La imagen es clara: sentado bajo el sol junto al portón de ingreso de la Superintendencia de la Policía Federal en Curitiba, capital del estado de Paraná, un hombre canoso y de vasta barba blanca, vestido con una camisa roja y con una bufanda del mismo color sobre los hombros, espera. Parece cansado.

Otra imagen es igualmente clara: un hombre de estatura mediana, igualmente canoso y vistiendo una camisa blanca, sale por el mismo portón. Él sí logró ingresar, pero solamente hasta la mesa de recepción de visitantes. Los dos querían lo mismo, que, a propósito, está asegurado por la legislación penal brasileña: en día de visitas, visitar a un preso.Una jueza suplente de primera instancia vetó la visita. Ha sido una decisión arbitraria, que violó la ley y agredió los derechos del preso.

Pero se trata de la justicia de Curitiba, la muy reaccionaria (atención corrector: ésta es la palabra correcta; “conservadora” es otra cosa) capital de la muy reaccionaria provincia de Paraná. Una justicia arbitraria, parcial, injusta, que día sí y el otro también viene dando sobradas muestras de abuso.

El hombre de camisa roja se llama Leonardo Boff, es uno de los más nobles ciudadanos de este país absurdo, un teólogo iluminado, un batallador de la vida. Estaba sentado porque padece de problemas serios en las rodillas.

El hombre de camisa blanca se llama Adolfo Pérez Esquivel. Es otro batallador de la vida y de los derechos del ser humano. Y, además, es un Premio Nobel de la Paz.

El preso que querían visitar es amigo de los dos. Se llama Luiz Inácio Lula da Silva. Ha sido presidente de Brasil por dos mandatos seguidos. Entre otras muchas iniciativas, cometió la hazaña —o el crimen, según el punto de vista— de sacar a 43 millones de brasileños de la pobreza y la miseria, y sacar a su país del mapa mundial del hambre.

Está preso porque fue condenado en un juicio absurdo, sin una única y miserable prueba del crimen del que fue acusado, y la sentencia ha sido confirmada y la pena ampliada por un tribunal de segunda instancia cuyos integrantes leyeron casi en unísono votos que repetían las palabras de unos y otros. Dicen los juristas que cuando una segunda instancia de justicia examina la sentencia del tribunal inferior, sus magistrados deben llevar la decisión inicial a un debate. Lo que se vio en este caso específico ha sido todo lo contrario, como en un juego de cartas clarísimamente marcadas. Una especie de espantosa puesta en escena de una comedia bufa.

Todo eso, la visita prohibida, ocurrió el pasado jueves. Y al día siguiente, la noticia apenas apareció en la prensa local. Como si impedir que un preso reciba visitas, un derecho asegurado por ley, fuese algo rutinario. Como si tener como visitantes prohibidos a un teólogo insospechable y a un Nobel de la Paz fuese parte del cotidiano de Curitiba.

A cada día se hace más claro que mi país tiene dos constituciones. Una, de la República Federativa do Brasil. Y otra, de la República Abusiva de Curitiba. La segunda viola a la primera. Y parece no haber nadie capaz de defender lo que está escrito en lo que, se supone, es la Carta Magna.

El tribunal de primera instancia, encabezado por un fundamentalista travestido de justiciero llamado Sergio Moro, que inauguró una nueva modalidad del Derecho —un juez que no juzga, prefiere acusar y condenar— es parte esencial del golpe institucional que destituyó una presidenta legítima (Dilma Rousseff), instaló en el poder una pandilla de corruptos vulgares, encabezada por un indecente llamado Michel Temer, y alcanzó su objetivo final llevando Lula da Silva a la cárcel e impidiéndole disputar una nueva presidencia que fatalmente alcanzaría.

La creciente presión internacional contra la barbaridad cometida contra Lula, y que incluye la prohibición de que don Adolfo Pérez Esquivel y Leonardo Boff lo visiten en la cárcel, no tiene, al menos por ahora, ningún efecto sobre la obsesión de Moro y compañía. Se creen seres superiores, enviados de los cielos, que sobrevuelan las menudencias de la Tierra.

Él y la jueza suplente llamada Carolina Lebbos, que lo reemplaza mientras Moro deambula por Estados Unidos, se creen, y efectivamente lo son, inmunes a todo. No se dan cuenta de que, con su absurda arbitrariedad, encubren de vergüenza su país. No se dan cuenta, ni ellos ni nadie del Poder Judicial brasileño, ellos por abusadores, las instancias superiores por cobarde omisión, del verdadero alcance de sus actos. Se creen inalcanzables. No se dan cuenta de que son pura vergüenza. Son abyectos. Son infames.

Lula sacó a 43 millones de brasileños de la pobreza y la miseria. Michel Temer, en un año, devolvió un millón y medio de brasileños a eso que los elegantes académicos llaman “pobreza extrema”, y que en la realidad de la vida se llama miseria.

Un millón y medio en un año. En un año, medio Uruguay. Tres veces la población de Salta. Más que la de Rosario. Es como imaginar una Córdoba de puros miserables.

A Lula, lo condenan. A Temer, lo permiten. La Justicia de mi país es esa vergüenza. Las instituciones de mi país están podridas.

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