Print this page

Las elecciones presidenciales del próximo 1 de julio ya se encuentren a la vuelta de la esquina. Y una vez más, pese a todas las promesas hechas, la participación de millones de mexicanos en el extranjero ha quedado reducida a su mínima expresión.

Entre los muchos integrantes de la diáspora mexicana, principalmente en Estados Unidos, el carácter épico y trascendental de este proceso electoral, sólo ha conseguido acentuar la sensación de burla y estafa que han arrastrado durante generaciones.

Una sensación que les ha acompañado desde el momento mismo en que se vieron obligados a abandonar su país por falta de oportunidades o por cuestiones de supervivencia.

Durante casi 100 años, millones de mexicanos fueron víctimas de una política de Estado que les arrebató sus derechos políticos y constitucionales. De hecho, durante la década de los 80 y los 90, altos cargos del gobierno mexicano reconocían en privado que esta política se había convertido en una “razón de Estado” para evitar que los migrantes en Estados Unidos aceleraran con su voto de castigo el colapso definitivo del PRI, tras el desgaste y deterioro acumulados durante 70 años en el poder.

“Muchos de ellos están desinformados. No racionalizan y no entienden bien la realidad política mexicana y votarían con la víscera, antes que con la razón”, nos aseguraba en corto un alto cargo de la Secretaría de Gobernación a mediados de los 80.

Hacia el año 2000, cuando el PRI perdió finalmente sus primeras elecciones presidenciales, todas las razones de Estado que habían impedido el voto de los mexicanos en el extranjero parecían haber caído por su propio peso.

A pesar de ello, muchos fueron los que desde las instituciones y partidos políticos siguieron objetando y escamoteando el derecho al sufragio desde el extranjero frente al reclamo legítimo de quienes habían sido condenados al ostracismo político.

En el año 2006, cuando por fin se reconoció el derecho de millones de mexicanos residentes en el extranjero a votar, muchos quisieron creer en la voluntad política de un gobierno dispuesto a recibir con los brazos abiertos a la diáspora mexicana en el banquete de la democracia participativa y electoral.

Tristemente, pese a todas las promesas, tras cada una de las elecciones presidenciales que se han celebrado desde entonces, su condición de “convidados de piedra” ha vuelto a confirmarse.

Como botón de muestra las cifras definitivas que ha ofrecido el Instituto Nacional Electoral (INE) en el extranjero. Según estas, el total de mexicanos que podrán ejercer su voto el próximo 1 de julio ascenderá a sólo 181,256.

Una cifra que se ha quedado muy lejos de las expectativas creadas por el gobierno federal, las autoridades electorales y los partidos políticos. No sólo eso. Si tomamos en cuenta que el INE informó que el proyecto del voto en el extranjero costó 270 millones de dólares, el sufragio de los electores mexicanos fuera de la República Mexicana será uno de los más caros en el mundo.

A pesar de que algunos funcionarios del INE han querido engatusarnos con la teoría del “vaso medio lleno”, asegurando que la cifra de mexicanos en el extranjero es superior a la que participó en 2012 (en total 42 mil), el número de electores que podrían votar en este 2018 es francamente insignificante por donde quiera que se le compare.

Por ejemplo, si tenemos en cuenta que al día de hoy en Estados Unidos radican más de 35 millones de personas de origen mexicano (y que, de este gran total 11.6 millones nacieron en la República Mexicana), el número de mexicanos registrados para votar es escasamente representativo.

El porcentaje de representatividad se antoja todavía más injusto si se le compara con el ingreso récord de divisas que han enviado los esforzados miembros de la diáspora mexicana durante  2017.

Más de 28 mil millones de dólares. Una cifra que ha consolidado a las remesas como la segunda fuente de ingresos en importancia, sólo por detrás de las exportaciones automotrices.

Esta inyección de dólares, a los maltrechos bolsillos de millones de familias mexicanas, han reducido a los inmigrantes mexicanos a su triste, aunque irremplazable, condición de “paganos” en el plano económico, mientras siguen siento tratados como “convidados de piedra” en la arena política.

“Por desgracia, todo esto del voto desde el extranjero, sigue siendo pura demagogia y simulación”, aseguró Juan José Gutiérrez, de la Coalición Derechos Plenos para los Inmigrantes en Los Angeles.

“Con las últimas cifras de electores registrados desde el extranjero, tenemos que llegar a la conclusión de que, por desgracia, seguimos sin advertir adelanto significativo alguno. Y lo que resulta más evidente es que la estratagema de las autoridades mexicanas parece ser la de acallar la voz y el deseo de cambio de los mexicanos desde el extranjero”, añadió Gutiérrez.

Por ello, añadió, “demandamos y exhortamos a quien resulte electo como presidente de la República Mexicana que se comprometa de una vez por todas a hacer efectivo que se deje de violar la Constitución de México y se extienda de la forma más efectiva e inmediata el derecho de las y los mexicanos, que así lo deseen, a votar desde cualquier parte del mundo”.

Read 29 times
Login to post comments
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…