Odisea de una familia separada por la política antimigrante de Donald Trump

Yeni González dejó su casa en una zona rural de Guatemala a mediados de mayo. Días después, por la noche, cruzó la frontera sur de Estados Unidos con sus tres pequeños hijos. La Patrulla Fronteriza los recogió, dijo, y los llevó a todos a un centro de detención cerca de Yuma, Arizona.

A las cinco de la mañana, los agentes despertaron a los niños y se los llevaron.

Los hijos de González —Deyuin, Jamelin y Lester— son parte de los más de dos mil menores migrantes que fueron separados de sus familiares adultos bajo la política de “tolerancia cero” del gobierno de Trump.

A pesar de la orden ejecutiva de acabar con las separaciones familiares y de la orden de un juez que exhorta a las autoridades federales a reunir a las familias en menos de treinta días, la mayoría de ellas siguen separadas.

Esta semana, la familia de González se convirtió en una rara excepción.

“Nueva York”, dijo, cuando vio la silueta de la ciudad desde el auto. “Todo mi corazón está ahí”.

 

Mientras estaban en centros de detención en Arizona, Deyuin, Jamelin y Lester fueron enviados a un albergue en Nueva York junto con más de trescientos niños. Los niños separados de sus padres en la frontera estaban repartidos en diecisiete estados.

González todavía no puede recuperar a sus hijos debido a una larga lista de requerimientos del gobierno federal, pero pudo verlos de nuevo el 3 de julio, después de más de cinco semanas de su separación.

La relativamente rápida reunión fue el resultado de los esfuerzos de la familia de González —contactaron a un abogado de migración de Nueva York después de localizar a los niños— y del arduo trabajo de un grupo de madres del área de Nueva York que escucharon la historia de González en la radio.

El grupo lanzó una campaña de financiación colectiva para cubrir los 7 500 dólares de fianza y organizaron una caravana impulsada por voluntarios para llevarla en auto hasta Nueva York (ella no podía tomar un avión porque las autoridades migratorias habían decomisado su identificación).

Nosotros la acompañamos durante la primera y la última parte del viaje de cuatro días desde Arizona hasta Nueva York; durante el recorrido pudimos conocer lo que había atravesado.

 Deyuin, de 6 años; Jamelin, de 9, y Lester, de 11, en Cayuga Centers en Manhattan 

Mientras González estaba detenida, sus hijos fueron entregados a Cayuga Centers, la más grande de las diez agencias de servicios sociales en la zona de Nueva York, donde los niños separados fueron asignados. Ellos vivieron con una familia temporal junto con otros niños.

Los menores pudieron hablar con su madre solamente dos veces durante el tiempo en que estuvieron separados. Jamelin, la niña, le dijo a su madre que tuvo que cepillarse su propio cabello y que tenía dolores en el pecho. Bajo la sospecha de que era emoción reprimida, su madre le dijo que se desahogara (que llorara). Jamelin dijo que no tenía permiso para llorar. Sus cuidadores la habían regañado. “Ellos le dijeron que si lloraba su caso iba a ponerse más lento”, contó su madre.

González estuvo en dos centros de detención en Arizona. En el primero, afuera de Tucson, la mantuvieron en un área fría que ella llamó “la hielera” durante más de dos semanas. Asegura que la retuvieron con decenas de mujeres, sin camas y solamente con mantas isotérmicas para calentarse.

Con las luces constantemente encendidas, las mujeres perdían la noción del tiempo, dijo González, y frecuentemente se sorprendía al descubrir que era el mediodía y no la madrugada. “Ni siquiera teníamos el derecho de saber la hora”, dijo.

El 28 de junio, la fianza de González fue depositada en la ciudad de Nueva York por la mujer que había comenzado la campaña de financiación colectiva, Julie Schwietert Collazo, una escritora y madre de tres hijos. Horas después, González fue liberada y emergió del Centro de Detención Eloy con su abogado de Nueva York, José Xavier Orochena.

Mantuvo la cabeza baja y tenía lágrimas en los ojos mientras hablaba con algunos periodistas que llegaron al lugar.

La noche en que fue liberada, González se reunió con Janey Pearl Starks, una activista de inmigración que vive en Phoenix y que fue la primera de varios anfitriones y choferes en su travesía. Esa noche, en Phoenix, Pearl Starks llevó a González a su habitación de hotel.

Después de vestir la misma ropa durante semanas, González fue a J. C. Penney con su abogado para comprar algunas prendas para el recorrido.

En el centro de detención, dijo González, a cualquier hora se podía escuchar a mujeres llorando. Muchas de ellas eran madres que también habían sido separadas de sus hijos. Para consolarse, se reunían y entonaban canciones religiosas. “Silenciosamente”, para no atraer la atención de los guardias.

El día en que González fue liberada, las mujeres trenzaron su cabello y, en abierto desafío a las órdenes de no tocarse o abrazarse, se formaron para darle un abrazo de despedida.

“Habla, Yeni”, recuerda González que le dijeron. “Diles a todos lo que nos ha pasado aquí”.

Después de salir de Arizona, González contó con la ayuda de varios voluntarios en diversos estados. Con solo una mochila a cuestas, fue cambiando de autos día a día. Su lugar favorito en el trayecto fue Chicago, donde se maravilló con los rascacielos y el lago.

En Pensilvania, González se sentó con Sarah Menkedick en un porche de Pittsburgh antes de que el esposo de la mujer, Jorge Santiago, se dispusiera a llevarla hacia Nueva York. Hablaron sobre el trabajo de González en Guatemala como empleada doméstica y sobre sus hijos.

La gente que conoció en el viaje quería que se supiera que había personas en Estados Unidos a quienes les importaba lo que le había ocurrido, dijo González. Sus reuniones a menudo concluían con abrazos y lágrimas; el contacto humano que González dijo que extrañaba cuando estaba detenida. 

Cada día que pasaba en el camino, González se abría un poco más. Lloró mientras recordaba el momento en que la separaron de sus hijos.

El 2 de julio, en una sofocante noche de verano, González llegó a Nueva York. En uno de dos mitines, en Long Island City, fue abrazada por una mujer que portaba un letrero que decía: “Yeni, mi nueva hermana estadounidense, estamos aquí para darte la bienvenida”.

La mujer dijo que era madre de tres hijos y que provenía de Queens. “No puedo ni siquiera imaginarme”, dijo Mary Jobaida. “Las familias estadounidenses estamos aquí para apoyarla. Todos estamos aquí por Yeni. Y por todos aquellos que todavía esperan a ser reunidos con sus familiares. Tenemos los dedos cruzados por ellos”.

Finalmente, la mañana del 3 de julio, González pudo ver a sus hijos. Acompañada por su abogado, Pearl Starks, y Adriano Espaillat, un representante demócrata cuyo distrito incluye partes de Harlem, llegó a Cayuga Centers.

Salió más de una hora después, sosteniendo una paleta azul y blanco. Tenía palabras de agradecimiento para todas las personas que colaboraron. “Gracias a ellos estoy aquí, libre, viendo a mis hijos. Gracias a todas las personas que ayudaron a traerme desde Arizona. Gracias a todos”, dijo.

Y agregó: “Gracias a la ciudad de Nueva York”.

Su hija Jamelin le había dado la paleta.

Cuando vio a sus hijos, contó González, se desplomó sobre sus rodillas.

A pesar de lo que había sucedido ese día, acechaban dudas sobre el largo camino que quedaba por delante. El abogado de González presentó dos solicitudes de patrocinio, para que González o un familiar en Carolina del Norte pudieran asumir la custodia de los niños, pero le dijeron que hay un retraso en la toma de huellas dactilares, por lo que podrían pasar hasta sesenta días antes de que sean liberados. Mientras tanto, en Arizona, otros representantes asistieron a las audiencias en la corte migratoria en nombre de González, para que no fuera deportada por no presentarse.

 
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