(Texto realizado durante la quinta sesión del Laboratorio de Periodismo y Política Educativa EF-CEA MOPE)

El llamado “Pacto por México”, un espectáculo político de dudosa naturaleza jurídica, engendró una serie de reformas legales, como la energética, la educativa o  laboral. Sin embargo, lo que se negoció a cambio de los votos en las cámaras legislativas, tal vez nunca lo sabremos.

Las publicitadas como “reformas estructurales”, un remedo de lo que debería ser la tan aplazada reforma del Estado mexicano (muestra de que en nuestro país no hay transición política, sino mera alternancia), se inscriben en la lógica neoliberal y en su ya desacreditado mito de la copa rebosante.

Dejar al Estado la creación de condiciones para generar riqueza mientras al mercado se deja la repartición y acumulación de la riqueza generada, es un esquema bastante sencillo; Insultantemente sencillo pero es preciso tenerlo presente para entender la intención de la llamada reforma educativa.

A estas alturas ya está claro que esa reforma simplemente se trata de una ampliación del control del mercado sobre la formación del capital humano. La estandarización de las pruebas que ignoran la regionalidad de la educación, de lo cual la prueba PISA es un ejemplo palmario, evidencia el enfoque de piezas fungibles que pretende imponer el mercado al educando. En un trabajo de domesticación kafkiano, que Byung Chul Han evidencia en la categoría de homo liber, se manipula la conciencia del alumno para hacerlo competir contra sus semejantes para ser una pieza desechable del capital, la degradación y explotación del ser humano, disfrazadas de derecho al trabajo, es el objetivo de la reforma educativa de Nuño.

De 2012 a 2017, en proceso de apuntalamiento mediático de la “reforma educativa”, la SEP gastó más de 4 mil 400 millones de pesos en publicidad. Sin importarle que en las escuelas faltara agua, mobiliario, energía eléctrica, techos, canchas, baños…

Aurelio Nuño sabía que el camino a la candidatura presidencial pasaba por el buen desahogo de su reforma. No estuvo solo. Un grupo de autodenominada “sociedad civil” le acompañó en su intento por homogeneizar la domesticación escolar, ignorando el derecho a la diferencia y presentando a sus detractores como mezquinos enemigos de la patria: el maestro normalista (el que salió a las calles desde los primeros días de la reforma) terminó siendo convertido en un cliché de odio y burla.

Algo de ello rindió frutos. De 2012 a 2017, la matrícula de estudiantes en las escuelas normales se redujo en 28.26%, pasando de 130 mil 713 alumnos activos a 93 mil 766; un decremento drástico que, en buena medida, se explica por la propia reforma, que permite a licenciados en cualquier área dar clases, sin necesidad de haber estudiado la carrera magisterial, lo que claramente ningunea la preparación normalista.

El ataque final vino hace unas semanas, cuando se pretendió modificar a la ligera el plan de estudios para el próximo ciclo escolar, a lo cual se opuso rotundamente la normal Enrique Rébsamen, de Veracruz. El secretario de educación Otto Granados, tuvo que recular, posponiendo los nuevos programas hasta nuevo aviso. La CNTE y, en mucho menor medida, el SNTE, parecen estar en una postura en que esperan el cambio de presidente de la República. López Obrador tiene una ventaja en las encuestas que, a tres semanas de la elección, luce inalcanzable.

Él ha ofrecido revertir la reforma educativa; ha sido uno de sus más visibles críticos; pero parece estar atado de manos para impulsar un modelo educativo que le dé la espalda al mercado y favorezca la formación humanista. Después de todo, el alcance del voto en México es para elegir a un administrador, no a un gobernante.

*Licenciado en Derecho por la BUAP. Estudiante de la maestría en Ciencias Políticas, en la BUAP.

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