Dos días después de que la encuesta de Metroscopia situara al PP y al PSOE en los peores resultado de su historia, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez han escenificado un gesto corporativo de asistencia mutua. El pretexto ha sido dar respuesta a la elección de Quim Torra como presidente catalán, pero en el punto de mira está la lucha sin cuartel de Ciudadanos para ganar la hegemonía de la derecha al PP y dejar al PSOE en papel de subalterno.

Los vientos que soplan en Europa afectan al clima político español. Si en su origen próximo el independentismo tiene mucho que ver con la crisis de gobernanza que ha roto, tanto desde la derecha como desde la izquierda, el bipartidismo europeo, (no olvidemos que la ANC y el 15-M nacieron en 2011 con un mes de diferencia), en el desarrollo de la crisis aparecen ahora las pulsiones ultranacionalistas que vienen del centro de Europa.

Ciudadanos, que nació con música de centro, está desbordando al PP por la extrema derecha volando a hombros del nacionalismo español. La elección de Torra como presidente de la Generalitat ha hecho emerger el lado más extremista y excluyente de un nacionalismo, el catalán, que también lo tiene, a pesar de que el independentismo lo venía conteniendo con eficacia. Torra tendrá que ser muy hábil en la acción de gobierno si quiere hacer olvidar en la práctica lo que dejó en las hemerotecas. De lo contrario, la imagen del soberanismo quedará seriamente dañada. Esquerra y el PDeCAT no podrán mirar indefinidamente para otro lado.

Este doble desplazamiento a la extrema derecha agrava la crisis política española. La encuesta de Metroscopia ratifica el desasosiego de la ciudadanía que no ve por ninguna parte la recuperación económica que el Gobierno proclama cada día. La crisis es, por tanto, social y política. En la base está el malestar generado por la destrucción de los salarios (tener trabajo no garantiza una vida digna), por la desigualdad creciente, por una redistribución perversa y por la falta de expectativas. En la superestructura, Cataluña, el hundimiento de los dos partidos tradicionales y la crisis de autoridad de la política. La cuestión catalana no puede servir para enmascarar los fracasos en política económica y social con una guerra de banderas. Es responsabilidad de quien gobierna crear las condiciones para abrir un escenario positivo en relación con Cataluña.

La elección de Quim Torra y la respuesta de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez no auguran nada bueno. Con Torra el independentismo da la señal de que no quiere darse por enterado de lo que sabe perfectamente: hoy la unilateralidad no es viable. Y Rajoy y Sánchez se reúnen para afirmar su compromiso en la acción represiva pero siguen sin enviar un sólo mensaje político que pueda abrir la cuestión catalana. Si a ambos lados triunfa la reacción, no hay salida.

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