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Por apenas siete décimas de un punto porcentual, los votantes ecuatorianos forzaron a la realización de una segunda vuelta electoral el próximo 2 de abril para escoger al nuevo presidente de la república entre Lenín Moreno, del oficialista Alianza País, y el empresario Guillermo Lasso, de Creando Oportunidades (CREO), el partido opositor. El balotaje se anticipa muy reñido entre quienes apuestan por la continuidad de Alianza País en el poder, el movimiento liderado por Rafael Correa que ha gobernado al Ecuador desde enero de 2006, o por un giro político hacia un partido que promete poner fin a la llamada Revolución Ciudadana y restablecer un clima de libertades y entendimientos democráticos en el país.

Si Lenín Moreno hubiese alcanzado el 40 por ciento de los votos válidos, y no el 39,3 por ciento, habría sido la tercera vez consecutiva que Alianza País ganaba una elección presidencial en primera vuelta. Los otros dos triunfos ocurrieron en las votaciones de 2009 y 2013 cuando Correa se impuso con una amplia mayoría. Si bien la votación de Moreno muestra que Alianza País conserva una fuerza electoral significativa, los resultados de conjunto revelaron un giro en las preferencias de los electores hacia los candidatos presidenciales de oposición. Hace cuatro años, Correa se impuso con el 57,7 por ciento de los votos válidos. El domingo, la votación conjunta de todos los candidatos opositores sumó un porcentaje muy similar, lo que revela un nuevo escenario de fuerzas. 

La reciente elección estuvo marcada por dos hechos clave: el relevo del liderazgo de Correa en Alianza País y la disputa por el liderazgo de la derecha entre dos grupos rivales.

Para un movimiento dominado por un liderazgo tan fuertemente personalizado, el relevo de conducción política resulta un desafío enorme. Correa ha sido el eje ideológico de Alianza País, su principal capital político y su fuente de legitimación, de modo que su pase a retiro abre el peligro de un vacío de conducción. El movimiento podría perder su rumbo y horizonte político en un momento de transición; y el país entraría en un ambiente de mayor incertidumbre y conflictividad.

En el marco del llamado giro a la izquierda de América Latina, la Revolución Ciudadana fue un proyecto de refundación nacional que prometió llevar a los ecuatorianos a una segunda y definitiva independencia, como lo hizo Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. Correa le dio estabilidad a Ecuador después de una década que vio desfilar a nueve presidentes por el Palacio de Carondelet. Pero en su trayectoria degeneró en un proyecto autoritario, poco transparente, con un dominio caudillista y estatal de la vida social y política, que devolvió al país a sus viejas tradiciones populistas y lo alejó de un horizonte renovado de vida democrática.

Para la derecha, mientras tanto, las elecciones del domingo fueron una suerte de primarias entre Guillermo Lasso y Cynthia Viteri del Partido Socialcristiano (PSC), quienes a pesar de su proximidad ideológica, no lograron un acuerdo para ir con una sola candidatura en primera vuelta. La división impidió la conformación de un bloque político sólido desde la derecha que pudiera ofrecer un desafío más fuerte al movimiento de gobierno desde la primera vuelta electoral. Los líderes del PSC ofrecieron en la misma noche del domingo, tras conocer los resultados, su apoyo a Lasso. Los votos de las dos candidaturas sumaron 44,3 por ciento de los votos válidos. Si bien se puede afirmar que Lasso y Moreno parten con un soporte de apoyo bastante similar, la gran interrogante será si el candidato opositor podrá capturar toda la votación del PSC y algo de ese 15 por ciento de electores que optó por alguna de las otras cinco candidaturas claramente opositoras.

Lasso es un exbanquero guayaquileño que en 2010 fundó el partido CREO. Muchos consideran a CREO como una simple plataforma electoral montada para llevar a su máximo dirigente a la presidencia. En la elección de 2013 se ubicó en la segunda posición detrás de Correa con el 22,3 por ciento de los votos válidos. Defiende ideas liberales en la economía, un papel restringido del Estado y promueve una visión conservadora de la sociedad centrada en la familia. Su campaña de primera vuelta se orientó a capturar el voto duro anticorreísta.

Cualquiera de los dos candidatos que triunfe deberá enfrentar las incertidumbres del agotamiento de un ciclo político. Heredará un país con una economía en recesión, afectada por un agudo déficit fiscal y graves desequilibrios externos, que le obligarán a poner en marcha un programa de ajustes. Para poder enfrentar las elecciones con mayores posibilidades de éxito, el gobierno de Correa disimuló la crisis fiscal mediante la contratación de préstamos por un monto equivalente al 15 por ciento del PIB en los últimos 12 meses. Aún así, la economía ecuatoriana decreció 1,7 por ciento en el 2016, según estimaciones del Banco Central de Ecuador.

El modelo económico de la Revolución Ciudadana se sostuvo en la prosperidad fiscal generada por los altos precios del petróleo y un aumento de las recaudaciones tributarias. Ese modelo permitió un amplio activismo del Estado a través de un crecimiento sin precedentes de la inversión pública y el gasto social, sobre el cual se sostuvo el prestigio carismático de Correa, quien además contaba con una mayoría del 75 por ciento en la Asamblea Nacional.

El nuevo escenario político también muestra que habrá mayor dispersión de fuerzas en el parlamento, aunque Alianza País tendrá un bloque de mayoría, según los primeros resultados. Si ganase la elección Lasso, Ecuador tendría un presidente con una minoría legislativa, expuesto a relaciones muy difíciles con la asamblea, que pueden reeditar las viejas pugnas de poder institucional propias del presidencialismo ecuatoriano. Moreno, en cambio, tendría un escenario más cómodo con el congreso, pero deberá convivir con la sombra de Correa y la amenaza permanente de un vacío de liderazgo en Alianza País.

Para Moreno será muy difícil convertirse, como fue Correa, en el factor aglutinante de las heterogéneas facciones dentro del movimiento. Además, su candidato a la vicepresidencia, Jorge Glas, actual vicepresidente, lleva a cuestas serias acusaciones de corrupción que han dañado su imagen y prestigio. Si el binomio ganador fuese Moreno-Glas tendrán que hacerse cargo de la fatiga y el cansancio manifestado por amplios sectores de la sociedad ecuatoriana tras diez años de polarización y maltratos sistemáticos a los críticos y opositores al régimen. Alianza País impuso sobre Ecuador un sistema político con un amplio dominio del ejecutivo y la pérdida consiguiente de los mecanismos de equilibrio y balance de poder propios de las democracias representativas.

Para Ecuador, la elección del 2 de abril plantea dilemas complejos. Por un lado, sortear la crisis económica sin caer en los mismos escenarios de inestabilidad gubernamental y agitación social de la década de los noventa. Y de otro, restablecer un horizonte democrático sobre la base de una visión pluralista de la vida social y política.

Quienquiera que resulte electo estará obligado a generar un clima de diálogo y tolerancia sustentado en el respeto al ejercicio de los derechos y libertades individuales y colectivos. Será el único antídoto posible para evitar que la polarización de los últimos diez años siga destruyendo la convivencia democrática del país.

 

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