Monday, 20 March 2017 00:00

Restricciones por parte de Donald Trump alertan a grupos defensores de los derechos humanos y su propia comunidad de seguridad

Escrito por  Joan Faus/El País
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Donald Trump quiere que sus militares y espías se asemejen más a él. Fiel a su temperamento volcánico y su doctrina de mano dura, el presidente estadounidense promueve el fin de la cautela impuesta por Barack Obama. En sus primeros dos meses en el Despacho Oval, Trump ha dado al Pentágono más autoridad para llevar a cabo operaciones sin la necesidad de ser aprobadas antes por la Casa Blanca, y ha permitido que la CIA, junto al Ejército del aire, vuelva a participar en los ataques con drones contra objetivos terroristas.

El aparente fin de los días del llamado micro-management del equipo de Obama en la Casa Blanca es un alivio para el Pentágono, la CIA o el Departamento de Estado, que se desesperaban porque decisiones como el envío de helicópteros de Irak a Siria propiciaran extensos debates en el círculo íntimo del último presidente.

Pero el levantamiento de restricciones de Trump preocupa a grupos de derechos humanos e incluso inquieta a la propia comunidad de seguridad. Entender qué piensa realmente el republicano es la prioridad número uno de políticos y diplomáticos de todo el mundo. También de sus militares y espías dada la imprevisibilidad del magnate inmobiliario.

Como candidato electoral, Trump dijo saber más que los generales y humilló al padre de un soldado musulmán muerto en combate. Pero, como presidente, ha colocado a tres generales en su Gobierno y ha seguido el criterio del Pentágono en rechazar la tortura y apoyar la OTAN. También se ha deshecho en elogios al mundo castrense y ha promovido el mayor aumento del gasto militar en una década.

Antes de su investidura, el republicano equiparó a la comunidad de inteligencia con la Alemania nazi y criticó la acusación de que Rusia quiso ayudarlo en la campaña electoral con el robo de correos del Partido Demócrata. Pero su primer acto como mandatario fue visitar la sede de la CIA y decir que estaba al “1.000%” con la agencia.

¿Cuán sólido es ese apoyo? Esa es la gran pregunta.

Su reacción ante uno de sus primeros reveses puede ser ejemplificadora. Trump atribuyó a la cúpula militar la muerte en enero, en su primera semana como presidente, de un soldado en una operación antiterrorista en Yemen. “Ellos querían hacerlo, me contaron qué querían hacer”, dijo en una entrevista sobre el fallido asalto en que murió el Navy Seal Ryan Owens. “Ellos perdieron a Ryan”, agregó en referencia a los generales.

 

Dentro del Ejército, hay quienes temen que la flexibilidad de Trump al dar rienda suelta a sus militares, tanto en sus logros como errores, pueda responder a una ausencia de liderazgo. El general Raymond Thomas, responsable del comando de Operaciones Especiales, criticó en febrero el “lío increíble” que había entre altos cargos del Gobierno.

Trump también ha dado su visto bueno a que se intensifiquen los bombardeos de EE UU contra posiciones terroristas en Yemen sin tener que pasar por un riguroso proceso de aprobación de la Casa Blanca. Y ha diluido la barrera, levantada por Obama en 2013, entre la CIA y el Pentágono en los ataques con drones en países como Yemen o Siria.

El expresidente demócrata estableció que la CIA se encargara de localizar al sospechoso, pero que quien apretara el gatillo de los aviones no tripulados fuese el Ejército. El motivo era ensalzar la búsqueda de transparencia y de rendición de cuentas: el Ejército, a diferencia de la CIA, revela sus ataques y detalla el número de muertos, sean terroristas o civiles.

Christopher Swift, experto en terrorismo en la Universidad de Georgetown en Washington, sostiene que es pronto para calibrar el impacto de ese cambio y que puede ser más un viraje de estética de que fondo. “No es algo sorprendente porque generalmente los conservadores quieren que haya más flexibilidad en estos programas. Aunque las Administraciones demócratas acaben haciendo lo mismo, son más sensibles a las críticas”, dice Swift, que conoce a fondo la campaña de ataques con drones en Yemen.

El experto esgrime que el debate es quién es “el capitán del equipo de fútbol” y que, por ahora, la Administración Trump no ha dado señales de querer emprender un giro de 180 grados en la política antiterrorista. Ya sea en la estrategia contra el Estado Islámico en Irak o Siria, donde EE UU ataca desde el aire y cuenta con un número limitado de asesores militares sobre el terreno. O en los bombardeos selectivos con drones desde la retaguardia a objetivos terroristas en Yemen, Somalia o Afganistán. “Creo que hay mucho de imagen de hablar duro y parecer duro, pero continuando la campaña de la anterior Administración”, dice Swift.

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