Opinión

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Saturday, 18 February 2017 00:00

Jacinta, Alberta y Teresa

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Sólo Jacinta, Alberta y Teresa podrán decir si el perdón oficial y público repara las injusticias y el dolor provocado no sólo por unos agentes policiacos, ni sólo por la institución a la que éstos pertenecen –la Procuraduría General de la República (PGR)–, sino por un sistema que las oprime y las margina, no sólo a ellas como indígenas, no sólo a ellas como mujeres y no sólo a ellas como pobres. No es poco, aunque nunca será suficiente, que el Estado sea forzado a pedir perdón a sus víctimas en un espacio de dignidad y decoro para ellas.

Jacinta, Alberta y Teresa, ñañús de la sierra de Querétaro, le ganaron al monstruo de cien cabezas. Su tremenda persistencia en el reconocimiento de su inocencia las sentará este martes frente a los funcionarios que pedirán perdón en nombre del Estado. Perdón por la injusticia de haberlas metido presas, perdón por las violaciones cometidas en su contra, perdón por la fabricación de pruebas, perdón por un veredicto injusto que las sentenció a 21 años de prisión, condena que les arrebató años de su vida.

La pregunta es si este martes 21 de febrero, el Estado pedirá perdón por el olvido, por la explotación, por el racismo sistémico; perdón por la marginación, por la burla, el sometimiento; perdón por el despojo, por las violaciones de todos los días a millones de mexicanas indígenas y no; perdón por levantar un sistema de justicia discriminador y violento que sentencia a decenas de miles de personas por su condición social, económica y cultural, mientras deja libres a los verdaderos delincuentes. A ellos.

Acompañadas en todo momento por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, Jacinta, Alberta y Teresa ocuparán el lado de la dignidad y será su voz la que se escuche, mientras del otro lado se sentará la vergüenza, si es que tantita les queda.

Las tres fueron encarceladas acusadas de secuestrar, ellas solitas, a seis agentes judiciales preparados y armados, durante un conflicto suscitado en el mercado de Santiago Mexquititlán, Querétaro, el 26 de marzo de 2006, día en el que los agentes judiciales despojaron a varios comerciantes de sus mercancías, alegando que se trataba de piratería. Cinco meses después fueron por ellas a sus casas y las encarcelaron acusadas de secuestro. Dos años después recibieron la condena: 21 años de prisión y 2 mil días de multa. A Alberta también la sentenciaron por posesión de droga.

Las tres pudieron haber preferido el silencio y la calma luego de su liberación. Nadie se los hubiera reprochado. Pero se negaron a la conformidad y pelearon durante 10 años para llegar a este día. Por eso hoy su victoria es la de los oprimidos, su dignidad la de los de abajo y su mirada, la nuestra.

www.desinformemonos.org

 

 

Saturday, 18 February 2017 00:00

Universidad y la era de Trump

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A las comunidades y burocracias universitarias este periodo nos obliga a redefinir nuestro papel, y a profundidad. Lo primero es tener en cuenta que precisamente por ser parte constitutiva de los centros de conocimiento por excelencia, a los universitarios nos corresponde generar e impulsar corrientes vigorosas de pensamiento que favorezcan una comprensión a fondo de lo que está ocurriendo. Ir más allá del nivel de algunos medios de reducir todo a un personaje malvado. Al personalizar en exceso ocultan el panorama real de una poderosa crisis del capitalismo que lo obliga, casi, a recurrir a planteamientos nacionalistas de corte cada vez más fascistas. La xenofobia, la revitalización del patriarcado, la expansión del trabajo precario, la persecución a los periodistas, los maestros y las políticas agresivas contra universidades, así como el belicismo militar han sido los acompañantes y los soportes de salidas con enormes consecuencias en sufrimiento. Sólo la Segunda Guerra Mundial –generada por el proyecto nacional-fascista europeo– costó cerca de 50 millones de muertes, sobre todo de jóvenes soldados, pero también de mujeres, niños y ancianos civiles. En la ola de violencia desatada, se llegó incluso al bombardeo atómico de poblaciones civiles. Puedo estar equivocado o incompleto en esta postura, pero precisamente de eso se trata, de discutir frente a la nación, y qué mejor lugar que hacerlo en y desde las universidades. Académicos, profesores, investigadores y estudiantes tienen hoy una responsabilidad enorme frente al país. Su silencio puede volverlos cómplices de una incomprensión generalizada sobre qué está pasando, y, con eso, comenzar a pensar cuáles son las salidas nuestras, las que podemos obligar a asumir a quienes mandan en el país.

Lo segundo es que a las burocracias universitarias nos toca, como dice el primer precepto médico, non nocere, no perjudicar al enfermo más de lo que ya está. Más que intervenir nocivamente nos toca abrir espacios, difundir la controversia, abrir las puertas y ventanas de la universidad a la discusión y las propuestas, dejar que sea espacio de reconocimiento, de organización y de acción entre los propios universitarios. Reforzar las vinculaciones culturales y de intervención en las comunidades, barrios, pueblos, colonias, unidades habitacionales. Cuando los universitarios se reconocen como agraviados por una situación y reconocen su capacidad de respuesta, en el pasado nunca han dudado en salir masivamente a las calles. Solos o acompañando a otras luchas. Por eso está destinado a fracasar cualquier llamado que no reconozca hoy la crisis de liderazgo nacional y plantee algo claro al respecto, que no tenga en cuenta que somos un país profundamente dividido, y que en los enclaves y cúpulas donde hoy se deciden las estrategias para responder a la salida a la crisis que proponen los Trump y, también, se deciden las candidaturas, no sólo no caben, sino que ni siquiera se perciben las que son hoy las grandes tragedias del pueblo mexicano. Desde Chiapas con los indígenas zapatistas, hasta Chihuahua con los rarámuris asesinados y despojados de sus tierras; desde Tlaltelolco hasta Ayotzinapa; desde las elecciones ganadas, pero nunca reconocidas; desde el desdén por las universidades que quieren ser distintas, hasta las grandes masas de rechazados de la educación superior. Hay un pequeño grupo que hoy decide los destinos de la nación por encima de millones, desde los partidos, pero también desde los medios, y las universidades no deberían estar de ese lado, ni contribuir a que se fortalezca y mantenga esa enorme frontera interna que hasta ahora ha impedido que se muestren y cobren fuerza las luchas mexicanas de siglos. Y esto vale para los universitarios, pero también para los maestros y estudiantes de todos los niveles. Esto puede revitalizar la nación. En México lo vimos en la Revolución, donde el combate a la intervención extranjera pudo darse precisamente porque era un país movilizado. Si no fuera por eso, Lázaro Cárdenas no habría podido expropiar nada menos que el petróleo, ni crear todo un sistema educativo de alcance nacional y popular. ¿Qué liderazgo pueden hoy tener quienes están en contra de la educación y del petróleo como patrimonio nacional?

Lo tercero, finalmente, a la universidad y a la escuela les corresponde como nunca antes no sólo ser un lugar para aprender, sino para que las y los estudiantes y maestros puedan ser también los propios protagonistas de su educación y conductores de su vida comunitaria. Y eso significa una toma de decisiones abierta, representativa puede ser, en los consejos universitarios o de plantel, con la participación primordial y decisiva sobre todo de estudiantes y maestros, los dos grandes protagonistas del proceso educativo. Lo que tanto le falta al país de democracia y participación no puede estar también ausente en la educación. Porque significa perpetuar lo que ahora vivimos. Por otro lado, desde la universidad se pueden tejer alianzas latinoamericanas e incluso en el vecino país. Porque ésta tiene la credibilidad que no tienen ya ni partidos ni gobernantes.

En varias ocasiones millones salimos a defender nuestro voto, y además cientos de miles de estudiantes defendieron la gratuidad. Apenas, hace poco, salieron a la calle 20 mil para defender al México abstracto.

*Rector de la UACM

Saturday, 18 February 2017 00:00

Trumpgate: ¿cae o no cae?

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Sigue teniendo apoyo de republicanos

Lengua floja como Fox y belicoso como Calderón

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Donald Trump no ha cumplido un mes como mandatario y ya cuenta con un historial de mentiras, órdenes fallidas y una creciente presión para que la Casa Blanca explique su relación con Rusia. Las probabilidades de que renuncie o sea destituido antes del fin de su mandato han aumentado. Preguntamos a los participantes de la encuesta de la semana ¿apostarías a que Trump no terminará su periodo de cuatro años? Estos son los resultados.

Metodología

Enviamos la pregunta a los usuarios de las redes sociales Twitter y Facebook, abierta a quien quiso contestar sin restricciones. También a los miembros de El Foro México. Participaron 2 mil 396 personas, de las cuales 842 corresponden a El Foro, 129 a Facebook y mil 425 a Twitter. A continuación, algunos comentarios.

El Foro México

Se cree todopoderoso por lo que puede hacer lo que le da su gana; parece un gran tsunami que todo lo arrasa.

Marie García / Naucalpan

El gran peligro de poner poder en manos de un ser tan impulsivo y necio lo estamos viviendo. Sus propios partidarios lo abandonarán.

Norma Guerrero / Ciudad de México

Es ingenuo afirmar –como hacen muchos– que terminará sólo porque yo lo deseo; es muy pronto para hacer conjeturas sobre algo tan incierto como Trump y a nadie le conviene que estemos evadiendo la realidad...

Luis Andrade / Tangamandapio

Este individuo está fuera de la realidad de su propio país. Va a caer a partir de la descomposición de su propio equipo de gobierno y la respuesta de los empresarios de su país al ver afectados sus intereses.

Gustavo García / Ciudad de México

Bueno, si ya vimos cómo fue electo el señor Trump. No se puede afirmar de manera certera qué sucederá.

Alberto Reyna / Salamanca

Es un enfermo mental, soberbio y sin valores.

Jorge Urrea / Los Mochis

Sí terminará porque cumple con sus votantes. Así son los republicanos, como Reagan, como los Bush.

Víctor Sánchez / Ciudad de México

Trump es lengua floja, como Fox; belicoso, como Calderón y no sabe nada de política, como Peña, y un país como Estados Unidos no puede resistir tanta ineptitud.

Silvia Hernández / Ciudad de México

La elección de este personaje destapó la verdadera cara de los estadunidenses, pueden sostener a este demente, ya que son iguales.

Jorge Rafael / Ciudad de México

Facebook

Todavía Trump tiene un base social grande, y sobre todo tiene el apoyo de la mayoría de los republicanos.

Sergio Amaro / Mexicali

Sus decisiones son un desastre no sólo para México, sino para Estados Unidos.

Klaudia M. Gómez / Cuautitlán

No soy sicóloga, pero es claro que este señor tiene a su peor enemigo sobre sus hombros.

Dolores Ortiz / Ciudad de México

Sí terminará porque llegó a cambiar paradigmas, pues la globalización está muerta al igual que el neoliberalismo. Estados Unidos es el gran perdedor, todo va a cambiar para mejorar.

Alejandro Gallardo / Cuernavaca

Él nunca debió haber llegado a la Presidencia, pero EPN le dio un empujonzote al recibirlo en Los Pinos.

Checo Vel / Ciudad de México

Pienso que la Cámara de Representantes le pondrá un freno, porque con sus locuras llevará a su país a perder la supremacía mundial.

Benjamín Olvera / Chalco

Twitter

Es más preocupante que Peña Nieto termine el sexenio, vendiendo soberanía y negociando en lo oscurito los moches del muro.

Compa Estudiante @Juvenal777

Efecto Trump sacó a México de la zona de confort, lo que es una gran oportunidad para mejorar, pero con la calaña de políticos que tenemos...

Roviey @roviey

Twitter: @galvanochoa

Facebook: @galvanochoa

¿La filosofía es inútil? ¿Es poco más que un pasatiempo sin aplicaciones prácticas? Parece que los legisladores españoles creen que sí: la asignatura ha perdido horas de clase en el instituto y solo será obligatoria en 1º de Bachillerato. Los estudios universitarios en esta materia tampoco pasan por su mejor momento: la tasa de paro se acerca al 30%, en un momento en el que estudiar cualquier carrera universitaria se ve casi en exclusiva como un paso hacia la incorporación en el mundo laboral.

En este contexto, ¿merece la pena estudiar filosofía o es mejor dedicar más horas a otras asignaturas?

Algo más que una salida profesional

"No podemos supeditar nuestra relación con el conocimiento a nuestra salida laboral", afirma a Verne la filósofa Marina Garcés, autora de Fuera de clase. En su opinión, las preguntas "cómo queremos formarnos" y "en qué queremos trabajar" no tienen por qué tener una misma respuesta. Es más, que no coincidan la formación y el empleo que finalmente desempeñamos no es algo que les ocurra solo a los filósofos.

“La universidad no es una expendeduría de títulos para el mercado laboral -nos explica Adela Cortina, filósofa y catedrática de la Universidad de Valencia-. No es el mercado el que ha de decidir qué carreras se implantan y cuáles no. El criterio debe ser el de las necesidades de la sociedad para construir un futuro más humano. Formar personas y ciudadanos con conocimientos y capacidad de innovación es la clave”.

Además de eso, la filosofía es un conocimiento importante incluso aunque nos decidamos por otras carreras o profesiones, ya que nos ayuda “a discernir qué metas queremos perseguir con los conocimientos técnicos -apunta Cortina-. Sin ese saber fecundo las técnicas pueden emplearse para sanar o para matar, para destrozar países y personas o para erradicar la pobreza y reducir las desigualdades”. Es decir, nos invita a una “reflexión profunda sobre las metas, las actitudes y las convicciones que necesita una sociedad flexible”.

Como recuerda Garcés, la filosofía no tiene un objeto de estudio propio, por lo que puede "abrir distancia entre lo que sabemos y lo que no sabemos". Los filósofos se cuestionan lo que damos por hecho, buscando inconsistencias. Por este motivo, esta autora opina que la filosofía es una asignatura fundamental en intitutos e incluso en educación básica, ya que es "un lenguaje fundamental" para aprender a pensar de forma crítica. No se puede hablar de una formación completa sin contar con esta herramienta básica. "La filosofía no es útil o inútil -concluye Garcés-. Es necesaria".

Un manual de instrucciones para la vida

Una de las críticas habituales que se hace a la filosofía es que no hay progreso: llevamos más de dos mil años haciéndonos las mismas preguntas sin llegar a ninguna conclusión. ¿Por qué necesitamos seguir insistiendo con ellas? ¿Alguna vez sabremos lo que es la justicia, por qué hay algo en lugar de no haber nada o si somos de verdad libres?

Pero en realidad, y como recuerda Marina Garcés en Filosofía inacabada, no estamos dándole vueltas a los mismos temas: el discurso filosófico se ocupa de “problemas para los que siempre necesitamos forjar nuevos conceptos. No porque no tengan solución, sino porque cambian de situación existencial y de contexto histórico, social, cultural y político”.

En ética, por ejemplo, hay que mencionar los esfuerzos de Peter Singer por los derechos animales, años antes de que se popularizaran movimientos sociales en este sentido, además de su trabajo para aumentar las donaciones a países del tercer mundo. Todo eso tras estudiar estos problemas desde un punto de vista filosófico y haciéndose las mismas preguntas éticas que nos hemos hecho a lo largo de la historia.

Y si hablamos de política y economía, gran parte del debate de las últimas décadas ha venido marcado por las ideas sobre la justicia distributiva de John Rawls y la respuesta, desde el liberalismo, de Robert Nozick, ambos filósofos.

Además de todo esto, a menudo también es necesario reflexionar sobre problemas completamente nuevos, como hacen, por ejemplo, Nick Bostrom con la inteligencia artificial y Byung-Chul Han al preguntarse cómo la tecnología influye en la sociedad contemporánea.

Es decir, la filosofía no se encarga de preguntas sin respuesta, sino que, como nos dice Cortina, se ocupa de “las preguntas que nos constituyen como seres humanos. Si dejáramos de planteárnoslas, perderíamos nuestra humanidad”. Cortina además apunta que sí hay progreso y que ha dado "una gran cantidad de respuestas que conviene conocer porque sirven realmente para vivir mejor”. Como recuerda Garcés, "pensar es repensar, pero no de cero". Hay un diálogo constante con la tradición.

Una herramienta para la democracia

La filosofía no es solo una guía más o menos práctica para vivir mejor. La filósofa Martha C. Nussbaum afirma que las humanidades son fundamentales para la democracia. La filosofía proporciona herramientas de pensamiento crítico que nos ayudan a cuestionar la tradición y la autoridad. Es decir, lo mismo que hacía Sócrates, demostrando que a menudo no sabemos qué significan realmente los conceptos que manejamos.

Además de la labor de la filosofía, Nussbaum recuerda la importancia de los estudios de historia nos permiten identificar nuestro lugar en el mundo en relación con otras culturas, y el papel del arte y la literatura, que estimulan nuestra imaginación al ofrecernos puntos de vista diferentes.

Estos tres campos están interrelacionados y nos ayudan, por ejemplo, a participar en los debates políticos sin quedarnos solo en un intercambio de réplicas destinado a “ganar puntos” para lo que consideramos “nuestro bando”. Por ejemplo, podemos ver si estas posiciones enfrentadas tienen más aspectos en común de lo que parece o si alguna de estas propuestas ya ha intentado llevarse a cabo con anterioridad.

En ¿Para qué servimos los filósofos?, Carlos Fernández Liria nos recuerda algo similar. La democracia obliga a los ciudadanos a “tomar distancia respecto a su inmediata voluntad”, dándose a sí mismos “una oportunidad para razonar”. Y añade: “Este es, en realidad, el sentido profundo del famoso modelo político platónico: el del Rey Filósofo”. La razón nos permite cuestionar las decisiones políticas que van en contra de la libertad.

Eso sí, hay que recordar que la filosofía no es algo exclusivo de las universidades. Como escribe Garcés, se trata de la necesaria tensión entre la Academia de Platón y la tinaja (o el tonel) de Diógenes. El pensamiento filosófico necesita orden y método, pero también una buena dosis de caos.

“Los filósofos no existen -añade Adela Cortina-. Existen filósofos que se encierran en sus despachos y en las aulas, y cierran puertas y ventanas. Pero hay otros que saben que la filosofía nace de la sociedad para la sociedad y trabajan en los dos campos: en el aula y en la arena social. Estos últimos son los verdaderos filósofos”.

[Cada viernes publicaremos un artículo sobre algún tema filosófico: hablaremos de ética, de política, de felicidad, de identidad personal y, ya puestos, del universo. Nuestro objetivo es recordar, más que descubrir o demostrar, que la filosofía es un estudio vivo, actual y, como dice Marina Garcés, necesario].

Voy por un parque y veo que una niña ha caído en un estanque y se está ahogando. No hay nadie más: ni sus padres, ni un cuidador, ni ninguna otra persona. ¿Debería salvar a la niña? Me voy a mojar, probablemente me destrozaré los zapatos y tendré que cancelar una cita que tenía justo después, pero nadie puede negar que es mi obligación intentar salvarla porque ninguna de estas cosas tiene importancia en comparación.

Ahora pongamos que recibo una carta que me pide un donativo para salvar la vida de una niña que vive en otro continente. Si decido que necesito ese dinero para comprarme un chaqueta, casi todo el mundo pensará que no estoy haciendo nada malo, aunque tampoco nada bueno.

Sin embargo, para el filósofo australiano Peter Singer, autor de este dilema moral, estos dos ejemplos son iguales. Según escribe en Ética práctica, “si está en nuestro poder prevenir que algo muy malo ocurra, sin sacrificar nada que tenga una importancia moral comparable, deberíamos hacerlo”.

Esto no solo se aplica a niñas imaginarias que se están ahogando frente a nosotros: también a todas las situaciones “en las que podemos ayudar a alguien que vive en la absoluta pobreza”. Es más, “ayudar no es, como se piensa convencionalmente, un acto de caridad elogiable, sino algo que está mal no hacer”.

Hemos hablado con él para saber cuál es la mejor forma de ayudar a esa niña del estanque.

¿A quién debería ayudar?

Singer, nacido en 1940 y profesor en las universidades de Princeton y de Melbourne, opina que, si vamos a donar dinero, tenemos que pensar en la gente que vive en situación de pobreza extrema en el tercer mundo: son quienes están en una situación peor y, también, a quienes podemos ayudar de forma más efectiva. "Viven con menos de 700 dólares al año y a menudo no tienen acceso a agua potable, sanidad básica y educación para sus hijos", explica a Verne por correo electrónico. En cambio, la gente más pobre en España, recuerda, sí tiene acceso a estos mínimos, por lo que "hacer algún cambio significativo en sus vidas es mucho más caro que hacerlo en países en desarrollo".

Singer reconoce en su libro que instintivamente preferimos ayudar a alguien cercano. Pero, en su opinión, tenemos que preguntarnos qué deberíamos hacer y no qué hacemos habitualmente. Tiene sentido dar prioridad a nuestra familia, pero no tanto preferir ayudar a alguien a quien no conocemos y que vive a 50 kilómetros en lugar de a alguien que está en una situación aún peor, pero que vive a 5.000 kilómetros.

Este punto de vista tiene sus críticos: algunos, por ejemplo, opinan que la proximidad es un factor importante, ya que es más fácil formar o afianzar relaciones con esas personas o comunidades. También creen que se puede ayudar de forma más efectiva.

¿Con cuánto debería ayudar?

La cantidad que destinemos dependerá de lo que consideremos que tenga una importancia moral comparable: unos zapatos, un coche nuevo, una cena en un restaurante de lujo, unas vacaciones… Al menos algunas de esas cosas tienen menos peso moral que la extrema pobreza que se podría prevenir con el dinero que cuestan.

"Muchos de nosotros podríamos dar más de lo damos -explica-. Pero lo importante es que mucha gente comience dando algo significativo, para que podamos crear una cultura en la que dar para contrarrestar la pobreza global sea una parte esencial de una vida ética. Una vez la gente coja el hábito de dar, por ejemplo, un 1% y encuentre que es algo satisfactorio, le resultará más fácil incrementar la cantidad".

Él parte del 1% de nuestros ingresos: es una cifra modesta que no cambiaría prácticamente en nada la situación de la mayoría de nosotros, pero que podría suponer un cambio para mucha otra gente. En su web The Life You Can Save propone una tabla según nuestros ingresos, incrementando este porcentaje hasta el 14% si ganamos más de un millón de dólares al año. Como mínimo, claro.

Singer subraya en muchos de sus artículos que hay estudios que muestran que la gente más generosa suele estar más satisfecha con sus vidas. Kant decía que un acto verdaderamente moral es desinteresado y no se hace por satisfacción personal, pero Singer no está de acuerdo: "El hecho de que alguien se sienta bien después de ayudar a los demás es un rasgo de carácter deseable".

¿No es mejor colaborar con una ONG que dar dinero?

"Depende de tus aptitudes y del dinero que puedas ganar". Singer, como buen utilitarista, no se pregunta por lo que es más virtuoso, sino por lo que va a producir mejores resultados: algunos pueden hacer mucho bien trabajando sobre el terreno, otros quizás no tanto. Singer nos recomienda la web 80.000 hours, en la que se recoge información acerca de cómo podemos tener un mayor impacto.

Uno de los creadores de esta web es el filósofo escocés William MacAskill, que sostiene que una carrera en la vilipendiada banca podría ser valiosa desde un punto de vista ético: se puede hacer más bien ganando mucho dinero y donando una gran parte del salario que siguiendo una carrera a primera vista más ética, como por ejemplo trabajando para una ONG.

¿Pero no es trabajo del gobierno?

El dilema de la niña en el estanque no convence a todo el mundo. El neurobiólogo Kenan Malik escribe en The Quest for a Moral Compass que el caso hipotético de esta niña no se puede trasladar al mundo real: no es lo mismo una sola niña a la que solo yo puedo ayudar que millones de personas a las que, sin duda, otros muchos pueden socorrer, escribe. No son casos equivalentes, sino que hay un abismo moral entre ambos casos.

¿Y quién más está en situación de ayudar? Los gobiernos de los países ricos. El filósofo John Kekes recuerda que la mayoría de nosotros ya ayudamos a los demás: los impuestos tienen precisamente la función de redistribuir de la riqueza. Por supuesto, todos podríamos hacer más, pero eso no quiere decir que estemos obligados éticamente a hacerlo.

"Podríamos debatir durante mucho tiempo acerca de quién es responsable -responde Singer-. E incluso aunque estemos de acuerdo en que es un asunto del gobierno, ¿qué debemos hacer si el Estado no se hace cargo del problema y, mientras tanto, hay niños muriendo? Para un ciudadano español, este es ciertamente el caso: el gobierno de este país destinó un deplorable 0,14% del producto nacional bruto a la ayuda internacional [en 2015], una de las figuras más bajas de todas las naciones desarrolladas. Claro que puedes, y debes, exigir a tus representantes electos que el gobierno dé más, pero mientras tanto tienes opciones".

Por seguir con el ejemplo del estanque: sin duda, la niña debería estar vigilada y en el parque debería haber más seguridad para evitar estos accidentes. Incluso podemos argüir que un rescate es trabajo para la policía o los bomberos. Pero mientras nos quejamos, la niña se está ahogando.

¿Las ONG no están bien administradas?

Singer considera que esto no es cierto en la mayoría de los casos: los gastos de administración de estas entidades no suelen superar el 20% y además son necesarios (para saber a qué proyectos hay que destinar ese dinero, por ejemplo). También recuerda que la mayoría de organizaciones trabajan sobre el terreno y no dan dinero a gobiernos corruptos.

Aun así, la precaución es razonable y por eso Singer recomienda webs como Give Well, que ofrece información sobre muchas organizaciones y su impacto. Singer tiene una web similar, The Life You Can Change, que incluye incluso una calculadora que permite saber para qué servirá cada donativo. Por ejemplo, podemos saber que una donación de 3 dólares sirve para comprar una cama tratada con insecticida para proteger de la malaria y 50 dólares, para una operación de cataratas.

Pero ese dinero me lo he ganado yo y debería poder gastarlo como quisiera

Peter Singer no tiene nada en contra del derecho a la propiedad, pero recuerda que nuestros bienes no son solo consecuencia de nuestro trabajo y de nuestro esfuerzo. Casi nunca partimos de cero: incluso aunque no hayamos heredado una fortuna, por puro azar hemos nacido en una sociedad en la que hay sanidad, escuelas, universidades, tejido empresarial, etcétera. Por no hablar de que nuestras aptitudes también dependen en gran medida de la lotería genética. Tenemos la obligación de ayudar porque a una gran parte de nosotros nos venía ya dado gran parte de lo que tenemos.

En su libro, Singer pone un ejemplo para ilustrar este extremo (y que está basado en el experimento mental del velo de la ignorancia, de John Rawls). Si nuestros antepasados hubieran vivido en el Golfo Pérsico probablemente ahora seríamos ricos gracias al petróleo que por casualidad hay bajo tierra. Pero si hubieran nacido en el Sáhara, ahora viviríamos en una situación de pobreza extrema sin tener nosotros culpa de nada. Imaginemos que nos dicen que vamos a nacer en Kuwait o en Chad, pero no sabemos en cuál de los dos países. ¿Aceptaríamos el principio de que los habitantes de Kuwait no tienen obligación de ayudar a los de Chad? Es más, ¿nos daría exactamente igual dónde nacer porque basta con trabajar duro para crear riqueza?

¿Qué es el utilitarismo?

El tema de la cooperación internacional puede parecer un asunto económico o político, pero es, también, filosófico: “Los economistas pueden proporcionar información acerca de cómo ayudar más -explica Peter Singer a Verne-, pero tienden a evitar conversaciones sobre cómo deberíamos vivir. Son los filósofos quienes, desde Sócrates, han discutido esta cuestión, animándonos a examinar nuestras vidas y a reflexionar sobre nuestras elecciones a la luz de nuestros valores”.

En la historia de la filosofía ha habido grandes corrientes éticas. Por ejemplo, las teorías basadas en el deber (o deontológicas) creen que hay que respetar ciertas obligaciones y derechos con independencia de sus efectos. El principal exponente sería Immanuel Kant, con su imperativo categórico (una de sus formulaciones es "obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal").

El punto de partida del consecuencialismo es el opuesto: esta corriente opina que la moralidad de nuestros actos depende solo de sus consecuencias. Peter Singer se define como utilitarista, que es una corriente consecuencialista que inició Jeremy Bentham (1748-1832) en su Introducción a los principios de moral y legislación. Se basa en el principio de mayor felicidad: el interés de la comunidad consiste en la suma de los intereses individuales y “la acumulación de placeres individuales aumentará la felicidad de todos, que es el objetivo final”, como resume Victoria Camps en su Breve historia de la ética. Es decir, la justicia se mide por sus resultados, sin que sea necesario recurrir a derechos o deberes.

John Stuart Mill (1806-1873) intentó dar respuesta a algunas de las críticas a Bentham y apuntó, por un lado que “hay una sanción última de la moral utilitarista que es ‘el sentir de la conciencia de la humanidad’” y que se antepone al placer o al interés personal. Esto condenaría, por ejemplo, que los romanos arrojaran a los cristianos a los leones, por mucho que tal cosa produjera placer a la mayoría de los ciudadanos de la época.

Mill también sugirió que los placeres se distinguen entre sí por la calidad y no solo por la cantidad. Al contrario de lo que creía Bentham, Mill escribe que “es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho”. Entre dos placeres, añadía, es más deseable aquel que prefieren “todos o casi todos los que tienen experiencia de ambos”.

Saturday, 18 February 2017 00:00

Desunión nacional

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"(Se dice que) la guerra extranjera salva la nacionalidad y consolida las instituciones de los pueblos agitados por las facciones".

José Fernando Ramírez, 1847

El autor de esa frase comprobó, trágicamente, que México era la excepción. Durante la invasión de Estados Unidos ocupaba el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, Gobernación y Policía. Su veredicto fue terrible:

Todos, universalmente todos, se han conducido de una manera tal, que justamente merecemos el desprecio y el escarnio de los pueblos cultos. Somos nada, absolutamente nada, con la circunstancia agravante de que nuestra insensata vanidad nos hace creer que lo somos todo.

Se refería a las elites rectoras (políticas, militares, eclesiásticas, intelectuales, empresariales). Absortos en sus diferencias políticas, "los representantes raciocinan poco y hablan mucho", escribía Ramírez. Con el "enemigo extranjero [echando] anclas en Veracruz", el clero "aprovechó la coyuntura [...] y abrió sus arcas para encender la guerra civil". La "sibarita y muelle juventud capitalina [...] indiferente a la invasión", había salido en defensa de la inmunidad eclesiástica en la rebelión de los Polkos. El presidente Gómez Farías actuaba con "dignidad y valentía", pero era solo un "fanático político de buena fe". Su gabinete era corrupto e ineficaz. Algunos liberales "puros" manifestaban su simpatía por el invasor. El general Santa Anna era "un vicioso administrador de los caudales públicos". Los jefes militares se mostraban "cobardes, ignorantes y sin rayo de pundonor".

Por contraste, en el pueblo de la ciudad de México "se había despertado grandísimo entusiasmo" para luchar. "Dios quiera que dure", apuntaba Ramírez el 11 de agosto de 1847. Un mes más tarde, cuando la capital estaba a punto de caer, aquel entusiasmo se había apagado por la ineptitud del ejército:

Yo [no] he visto en estos últimos días una sola persona que diera muestras de miedo, y todos estábamos resueltos a vender caras nuestras vidas en los parapetos, si nuestro ejército sufría un descalabro en regla. El miedo entró por los entorchados y bandas; y me parece muy natural, pues a la hora de la prueba se encontraron con que habían errado vocación, o que ignoraban completamente lo que el traje demandaba.

La lección de 1847 es clara: el pueblo estaba dispuesto a combatir pero las facciones políticas y las elites rectoras fallaron.

Ahora como entonces, con todas las diferencias, el peligro está a la vista y es mayúsculo. Justamente por eso las facciones políticas y las elites (políticas, empresariales, mediáticas, sindicales, académicas, intelectuales) deben actuar poniendo el interés de la nación sobre sus intereses particulares. No todas lo están haciendo.

El gobierno ha afirmado que el límite infranqueable de la negociación es la dignidad nacional. Esa actitud debería complementarse con una explicación continua, oportuna y clara sobre la gravedad de la situación y las estrategias a seguir. Los partidos políticos –sin excepción– se han comportado con mezquindad. Están más interesados en ganar posiciones rumbo al 2018 que en salvar la situación de emergencia de 2017. Tampoco los grandes y medianos empresarios, la Iglesia, los medios de comunicación, han aportado suficientes iniciativas y acciones prácticas.

Lo más triste es la enconada división que se ha manifestado en las redes a propósito de la marcha de este domingo 12 de febrero. Cuando ha ocurrido un agravio semejante en París, Madrid, Londres o Nueva York, las imágenes suelen dar la vuelta al mundo. ¿Qué mejor forma de demostrar a Trump de qué pasta está hecho el pueblo mexicano? El rector de la UNAM ha tomado la antorcha cívica. Otras instituciones académicas y un sector de la sociedad acudirán también. Pero una franja muy amplia de la izquierda ha demonizado la manifestación. Para ellos, México se divide entre el "pueblo" (que ellos representan) y el "no pueblo" (que marchará representando a "la derecha", "manipulada por el gobierno"). En el mejor de los casos, esta franja radical no ha calibrado el sufrimiento que podría provocar Trump en la vida de decenas de millones de compatriotas. En el peor de los casos, simpatiza con él.

Asistiré a la marcha. Dudo que sea un éxito y es una pena. Ante una muestra palpable de unidad nacional, todo el pueblo mexicano habría reaccionado con "grandísimo entusiasmo". Pero no hemos aprendido la lección. La división de los mexicanos fue un factor en la derrota de 1847. Si persiste, lo será de nuevo.

Publicado previamente en el periódico Reforma

Enrique Krauze

Historiador, ensayista y editor mexicano, director Letras Libres y Editorial Clío.

La mayoría de la gente acepta sin problema que el corazón le palpite con fuerza cuando ve a la persona de la que está enamorado o que le tiemblen las piernas cuando va a hablar en público. Son emociones que provocan síntomas físicos reales. Sin embargo, cuesta aceptar que los mismos pensamientos que te encogen el estómago puedan llegar a provocar dolencias tan graves como ceguera, convulsiones o parálisis. Y sin embargo, así lo recoge Suzanne O’Sullivan en su libro Todo está en tu cabeza (Ariel, 2016), en el que hace un repaso por algunos de los casos de enfermedades psicosomáticas más impactantes con los que ha lidiado a lo largo de su carrera.

Una vez, la neuróloga O'Sullivan tuvo una paciente llamada Linda que se había notado un pequeño bulto en el lado derecho de la cabeza. Era solo una acumulación de grasa, pero no dejaba de hacerse pruebas y comprobaciones. Al poco, perdió la sensibilidad del brazo y la pierna derechos: la paciente estaba segura de que el bulto había llegado al cerebro. Cuando O'Sullivan la vio, la parte derecha de su cuerpo, donde tenía el bulto, había perdido todo movimiento y sensibilidad. El hecho de que Linda no supiera que la parte derecha del cerebro controla la parte izquierda del cuerpo había hecho que su mente se equivocara al crear sus síntomas. Linda sufría un trastorno psicosomático: sus pensamientos le causaban síntomas de una enfermedad que no tenía.

"Tu cuerpo te está diciendo que algo no va bien dentro de ti y que no lo estás viendo"

Cuando O’Sullivan se estaba especializando como neuróloga, le enseñaron a despachar a los enfermos que tenían síntomas físicos causados por conflictos mentales. “Todos mis pacientes tenían convulsiones pero en el 70% de los casos no tenían epilepsia: por más que les examinaba no encontraba ninguna lesión ni causa neurológica que explicase sus síntomas. Tenía que ser algo psicológico”. Pero decirles que no tenían epilepsia y mandarlos a casa no les suponía ningún tipo de consuelo, así que la doctora se sintió obligada a encontrar la manera de ayudarles.

Fue en 2004 cuando empezó a hacer algo al respecto. Desde entonces, cuando da con un paciente con síntomas pero sin lesiones neurológicas, intenta hacerle entender que el origen de sus males es un problema psicológico que no está resolviendo bien. Pero los pacientes no suelen aceptar este diagnóstico. “Tienen un estrés mental del que no son conscientes y alguien les está obligando a enfrentarlo. Esos síntomas son una manifestación del organismo: tu cuerpo te está diciendo que algo no va bien dentro de ti y que no lo estás viendo”, cuenta la neuróloga.

Nadie está a salvo de estas enfermedades, hay cientos de causas que las originan. Según O’Sullivan, los casos muy extremos, como los ataques o las parálisis, suelen nacer de traumas psicológicos severos; los menos graves pueden surgir de un cúmulo de agobios pequeños que los pacientes no saben gestionar. “Depende de la atención que la persona presta a los dolores. Si se obsesionan y tratan de buscar una y otra vez una explicación médica que no existe, es posible que acaben desarrollando la enfermedad psicosomática”, explica O’Sullivan.

"Las discapacidades que ideamos son tan infinitas que ya he dejado de creer en los límites" 

Para curarse, la atención psicológica es indispensable. Según O’Sullivan, lo primero es abandonar la idea de que hay una enfermedad orgánica. La siguiente fase es ver cómo la mente afecta al cuerpo: si sientes palpitaciones y te das cuenta de que tienes ansiedad, empezarán a ser mucho menos graves al saber por qué están causadas. Pero si las asocias a problemas del corazón y las pruebas médicas no reafirman tu idea, probablemente te obsesiones y las palpitaciones empeoren. 

“A veces los pacientes desean desesperadamente que encuentres un mal resultado en las pruebas, que pongas nombre a su enfermedad y les recetes unas pastillas que justifiquen sus dolores”, cuenta la neuróloga. Este problema es mucho más común de lo que parece. El 30% de las personas lo sufre y la inmensa mayoría ni siquiera lo sabe.

Tras más de diez años de dedicación a las enfermedades psicosomáticas, Suzanne O’Sullivan sigue sin poder elegir cuál ha sido el caso más grave que ha visto. “Los casos más duros son los de la gente que enfermó cuando tenía 16 años y a los 50 sigue viendo a médicos. Están ciegos o en silla de ruedas y siguen operándose. Hay gente que conozco que come a través de un tubo pero no tiene ninguna enfermedad orgánica. Cada parte de su cuerpo ha sido afectada por su mente”. Para Suzanne O’Sullivan ya nada es increíble. “Las discapacidades que creamos con nuestra mente son tan infinitas que ya he dejado de creer en los límites”.

Saturday, 18 February 2017 00:00

Semblanza de Carlos Pellicer

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Fue poeta, museógrafo y militante. Nació el 16 de enero de 1897 en San Juan Bautista (hoy Villahermosa), Tabasco. Murió el 16 de febrero de 1977 en la Ciudad de México, hace cuarenta años.

Hizo los primeros estudios en San Juan Bautista, donde su padre se graduó en farmacia. Emigran a la Ciudad de México en 1908 por la compra de una botica. Estudió con los jesuitas del Instituto Científico San Francisco de Borja, gracias a una beca sostenida con buenas calificaciones. Vivían en Seminario 1, junto al Sagrario de la Catedral, y decía haber visto de lejos la insurrección y muerte de Bernardo Reyes el 9 de febrero de 1913.

Ese año trágico (que culmina con el asesinato del presidente Madero en el cuartelazo de Huerta), el padre cierra la botica y toma las armas constitucionalistas (llega a teniente coronel farmacéutico del cuerpo médico militar). La madre se lleva a los niños a Jalapa, Mérida, Campeche y, de nuevo, a México; a donde vuelve finalmente el padre y vivirán el resto de su vida.

Su paso por la Escuela Nacional Preparatoria (1915-1917), que estaba en un gran momento, lo transformó. Convive con la Generación de 1915 (de donde saldrán cinco de los llamados Siete Sabios) que proponía la acción cívica, universitaria, frente al desastre de la guerra civil. En un ensayo titulado precisamente 1915, Manuel Gómez Morin (uno de los Siete) recuerda cómo “del caos de aquel año nació un nuevo México, una idea nueva de México y un nuevo valor de la inteligencia en la vida”. Frente al desquiciamiento político (los revolucionarios que se alzaron contra el cuartelazo de 1913 luchaban entre sí), la nueva generación soñaba en la creación de un México nuevo, que diera voz y poder al Espíritu. En la Preparatoria, concebida por los positivistas como un almácigo de cuadros para la tecnocracia porfirista, había quedado la conciencia de que el saber es para subir a hacer cosas grandes. Muchos llegaron al poder, como sus maestros (la Generación del Ateneo).

Los maestros y compañeros del joven Pellicer reconocieron su talento. Publicaba en las revistas estudiantiles. Tomaba el foro con gran efecto (por su voz de bajo, por su atuendo) para decir poemas y discursos. En 1917, según el testimonio de Salvador Novo, salió “casi en hombros” de una lectura de poemas en el Anfiteatro de la Preparatoria.

De la Preparatoria (sin terminarla) salió a Colombia y Venezuela (1918-1920), enviado por el gobierno de Carranza como líder de la Federación de Estudiantes Mexicanos, para apoyar la formación de organismos similares, integrables en una confederación. Fue un viaje decisivo para su vocación, empezando por las seis semanas que pasa en Nueva York, antes de embarcarse. El futuro museógrafo descubre el Metropolitan, cuyos tesoros visita diariamente. El joven poeta es bien recibido por tres glorias del modernismo: Amado Nervo (que esperaba otro barco a Montevideo, donde moriría el año siguiente), Salvador Díaz Mirón (desterrado en La Habana, una escala del barco de Pellicer) y, sobre todo, José Juan Tablada, que lo toma bajo su protección en Nueva York, y luego en Bogotá y Caracas, donde estuvieron, uno como segundo secretario y otro como agregado estudiantil de la embajada mexicana.

Para su buena suerte, Tablada estaba en su apogeo: el salto del modernismo a la vanguardia. Hay un salto paralelo de Pellicer, siguiéndolo. De esos años quedan versos notables y cartas cariñosas, informativas y devotas a sus padres y a su hermano (Correo familiar 1918-1920, Factoría Ediciones, 1998, edición de Serge I. Zaïtzeff) del joven triunfador que va a misa y comulga casi todos los días, hace amigos por todas partes, se siente hispanoamericano y seguidor de Bolívar, promueve con éxito la Federación de Estudiantes de Colombia, fracasa en Venezuela por la dictadura de Juan Vicente Gómez, da conferencias, declama, escribe sin parar y trata inútilmente de completar su preparatoria, a los veintidós años. (Nunca la terminó.)

De vuelta a México es reclutado por José Vasconcelos (rector de la Universidad Nacional y poco después secretario de Educación 1921-1924), que ya tenía en su equipo a varios de sus compañeros de la Preparatoria y obtuvo del presidente Obregón un presupuesto nunca visto para la educación, las bibliotecas y las publicaciones. Acompaña a Vasconcelos por América del Sur (1921), donde confirma su fe bolivariana, amplía sus amistades literarias y vuela con los pilotos mexicanos que hacen acrobacias de homenaje. Escribe los “Poemas aéreos”, que incorporan a la poesía la experiencia del vuelo, como lo hará después Antoine de Saint-Exupéry en sus novelas. Entusiasmado por la aviación, inicia estudios en la Escuela de Ingenieros Mecánicos y Electricistas (1923), hoy esime, pero los abandona. En París, la noche del 21 de mayo de 1927, fue una de las siete personas que ayudaron a Lindbergh a empujar el Spirit of St. Louis hasta un hangar en el campo aéreo de Le Bourget, después del histórico vuelo.

El nuevo secretario de Educación, José Manuel Puig Casauranc, le había dado una beca para conocer Europa (1926-1929), después de que el filósofo argentino José Ingenieros, de visita en México, le regala un boleto de ida y vuelta a París. A su vez, Vasconcelos, enemistado con el presidente Calles y de viaje por Europa, lo invita a recorrer Italia y el Cercano Oriente. Finalmente, Vasconcelos vuelve a México para lanzarse por la presidencia, en una campaña (1929) que termina en la represión. Pellicer se suma a la campaña, protesta por el asesinato del líder estudiantil Germán de Campo y acaba en prisión tres meses, con la tortura psicológica de un simulacro de fusilamiento.

Siguió en campaña el resto de su vida. En 1932 protestó por la consignación judicial de la revista Examen, editada por Jorge Cuesta y acusada de indecente. En 1937 participó en el Congreso de Escritores de Valencia, en apoyo de la República Española. Octavio Paz (“Entre doctas tinieblas” de Itinerario) cuenta que Pellicer, valientemente, contradijo en dos puntos la línea del Congreso: se negó a condenar a Gide (que acababa de publicar Retour de l’urss). Y, en un interrogatorio del poeta soviético Ilyá Ehrenburg, le respondió: “¿Trotski? Es el agitador político más grande de la historia... después, naturalmente, de San Pablo.” Lo acompañaban Paz y Neruda, que le dijo a Paz: “El poeta católico hará que nos fusilen...”

En 1954 estuvo en la manifestación contra el coronel Castillo Armas, golpista en Guatemala. En 1958 hizo unos volantes contra la visita del secretario de Estado John Foster Dulles, que repartió en la calle. En 1962, en Cuba (en el Encuentro de Varadero), defendió a Darío, descalificado como “poeta de segundo orden” y poco revolucionario, a diferencia de Martí. En 1965 (a los 68 años) estuvo sobre el techo de un automóvil, frente al Hemiciclo a Juárez, arengando contra la invasión de Santo Domingo. Varios meses después fue arrestado unas horas (con José Carlos Becerra, que me lo contó) por repartir volantes contra el embajador Fulton Freeman, frente a la embajada de los Estados Unidos. Ya andaba en los 75 cuando se metió al paso de un desfile oficial en Villahermosa, con un letrero que decía: “Los campesinos nos dan de comer, pero no comen.”

De 1931 a 1948 fue profesor de secundaria (historia, literatura). De 1941 a 1946 trabajó en la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética de la Secretaría de Educación Pública, primero como jefe de literatura y desde 1942 como subdirector general. La subdirección incluía lo que a fines de 1946 se convirtió en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

En 1951 volvió a su estado natal, llamado por el ilustre gobernador y lexicógrafo Francisco J. Santamaría, para reorganizar el Museo de Tabasco. Siguió yendo hasta su muerte, porque Santamaría lo nombró director de museos del estado y todos los gobernadores siguientes lo ratificaron. Creó seis museos en el país: el Parque Museo de La Venta y el Museo Arqueológico de Tabasco en Villahermosa, el Museo Arqueológico de Hermosillo, los museos Frida Kahlo y Anahuacalli en la Ciudad de México y el Museo Arqueológico de Tepoztlán, Morelos, para el cual donó su propia colección.

La Academia Mexicana lo nombró académico de número el 16 de mayo de 1952, para ser el primer ocupante de la silla XXXI, de la cual tomó posesión el 16 de octubre de 1953, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, con una lectura de poemas y comentarios improvisados, que fueron respondidos de igual manera por José Vasconcelos. En 1964 recibió el Premio Nacional de Literatura. Fue electo presidente de la Asociación de Escritores de México (1966), de la Comunidad Latinoamericana de Escritores (1967), de la Sociedad Bolivariana en México (1968) y del Comité Mexicano de Solidaridad con el Pueblo de Nicaragua (1974). Fue senador por Tabasco desde 1975 hasta su muerte. Sus restos fueron trasladados en 1977 a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

De no haber sido, ante todo, un gran poeta, habría quedado como nuestro Malraux. ~

Gabriel Zaid

(Monterrey, 1934) es poeta y ensayista.
Saturday, 18 February 2017 00:00

Estafas

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La policía desmanteló en una localidad gerundense un taller donde se falsificaban Ferraris y Lamborghinis a partir de coches más modestos. En estos tiempos no me parece un delito demasiado grave: ¡ni siquiera original! ¿No es lo mismo, mutatis mutandis,que hacen los partidos políticos en sus congresos? Se coge un viejo partido conservador, falsamente piadoso y sinceramente clerical, corrupto de arriba abajo, y se le pone una carrocería importada de Cupertino, pavonada con declamaciones de integridad acrisolada, y ya tenemos un deportivo político de alta gama. O se pilla un centón de grupúsculos aficionados al cantonalismo incordiante y al retromarxismo demagógico (hoy “populista”), se cubre con un chasis telegénico modelo Gran Timonel y se le dota no de un nuevo cambio de marchas sino de marchas para el cambio: ya tenemos un bólido revolucionario para entusiasmo de neófitos y jubilados. El cabecilla de los tunos tuneadores se exculpa diciendo que los compradores sabían lo que compraban pero querían fardar. Igual ocurre en política. ¿Quién no sabe que aquellos no quieren acabar con la corrupción, sino disimularla hasta que sea olvidada y puedan volver a empezar?¿No sobran evidencias históricas de que el comunismo gobernante solo ha traído miseria carcelaria y ejecuciones, sin excepción? Pero ellos a fardar de partidos de alta gama...

Junto al taller de los falsificadores, la policía encontró también instalaciones para el cultivo de marihuana. ¡Excelente complemento! Para disfrutar plenamente del viaje en un ultradeportivo ful hay que colocarse un poco: así creeremos ir rumbo a la Europa sin déficit ni inmigrantes, o hacia la revolución anticasta, tan radical como la guillotina y tan amorosa como un día de San Valentín (tipo Botines Colombo). Bien fumaos y a toda pastilla en un Ferrari falsificado: ¡Vistalegre II!
Friday, 17 February 2017 00:00

Inés no es ignorante, es pobre

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No me queda más que sentir la impotencia al leer y escribir de las desigualdades de nuestro México, mientras en días pasados  todos hablaban  de la diputada #ladynomealcanza, quién mencionó que no le alcanzaba su sueldo de casi 200 mil pesos mensuales, y que a ella la mantenía su esposo, porqué el sueldo nada más no era suficiente, ni para viajar. Más recientemente escuchamos los desatinados comentarios de otra diputada, Carmen Salinas, quién dijo que quien tuviera carro lo tenía que mantener, como respuesta al tema del gasolinazo.

Dejando de lado estas banalidades vamos a hablar de una mujer más de nuestro país, Inés Ramírez, una indígena zapoteca de Oaxaca, madre y heroína, que se realizó una cesárea sola, cortándose con un cuchillo casero, sin higiene, en el suelo, y en la obscuridad de su humilde casa, Inés no es ignorante, simplemente es pobre, pertenece a una sociedad marginada sumergida en un rezago social ancestral que no pertenece a este México moderno, que los políticos pregonan, Inés estaba embarazada de su noveno hijo, ya había perdido el anterior y no podía permitir que de nuevo eso pasará, quedándole el hospital más cercano a unas 8 horas, no permitió otra opción. 

Su marido, ni siquiera se enteró de su parto, estaba en una cantina. Inés no tuvo anestesia, ni hilo quirúrgico, sólo hilo de algodón y unas tijeras viejas fueron las que usó para cortar el cordón umbilical del niño. Pese a todos los pronósticos, el niño e Inés sobrevivieron, después de 12 horas del parto, en un viaje de mediodía  por terracería y envuelta en un petate logró llegar a la clínica. Este es el único caso documentado de una hazaña de esta magnitud, sin embargo, la marginación no da pauta a una vida digna y es lo que muchos no entendemos aún. Es por ello, por la capacidad de envolverse en una situación así, al estar embarazadas que las mujeres son vulnerables, eso sólo es un ejemplo.  

¿Por qué no todas las mujeres no tienen lo que merecen?, ¿Por qué los espacios públicos y demás están ocupados prioritariamente por hombres?, Eso es, ¿Porque vivimos en un mundo de ellos?

Las mujeres, ricas o pobres, necesitan espacios y la oportunidad de participar en estos de la misma manera que los caballeros, oportunidades que las mujeres deben aclamar no solo cuando esto traiga un beneficio personal, si no porqué es parte de un trabajo generacional, que servirá a nuestras hijas y las generaciones que vengan, a las que están en la universidad, en las que sueñan con mejores oportunidades para su familia, debemos siempre aclamar por esas oportunidades que nos merecemos y pertenecen y que los hombres acaparan siempre.

No es suficiente la participación limitada en partidos políticos, las mujeres quieren participar de manera equitativa en todas las esferas, en las demás instituciones, y por ello buscan una voz.

Ya no solo los hombres van a la universidad, hoy ya no es día de las universidades en las grandes ciudades cosmopolitas y de primer mundo, donde el arte, la cultura y el romanticismo fluyen a sobremanera, no es la época de los grandes caballeros, lores o  pensadores que construyeron las ciencias, de esencia, de letras, es la época donde hasta en pueblos tan pequeños donde a lo mejor hace 50 años no había electricidad hoy encontramos universidades y hay más mujeres en ellas que hombres, ¿Por qué hay más espacios para hombres entonces?. 

Se genera un agente de cambio,  donde  la gente se preocupa y ocupa por el bien común, debido a que son las mujeres en mayor medida las que trasmiten a sus familias ese deber civil. Esa igualdad de género que no pudimos haber imaginado hace 50 años, hoy es latente y aún prioritaria. 

Las políticas sociales no dan a los pobres la oportunidad de salir adelante, porque si eres pobre, es muy difícil que dejes de serlo, porqué si eres pobre quieres comer y no te importa comprar un libro, ni mucho menos leer las reformas estructurales para entenderlas si la gente necesita salir a trabajar para mantener a su familia, y eso es mucho más difícil para una mujer sola, porqué aunque vivamos en el siglo XXI siguen siendo victimizadas, utilizadas como mercancía en muchos de los casos para ser explotadas. Señaladas al momento de ocupar algún cargo de importancia, donde lo primero que señalarán es que de seguro fue gracias a un favor sexual, y no tiene nada que ver con su capacidad civil e intelectual de lograrlo, lo más triste es que en muchas de las ocasiones así es y las mujeres capaces de hacerlo y no seden a caprichos humanos nunca lograrán ese escalón de frutos. 

¿Entonces la marginación, es solo para las mujeres pobres? ¿Y quién es la ignorante, Inés o las diputadas?.

 

Nos seguimos leyendo! Adriana Sánchez.

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