: ella aligera todas mis penas en prisión y la prefiero a mi vida. No es mi manera de pensar lo que produce mi desgracia, sino la manera de pensar de los otros.

La tradición es retener de la obra de Sade sólo la dimensión sexual expuesta, página tras página, con una precisión y una acumulación de detalles y descripciones que desbordan cualquier medida, con riesgo de aterrorizar al lector normal, espantado por un sentimiento de horror frente al cual no le queda más que la huida. Quizá sería necesario, antes de huir, aceptar lo que verdaderamente escribió este autor maldito. Más allá de las escenas de sexo, una obsesión vuelve en forma continua y marca con su poder destructor el pensamiento, hoy se diría la ideología, del divino marqués de Sade: la obsesión precisa de acabar con Dios. La frase muy conocida de Nietzsche, que ha suscitado tantos comentarios, “Dios ha muerto”, podría ser expresada en forma nueva e inesperada si se osara escribir: “Sí, Dios está muerto, Sade lo mató y Nietzsche presentó su esquela mortuoria.”

Condenado a muerte varias veces, el marqués de Sade escapó en su tiempo a la guillotina. En tiempos anteriores habría podido morir en la hoguera, como perecieron condenados por la Inquisición herejes y espíritus rebeldes. Si Pietro Aretino se salvó de la hoguera en su época, el siglo xvi, fue por ser el “azote de los poderosos”, quienes temían su lengua satírica y preferían subvencionarlo con el deseo de ver caricaturizados a sus rivales, tal como lo hicieron François i y Carlos v. Tan sólo su blasfematorio epitafio, que ordenó grabar sobre su tumba sin ser obedecido, compuesto por él mismo, habría podido costarle la vida: “Aquí yace Pietro Aretino, poeta toscano,/ Que de todos hablaba mal, salvo de Dios,/ Excusándose al decir: “no lo conozco.” 

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