Hace un par de años, una frase que se difundió en las redes sociales, hablaba de Enrique Peña Nieto como El presidente que no entiende, (es decir, que no se da cuenta) que no entiende ante su visible incapacidad de comprender al país que gobernaba y sobre todo a la gran parte de la población que vivía en la pobreza o en la miseria, en virtud de no haber convivido en ningún momento con ella, como producto natural de su formación en escuelas cuyos estudiantes provenían de familias privilegiadas económicamente y a las que normalmente se les llamaba gente de bien para diferenciarlas del resto de la población.

Esta supuesta educación de calidad, como él mismo y sus colaboradores han dado en llamarle, tuvo como resultado en pensar que los otros, los que no tenían los recursos para mandar a sus hijos a esas escuelas debían ser gente floja o ignorante, por llamarle de algún modo, y que por tanto no merecían ningún respeto ni consideraciones, a la que podían tratar como gente de una casta inferior, refiriéndose a ellos simplemente como la prole; ello explica muchos de los comportamientos, acciones y pronunciamientos hechos desde el poder: Por qué consultar a los maestros y a los académicos para mejorar la educación, cuando bastaba que los empresarios seguramente más inteligentes estuvieran de acuerdo con ese proyecto de reforma educativa, que además había sido preparado por la mismísima OCDE. Para el Presidente era perder el tiempo igualmente, hacer una consulta sobre la reforma energética que él estaba decidido a instrumentar, si la mayoría de los mexicanos eran unos ignorantes que seguramente aceptarían su propuesta. Ya supérenlo, recomendó el Presidente con enojo a los padres de los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, que seguían exigiendo les devolvieran vivos a sus hijos. Cómo no recordar también el asunto de la Casa Blanca de Las Lomas. ¿Cuál era el problema de que un buen amigo suyo le regalara a su familia, una casa acorde a los gustos de su esposa? ¿Qué no pensaban que después de todo, él era el Presidente de la República? ¿Por qué no decir que Javier Duarte, gobernador de Veracruz, era un digno representante del nuevo PRI, aunque éste afirmara ser un admirador de Francisco Franco? Todo lo que él y sus colaboradores y amigos hicieran desde los altos puestos de gobierno era correcto y así debía ser aceptado porque ellos eran gente de bien, gente preparada y destinada a gobernar. Poco importaba entonces que buena parte de la población considerara que su gobierno era el peor que había tenido el país.

Pero llegó el tiempo de pensar en las elecciones siguientes y el inicio de un nuevo gobierno; el Presidente, percatándose de que las cosas se le podrían salir de control ante el enojo visible de una población que se rehusaba a comprender todo lo que él y su gobierno habían hecho por el bien de la nación (tal como él la entendía), ponía en riesgo su propio futuro, tal como había sucedido con varios gobernadores amigos suyos, que al terminar sus periodos de gobierno, andaban a salto de mata o estaban en prisión a partir de investigaciones ordenadas por sus enemigos. Por ello él debía utilizar el poder en sus manos para designar como sucesor a quien cumpliera con dos condiciones básicas: ser de su extrema confianza y capaz de cubrirle las espaldas ante algunos hechos que injustamente le achacaban y que además fuese un personaje que contara con las simpatías de su partido, al igual que de un porcentaje razonable de la población, como para lograr una votación que permitiese lograr la Presidencia mediante algunas maniobras de alteración de los resultados y compra de votos, como él mismo lo había hecho seis años antes.

La decisión final del Presidente fue José Antonio Meade, un personaje gris con una larga carrera en la administración pública y un doctorado de la Universidad de Yale, cuyo mayor atractivo consistía en no haber sido nunca un miembro del Partido Revolucionario Institucional, aunque hubiese colaborado con dos gobiernos priístas, el de Ernesto Zedillo y el suyo. Sin embargo, no se trataba de alguien cercano a Peña Nieto, por lo que habría que poner gente de confianza cerca del candidato para asegurar su lealtad, designando para ello a Aurelio Nuño, su amigo personal, además de mantener en la dirección del PRI a otro personaje cercano a su amigo Luis Videgaray.

Así dieron inicio las llamadas precampañas, las cuales supuestamente habrían de servir para que cada partido decidiera quiénes serían sus candidato, así como para definir posibles alianzas entre partidos que propusieran candidatos comunes, sabiéndose de antemano que Andrés Manuel sería el candidato de Morena y de los partidos aliados y que el candidato impuesto al PRI por el Presidente era José Antonio Meade, sin quedar claro en cambio lo que sucedería con el PAN y el PRD. Cuando las precampañas terminaron, a casi todos quedaron claras varias cosas: que López Obrador aventaja ampliamente a los candidatos del PRI y del PAN, que el Presidente y su partido se habían equivocado en la selección tanto de su candidato, quien aparecía con escasas simpatías y más bien, con un nivel de rechazo generalizado, y que el candidato del PAN, Ricardo Anaya había logrado hábilmente eliminar a sus contrincantes y asociarse con lo que quedaba del PRD.

Estando ahora en el inicio formal de las campañas electorales, una cosa más está quedando clara: que al igual que Peña Nieto en su momento, el candidato del PRI no entiende que sus posibilidades de ganar la elección son nulas, al igual que su equipo de campaña en virtud de su formación muy similar a la del Presidente, en cuanto al desconocimiento del pueblo al que pretenden gobernar y al que han ignorado de manera consistente. Su pretensión de generar miedo en la población porque Andrés Manuel va a quitar los buenos maestros preparados gracias a la reforma educativa resulta risible y es una muestra más de sus limitaciones. Por ello la gran ventaja de López Obrador es explicable; se trata de un hombre surgido del pueblo y por ello conocedor de los pensamientos, necesidades y aspiraciones de quienes formamos parte de este país.

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