Naomi Klein periodista, ensayista y activista canadiense llama a Donald Trump "una persona despiadada e ignorante"

El último libro de Naomi Klein recuerda a los videojuegos de antes: por más que uno avance y cambie de pantalla -los excesos del neoliberalismo, las amenazas de la democracia, la emergencia del cambio climático-, al final siempre hay un enemigo. En este caso, un enemigo que hace justo un año se convirtió en presidente de EEUU.

Donald Trump no sale precisamente bien retratado en las páginas de Decir no no basta(editorial Paidós). El hombre más poderoso del planeta es, a ojos de la Klein periodista, ensayista y activista, simplemente «el mangante en jefe». «Una persona despiadada y alarmantemente ignorante». «Un pastiche de prácticamente todas las peores tendencias del último medio siglo».

Klein no capta el símil del videojuego cuando se lo intentamos explicar cara a cara en un hotel de Barcelona, pero no importa. A la que está considerada como la voz de la conciencia del post capitalismo, autora de superventas como No logo o La doctrina del shock, no le vamos a exigir que conozca el imaginario de las salas recreativas ochenteras. Para ella Trump es un reality, no un personaje de Stranger things

Si tuviera que elegir una palabra para definir este último año, ¿cuál sería?
Desconcierto. Desconcierto ante el show de Trump. Creo que su gran habilidad es que es capaz de desestabilizar a la gente constantemente. Su presencia permanente en los medios de comunicación hace difícil encontrar un espacio para la reflexión.
Afirma en su libro que la presidencia de Trump provocará shocks económicos, climáticos, de seguridad... y anima a rebelarse civilmente contra su proyecto. ¿Cómo?
Una de las cosas que sigue enfadando a la gente es la idea de que el triunfo de Trump fue una sorpresa. Eso explicaría lo que muchos de nosotros sentimos después del 11-S o de la crisis de 2008, cuando tuvimos que enfrentarnos a algo que no habíamos visto antes y no sabíamos cuáles eran las normas. Cuando se produce ese vacío, como entonces, es posible que se intenten aplicar políticas muy peligrosas con el pretexto de restaurar el orden. En mi libro trato de explicar que Trump no es un shock, sino un cliché. Mi mayor temor es que pueda capitalizar hechos provocados por fuerzas externas, como un ataque terrorista. Cuando se produce un atentado en otros países, Trump se refiere a ellos y dice que ésa es la razón por la que hay que restringir la inmigración, recuperar la tortura y llenar Guantánamo... Yo insto a la gente a que salga a la calle para desafiar ese estado de emergencia.
El 'showman' Trevor Noah sostiene que Trump está conduciendo lentamente al país a un lugar donde sólo le seguirán sus más seguidores más fanáticos. Que con el paso del tiempo, mucha gente pensará: «Esto no tiene nada que ver conmigo», como cuando llamó hijo de puta a un jugador de fútbol americano. ¿Coincide con esta apreciación?
Tal vez dijera eso después de los incidentes en Charlottesville. Entonces parecía que las grandes corporaciones se iban a distanciar de Trump, pero no ha sido así. El sentimiento de shock desapareció. El presidente suele decir que el mercado le adora, y las grandes corporaciones quieren que baje los impuestos, desregule el mercado... Así que no le han dado la espalda. Me gustaría añadir que cualquier estrategia política que se base en la posibilidad de que Trump se autodestruya es una estrategia mala y conlleva un riesgo alto. No es bueno confiar en políticas que no podemos controlar. Lo que sí podemos controlar es la parte progresista de la sociedad, que va creciendo. El problema es que aunque la gente está muy enfadada con la Casa Blanca, no ve que exista una alternativa.

Mucho han cambiado las cosas desde que Naomi Klein (Montreal, Canadá, 1970) hizo su última visita pública en la Ciudad Condal, hace dos años. Ahora el proceso independentista lo invade todo y, por supuesto, ocupa también su atención. Hoy precisamente mantendrá una reunión con la alcaldesa Ada Colau, a quien considera «una voz inspiradora en cuanto a cordura y coherencia moral». Ataviada con un foulard color berenjena y con unas gafas redondas que se quita coquetamente para posar, la misma periodista de presencia etérea que se desplaza a los principales escenarios en conflicto -que no bélicos- del mundo, pisa el barro del procés.

¿Cómo se está usando la doctrina del shock en el conflicto entre España y Cataluña?
[Varios segundos de silencio] Creo, para empezar, que los temas han ido cambiando. Hemos pasado de la austeridad a otros asuntos. Vemos que existe también una narrativa nacionalista. Rajoy cuenta con ello y eso quizá explica por qué está llevando a cabo acciones tan provocadoras, que parecen diseñadas para hacer daño. En épocas en las que la economía no va bien es en una alternativa para unir a tus bases. Por ejemplo, Margaret Thatcher lo hizo con la Guerra de las Malvinas. Para mí es lo único que puede explicar estas acciones que parecen tan incendiarias y provocadoras del Gobierno de España, y con esto no estoy diciendo que no haya habido acciones por el otro lado. Pero alguien que vive fuera lo que ve es una represión policial muy dura durante el referéndum, la aplicación del artículo 155 y el encarcelamiento del Govern. Esto es incomprensible desde un país que tiene un movimiento independentista como el de Quebec. En Canadá hemos aceptado múltiples referendos. Si el Gobierno de Canadá le hubiera hecho al de Quebec lo que el Gobierno de España le ha hecho a Cataluña, la independencia habría estado asegurada. A no ser que esto sirva a otro propósito que tenga que ver con una agenda política.
¿Cómo de fácil es manipular emociones como la esperanza y el miedo en un escenario como éste?
Muy fácil. El miedo es lo más fácil de manipular, porque todos tenemos un deseo profundo de controlar nuestro destino.
¿Tiene algún método personal que le ayude a distinguir entre propaganda y periodismo real?
Verificar los hechos, por supuesto. Me gusta investigar.

Klein fue la primera intelectual en darse cuenta de cómo las marcas explotaban el sentimiento humano de pertenencia. En descubrir que detrás de cada consumidor latía el anhelo de la tribu. «Cuando los chavales hacían cola toda la noche para comprarse unas zapatillas Nike de 250 dólares, no eran exactamente las zapatillas lo que iban a comprar; compraban la idea de Just Do It y el sueño de Michael Jordan [...] Cuando sus padres compraban ordenadores Apple, traían a casa un cachito de una visión profundamente optimista del futuro», se autocita la autora en su último trabajo. 

Ahora existen súper empresas como Facebook o Amazon, más grandes y poderosas que algunos países, que han dejado obsoleto el análisis que hizo a finales de los 90. ¿Cómo sugiere que nos relacionemos con ellas?
Creo que por un lado es una cuestión personal y por otra, económica. Tiene que ser una combinación de los dos. Estas empresas parecen estar más allá de la regulación y no seguir los mismos estándares que se le exigen a otras empresas. Creo que en los próximos años tendremos que ver cómo estas compañías tecnológicas, sobre todo las redes sociales, están explotando nuestras relaciones interpersonales. Estar en contacto unos con otros es un deseo humano, y estas empresas lo han convertido en una mercancía.
Como defensora del medio ambiente, ¿qué piensa cuando escucha que 'los datos son el nuevo petróleo'?
¡Realmente lo son! Por eso llamo a la crisis que vivimos crisis del mundo extractivista. La mentalidad de las empresas petroleras que extraen recursos de la tierra la podemos ver en la forma en que Trump ve a la inmigración. Su criterio para dejar entrar en EEUU se reduce a ver qué puede extraer de esa persona que quiere entrar. Necesitamos un cambio de paradigma en la relación que tenemos con la Tierra. Que sea generativa en lugar de extractiva.
Durante un breve periodo de tiempo pareció que el capitalismo podía aprender alguna lección de la crisis financiera. ¿Qué cree que ha aprendido la gente?
No creo que necesitemos más pruebas de que nos enfrentamos a un sistema depredador. Personalmente, la lección que he aprendido es que, a pesar de que existen movimientos que rechazan esa naturaleza depredadora, resulta muy difícil imaginar algo diferente. Estamos inmersos en una cultura pop en la que las visiones del futuro que se nos presentan, ya sea como literatura distópica o las películas de ciencia ficción, repiten un relato que nos arrastra a la profundización de las desigualdades y al colapso ecológico.
¿Cuál es su definición de utopía?
Para mí es un concepto que tiene que ver con lo grupal. Me gusta la historia de la Carta de la Libertad de Sudáfrica. Se trata del documento que redactó el movimiento anti apartheid durante los años más oscuros del régimen. Es como un mapa para la época post segregacionista y contempla la nacionalización de minas y bancos y su uso para financiar el consumo eléctrico doméstico o la atención a la infancia. Aunque fue un documento muy breve, se convirtió en la base política de la ANC, el partido con el que Mandela ganó las elecciones. Gran parte del poder de esta Carta de la Libertad es que sus impulsores iban de pueblo en pueblo pidiéndole a la gente que escribiera sus sueños. Lo hicieron en pequeños trocitos de papel y luego los juntaron en la Carta de la Libertad.
Usted escribe libros, produce películas, da conferencias... ¿Naomi Klein es un marca?
Intento ser una mala marca y romper las normas del branding. Escribo libros con menos frecuencia porque siempre quiero decir algo nuevo. Los autores que se han convertido en una marca reciclan y se repiten. Ser una marca es algo contra lo que siempre he luchado.
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