Más de 500.000 muertos, 6,6 millones de desplazados, 4,8 de refugiados, atrocidades, muerte y devastación sin fin y, para colmo, el uso de armas de destrucción masiva. 

En Siria se han cometido todos los crímenes de guerra imaginables y traspasado todas las líneas rojas. Todo ello ante la pasividad de unos y la complicidad y aliento activo de destacados miembros de la comunidad internacional.

El Consejo de Seguridad ha quedado expuesto en su inoperancia y las grandes potencias en su cinismo. Nuestra soñada política exterior europea ha quedado retratada como una tertulia de ministros que dan mucha importancia al afán en consensuar párrafos de declaraciones que nadie lee y a nadie importan. Es la tragedia de nuestro tiempo, la vergüenza diplomática y humanitaria de este comienzo de siglo en el que unos vivimos en el privilegio de la vida democrática, posmoderna y digital y otros sufren asedios medievales apoyados con bombas de cloro y gas sarín.

Como hemos visto este fin de semana con el ataque coordinado entre Washington, Londres y París, Siria nos interpela con preguntas dificilísimas de responder. ¿Hay que intervenir? ¿Quién debe hacerlo, cuándo, cómo, bajo qué paraguas? ¿Cómo llevamos a Siria y a Rusia a la mesa de negociación? ¿Con presiones, sanciones o alterando el equilibrio militar sobre el terreno? Para responder a esas preguntas hay que ponderar elementos éticos, legales, geopolíticos, humanitarios y prácticos.

Pero pierdan cuidado. Aquí en España todo se despacha con dos tuits y cuatro tópicos. Se olfatean las redes sociales y se tira de repertorio para llenar la falta de pensamiento con palabras vacías: “No a la guerra”, “respetemos la legalidad internacional”, “estamos por el diálogo”. Que nada estropee el festín de quitar calles a almirantes “fachas”, llorar conmovidos con el “No pasarán” o respaldar a Rusia y El Asad por la sencilla razón de que EE UU está en el bando contrario.

Avispado asesor el que recomendó a Aznar aquello de “tienes que hacer más Soria y menos Siria”. Craso error. Porque se pueden, y deben, hacer las dos cosas. Y en Soria lo saben. Porque en los pinares de Lubia acogieron en 2002 a los milicianos palestinos que habían ocupado la basílica de Belén, como habían acogido en 1992 a refugiados bosnios. Más Siria, por favor. @jitorreblanca

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