Con el frío matutino y las lloviznas de esta temporada los excluidos tuvieron que alimentarse de tamales de viento y atole de lodo. Tener la cabeza despejada, y cuando el Sol sale por el horizonte acostarse en cama de polvo empedrado. Aprovechar el viento para jalar sin agua el polvo y la basura, ahorrando y dando muestras de solidaridad política de altura. Cuidando que el hambre, flemas, desnutrición y las lágrimas no les destemplaran los genitales, única defensa ante los ventarrones de la política.

Si las clases medias lloramos, a los excluidos –no indecisos– no les queda más que la magia de rezar y suplicar, ¡qué ya, por favor!, en nombre de La llorona, sigan las pérdidas y el dolor, pero sin agregados ni reintegros de ventarrones y tormentas provocadas por los estadunidenses y sus crisis financieras, o por los presidentes y ex presidentes de la nación.

Por de pronto nuestra percepción es que mientras más fregados, más enamorados de La llorona, vestida con su chal negro, bordado en colores hierbabuena, mandarina, granada y morado, que en la noche los cubre para que traguen sólo gradualmente las montañas de café con leche azucarada con piloncillo salitroso, mientras devoran ventarrones en camas de arena de piedra, en la promiscuidad del cartucho de un tugurio, de miles de tugurios.

Esto no es entendible por la lógica platónica, provocándose esa desagradable actitud de indignación moral que va unida a la cruda que nos marea y nos atonta. Los excluidos proponen sus sensaciones como solución al problema político en juego. Los pensantes no los entendemos, porque no aceptamos, porque está mal visto en teoría política clásica, agitar la cuerda sensible, los márgenes, basados en la sucesión temporal, inasible. Las teorías son insensibles a la secreción de los jugos gástricos, al alboroto de las hormonas y la desesperación.

Por eso Platón fijó la idea de una ciencia política organizada por la razón, ejecutada por pensantes, orquestada por inteligentes, dedicados a descifrar en abstracto, las alturas de las ideas, en la azotea de los pensamientos, buscando la definición de las políticas.

Ante el caos actual, por qué insistir en las políticas mediterráneas basadas en la razón, que consideran secundarios los afectos, las vivencias de los excluidos y su opinión confusa, incongruente. Hoy que la inteligencia mexicana está derrotada, ¿no valdría la pena cambiarle y actuar sin planificar desde el afecto visceral, caótico, pero cálido, saliéndonos del encuadre de la obediencia ideológica que nos imponen los que sí saben razonar y planificar? ¿Para qué seguir divididos entre una realidad sórdida y una teoría pretenciosa?

Nuestra entrega a las definiciones teóricas es proporcional a nuestro desprecio por el sufrimiento de los excluidos. La cultura de estos grupos excluidos, nueva corriente política, intenta como puede, integrar una realidad sórdida con una teoría visceral igualmente sórdida que desorganice organizadamente. Habría, por tanto, que ponerles atención y escucharlos. Total, lo peor que puede pasar es seguir igual.

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