En México más de 5 mil migrantes han sido víctimas de violencia a pesar del programa "frontera segura"

“Los dos se estaban ahogando y el guatemalteco aflojó a mi hijo”. Carlos Alfredo Gómez resume así lo que supone el final de su hijo, que lleva su mismo nombre, y quien según informes de sus acompañantes se ahogó en las aguas del río Bravo el pasado 21 de agosto.

El joven Carlos había hablado con su padre un día antes. Le dijo que unas horas después intentaría cruzar la frontera. Y así lo hizo, según el relato que un amigo del muchacho, de nacionalidad hondureña como él, hizo un par de días después por teléfono.

El amigo de Carlos contó que tomaron un camión a un pueblo cercano a Piedras Negras, Coahuila. Viajaron una hora por carretera y luego siguieron, a pie, hasta llegar al río.

Carlos fue el primero en lanzarse. Los demás vieron que se estaba ahogando y un joven guatemalteco se arrojó con la intención de rescatarlo. No pudo.

El amigo cerró su relato: “Al salir del otro lado miramos la mochila de Carlos, pero él ya no salió”. 

No hay cuerpo, ni acta de defunción ni informe alguno sobre la suerte de Carlos. Su padre cree que está muerto, pero no descansará hasta tener certeza.

-¿Sabía nadar?

-Pues sí, pero en una alberca, en ese río… pues no.

En Honduras, Carlos Gómez pidió ayuda en la cancillería. Nada.

Su hijo salió de su casa en Tegucigalpa el 21 de junio. “A los 20 días ya estaba en la frontera. Me dijo el nombre de la ciudad pero no lo recuerdo. Sólo me dijo que hacía mucho calor. Ahí estuvo unas semanas a la espera de una mochila con la que iba a pasar del otro lado”.

-¿Una mochila?

-Sí, con droga. La mafia se las da y la misma mafia les dice por dónde pasar. Pero no le cumplieron. Se cansó de esperar y se fue a Piedras Negras.

La caravana, esperanza de las familias

Un empleado de la cancillería hondureña recomendó a don Carlos acudir “a una organización que ayuda”. Así fue como se incorporó a la caravana que organiza el Movimiento Migrante Mesoamericano, que en los primeros días de diciembre partió de Centroamérica y recorrió medio México en busca de migrantes desaparecidos o que perdieron contacto con sus familias.

Don Carlos no tuvo la suerte de otros integrantes de la caravana.

Como Catalina Narcisa, quien se reencontró con su hijo en el comedor de Las Patronas, en Veracruz, tras 20 años sin verlo. O Clementina Murcia, que tuvo que viajar desde San Pedro Sula para encontrar a su hijo Mauro en Guadalajara. Su paisana Justina Hernández se subió por primera vez a un avión para ir a Mexicali, para encontrarse con su hijo Javier, de quien no tenía pistas desde 2004. Otros cuatro casos se suman a la lista de éxitos de la caravana y confirma que la organización de las familias migrantes suple la incapacidad gubernamental.

Pobreza, violencia y modelo neoliberal

Carlos Gómez forma parte del grupo que el experto Jorge Durand llama los “migrantes desarraigados”, personas que “perdieron el anclaje con sus lugares de origen” y cuyo número se ha incrementado en la última década.

En una recuente conferencia magistral que ofreció en la Universidad Nacional, Durand dibujó el mapa de lo que llama “sistema migratorio mesoamericano” y dio luces sobre los retos que México y la región encaran en materia de migración.

Sobre los desarraigados, expuso: “¿Qué es el campesino? Un arraigado a la tierra. Cuando se pierde ese arraigo, a tu barrio, a tu ciudad, a tu país, eres un desarraigado”.

Para Durand, el desarraigo es producto de la articulación de tres factores: pobreza extrema, violencia sistémica e irrupción del modelo neoliberal.

En los años sesenta o setenta, explicó, “los centroamericanos eran todavía más pobres que hoy, pero estaban arraigados a su tierra, a su ciudad, a su país, lo que hoy en día no ocurre”.

La ecuación es simple: cuando no se tiene un modo de subsistencia, la única salida es huir, como ocurrió con Carlos, quien ya había estado un par de ocasiones en Estados Unidos, donde tiene familia, y a quien su oficio de carpintero no le permitía sobrevivir en Tegucigalpa.

El grupo de “migrantes desarraigados” es el que aporta significativamente más niños y adolescentes. La migración de menores, que sigue en ascenso hasta 2016 según las cifras que cita Durand, tiene en primer lugar a los procedentes de Guatemala, seguido de Honduras y El Salvador. Esto podría explicarse porque los procesos de reunificación familiar tienen que ver con la “maduración de las redes” (a mayor estabilidad en los lugares de destino, más posibilidades de propiciar la reunificación). En el caso de Guatemala, explicaba Durand, hay un proceso de “reunificación familiar tardío”, es decir, familias que no tuvieron entre sus miembros a los beneficiarios de IRCA (siglas en inglés de la Ley de Reforma y Control de la Inmigración, de 1986).

A partir de datos del investigador Ernesto Rodríguez, Durand mostró que la migración centroamericana va en sentido contrario a la mexicana, que ha disminuido de manera consistente desde 2007-2008. (El trabajo citado fue “Tendencias en el flujo total de centroamericanos en tránsito irregular por México”, de Rodríguez).

Los migrantes “desarraigados” son los que encuentran cobijo en la red de casas de migrantes esparcidas por todo México, que en su mayor parte funcionan con el apoyo de organismos civiles e iglesias.

Los saldos del Programa Frontera Sur

Para examinar la situación de los “migrantes desarraigados”, Durand recurrió a la encuesta de la Red de Organizaciones Defensoras de los Migrantes (REDODEM), en tres ediciones que abarcan de 2014 a 2016. Se trata, explicó de una muestra muy amplia, de casi 100 mil casos, y nos proporciona una idea de las características sociodemográficas de este grupo de migrantes.

Según esta encuesta, los “migrantes desarraigados” son sobre todo hombres (89 por ciento) y tienen entre 18 y 30 años.

Lo que no resulta “típico” es la migración de niños y adolescentes (3.4 por ciento) y de mujeres (11 por ciento).

Durand destacó también los siguientes datos: un tercio no tienen educación y sólo uno por ciento tiene algunos estudios superiores.

Se trata de pobres urbanos y rurales (un tercio proviene del campo), la mitad son solteros y no tienen hijos ni dependientes.

En cuanto a los solicitantes de asilo, casi 7 mil son de Honduras, 6 mil de El Salvador y 647 de Guatemala.

Las solicitudes de asilo han ido creciendo la solicitudes de asilo, y las casas de migrantes se hacen cargo de este proceso.

A pesar de la “frontera segura” ofrecida por el gobierno de Enrique Peña Nieto, 5 mil 298 migrantes afirmaron haber sido víctimas de violencia (mil 347 en calidad de testigos). Los robos, las extorsiones y los secuestros son los delitos más comunes.

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